La meteorología en el Museo del Prado. III. Tormentas

Por Manuel Antonio Mora García. Meteorólogo del Estado. Delegación Territorial de AEMET en Castilla y León

La tormenta, rayo o descarga eléctrica probablemente constituya el fenómeno1 meteorológico más complejo y espectacular. Su origen se encuentra en las nubes cumulonimbos, nubes de gran desarrollo vertical que adquieren una distribución de carga eléctrica singular debido a las fuertes corrientes verticales que se producen en su seno y aspectos microfísicos en los que juega un papel fundamental la presencia de hielo.

La mitología nórdica atribuye el origen del rayo al dios Thor. En la mitología griega, se considera al dios Zeus (Júpiter para los romanos) dominador de los cielos y era éste quien lanzaba los rayos, ayudado por su hija Astrea (del griego Astrapê, ‘relámpago’) que portaba los rayos que previamente había forjado Hefesto (Vulcano para los romanos), el herrero de los dioses del Olimpo.

El gran pintor Pedro Pablo Rubens, inspirado en los textos clásicos de Homero, Virgilio y Ovidio realizó varias obras donde aparece el rayo. En el “Rapto de Ganímedes”, representa a Júpiter, convertido en “águila capaz de soportar sus propios rayos”, raptando al príncipe troyano Ganímedes, del que se había enamorado.

El rey de los altísimos, un día, del frigio Ganimedes en el amor      

ardió, y hallado fue algo que Júpiter ser prefiriera,

antes que lo que él era. En ninguna ave, aun así, convertirse

se digna, sino la que pudiera soportar sus rayos.

Y no hay demora, batido con sus mendaces alas el aire,

robó al Ilíada, el cual ahora también copas le mezcla,          

y, de Juno a pesar, a Júpiter el néctar administra.

            Metamorfosis. Libro X (Ovidio)

En la parte superior se observan los rayos zigzagueantes amarillos que surgen de la nube Cumulonimbus.

Según la mitología romana, era Vulcano quien se encargaba de forjar los rayos en la fragua para Júpiter, dándoles esa forma zigzagueante, momento que recoge Rubens en esta obra.

El pintor flamenco Jan Carel van Eyck, nos ofrece una escena mitológica donde los rayos de nuevo son protagonistas. Según la mitología griega, Faetón era hijo de Apolo, pero él sospechaba que su verdadero padre era Febos, el dios del sol.  Para comprobarlo, pidió a su padre conducir el carro del sol, a pesar de su dificultad y peligrosidad. La experiencia acabó en desastre, sumiendo a la tierra en completa oscuridad, por lo que Zeus interviene lanzando sus rayos para derribar al áuriga. Los rayos, amarillos y zigzagueantes impactan sobre el carro.

El valenciano Mariano Salvador Maella, en su obra “El verano”, nos muestra una tormenta veraniega mientras los segadores cosechan el cereal. El rayo, de tonalidad rojiza y blanca, surge de una gran nube Cumulonimbus mientras es observado por una campesina que representa a Ceres, diosa de la agricultura y la naturaleza. Según la mitología griega, Ceres, tuvo una hija con su hermano Zeus de extraordinaria belleza, Perséfone, que fue raptada y tomada como esposa por Hades, dios del inframundo. Ceres, inmersa en una profunda tristeza desatendió el cuidado de la naturaleza buscando a su hija, periodo simbolizado por el invierno. Zeus pactó con Hades que Perséfone permanecería seis meses en el inframundo, periodo durante el cual la tristeza y el estado depresivo de Ceres marchitaría la naturaleza (otoño e invierno). Pasado ese tiempo, volvería durante otros seis meses a la Tierra (primavera y verano), de forma que la inmensa alegría de Ceres al recuperar a su hija repercutiría favorablemente en la naturaleza, finalizando el letargo invernal y floreciendo la primavera. El mito explica por tanto el origen de las estaciones astronómicas, y quizás la triste mirada de Ceres hacia la tormenta que anuncia la proximidad del otoño.

En el cristianismo podemos encontrar referencias al rayo durante el martirio de Santa Bárbara que tuvo lugar durante el siglo III en Nicomedia (Anatolia o Asia Menor). Según la tradición cristiana recogida en el martirologio romano, la bella y joven virgen se convirtió al cristianismo pese a permanecer encerrada en una torre por su padre, que de esa forma pretendía mantenerla alejada de sus pretendientes. Por ello fue martirizada y a continuación decapitada en un monte por su propio padre, que resultó alcanzado por un rayo.

Francisco de Goya y Lucientes representa a Santa Bárbara con la corona de princesa, una custodia y la palma del martirio.  En la parte inferior derecha aparece la torre donde estuvo encerrada y la escenificación del momento en que el rayo fulmina a Dióscoro, padre de Santa Bárbara (curiosamente el rayo en zigzag rodea la torre incluso el puñal en alto –lugares donde sería más lógico que impactara- para alcanzar finalmente su espalda). Los cristianos rezan a Santa Bárbara para que les proteja de las tormentas y de la muerte súbita, y es patrona de algunos colectivos que manejan explosivos (por la similitud entre las explosiones de pólvora y el rayo) y que están expuestos a una muerte rápida, como los artificieros, artilleros, canteros y los mineros.

 

Mención especial merece esta obra sobre Santa Bárbara del misterioso e innovador pintor flamenco Robert Campin (Maestro de la Flemalle).

Representa con notable minuciosidad a la santa en el interior de la estancia, mientras a través de la ventana se observa la torre donde sería encerrada por su padre (en construcción) y en los cielos se observa nubosidad de evolución diurna, grandes cúmulos congestus precursores del cumulonimbo que derivaría en tormenta, uno de cuyos rayos fulminaría al padre de la santa.

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En la “Alegoría del Invierno”, obra de José de Madrazo y Agudo, además de representarse la lluvia (más bien lluvia “a cántaros”) y el viento (con jóvenes figuras masculinas aladas que soplan y empujan con sus brazos las nubes), se observa una descarga que impacta sobre lo que pudiera ser una veleta e incluso un pararrayos.

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El pararrayos fue inventado por Benjamín Franklin en 1752 y rápidamente se extendió su uso por América y Europa, el primero en España se instaló en los almacenes de pólvora de San Felipe en Montjuich-Barcelona- en 1786, a instancias de Antonio Inglá y Font, miembro de la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona y bajo el auspicio de José de Mora, marqués de Llió y director de la Academia de la Real Academia de Buenas letras de Barcelona.

Las tormentas se producen fundamentalmente en verano, primavera y otoño, aunque como hemos visto en la obra anterior también pueden producirse en invierno. Incluso pueden formarse asociadas a tempestades marítimas, como se observa en la obra de José Carlos de Borbón, prohijado de raza negra de Carlos III procedente de Nápoles, que parece ser que falleció en Madrid a causa de las condiciones climáticas en 1773 (no olvidemos que el siglo XVIII pertenece al periodo climático conocido como la Pequeña Edad de Hielo). Además de los rayos, en esta pintura llama la atención la intensa actividad eléctrica intranube.

El paisajista romano Gaspar Dughet era un gran observador de la naturaleza, incluyendo en sus paisajes fenómenos meteorológicos, como el rayo. En este caso, la zigzagueante descarga impacta en un río, asustando a los pastores que intentan protegerse (curiosamente parece no afectar al ganado).

En este bello tríptico del siglo XVI, de autor desconocido, se representa en la tabla central el matrimonio místico de Santa Catalina y Santa Úrsula, en presencia de la Virgen María y el niño. En las tablas laterales aparecen los donantes. También aparecen escenas alusivas a la vida de las santas, como el martirio de Santa Catalina, que se intentó llevar a cabo mediante unas ruedas con pinchos metálicos que aprisionaban a la mártir al girar, sin embargo, de forma milagrosa al contacto con la Virgen se destrozaron sin herirla. Sin embargo, en la obra representada, es un rayo el que impacta con la rueda y la destroza. Como veremos en la próxima entrega sobre la precipitación, en otra obra del museo del Prado es la caída de pedrisco la que destroza la rueda.

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Volvemos a los rayos representados en la iconografía de los dioses griegos y romanos con la obra del genial pintor napolitano Luca Giordano “Sacrificio a la gentilidad”.  Aunque en los inventarios y catálogos del Museo del Prado se cataloga la escena como “mitología relativa a Júpiter y Diana”, resulta difícil identificar la escena. En nuestra opinión, se representan varias escenas en el mismo cuadro, relativas a la princesa y adivina Casandra, que huyendo del saqueo de Troya se refugió en el templo de Atenea (Minerva). Según la leyenda, Áyax Oileo profanó el templo, sustrayendo la estatua de Minerva y ultrajando a Casandra, por lo que recibió el castigo de la diosa, que le fulmina con un rayo que toma de su padre Zeus.

Francisco Bayeu y Subías, cuñado de Goya y pintor del Rey, representa la batalla de los Gigantes con los dioses del Olimpo, liderados por Júpiter que sobre una densa nube lanza sus rayos que sujeta con su mano, y que se ven diseminados por la parte inferior izquierda, hiriendo a Tifón, el más poderoso y jefe de los Gigantes.

En este óleo de finales del siglo XVI, de autor desconocido, observamos a Júpiter sentado en su trono sobre un carro tirado por una pareja de águilas sosteniendo con su mano el manojo de rayos.

El pintor belga Jan Cossiers representa a Zeus que ha transformado en mortal para visitar a Licaón, gobernador de Arcadia, quien pone a prueba al dios ofreciéndole carne humana. Como castigo, Zeus convierte parcialmente en lobo a Licaón, mientras el águila se acerca transportando los rayos con los que dará muerte a sus hijos por su traición.

En esta obra maestra de Tiziano, se muestra a una sensual Dánae mientras es poseída por la lluvia de oro en la que se ha transformado Júpiter. Por medio del oráculo el rey Acrisio supo que sería asesinado por su nieto, por lo que mantuvo encerrada a su hija Dánae y evitar que fuera fecundada. Para poder poseerla, Júpiter se transformó en lluvia de oro que entró por la ventana de su celda. Fruto de esa unión, Dánae dio a luz a Perseo. Al tratarse del hijo de Zeus, para no levantar su ira, Acrisio abandonó a Dánae y Perseo en el mar, pero sobrevivieron y finalmente se cumplió la profecía y Perseo mató por accidente a su abuelo Acrisio.

La tormenta presenta una gran actividad eléctrica intranube, y la celestina recoge con su mandil el abundante “granizo dorado” en forma de monedas. Velázquez adquirió esta obra en su viaje a Italia por encargo de Felipe II.

El francés Sébastien Bourdon, representa en esta obra el sacrificio que los gentiles ofrecen a San Pablo y San Bernabé tras la sanación de un cojo, en presencia del sacerdote de Júpiter, cuya estatua de culto aparece representada con sus atributos clásicos, el manojo de rayos en su mano derecha y el águila a sus pies.

Por último, mostramos dos obras en un soporte totalmente diferente, dos bajorrelieves de pasta cerámica de la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, en los que aparece Zeus (Júpiter) con sus rayos en dos escenas ya analizadas como la batalla de los Gigantes y la conversión en lobo de Licaón.

 

 

Agradecimientos: A Rubén del Campo Hernández, por la revisión de los textos y asesoramiento específico.

 Nota:Los pies de las imágenes contienen hipervínculos a los cuadros de la colección del Museo del Prado, se recomienda su acceso para poder apreciar la obra en toda su dimensión y visualizar todos los detalles.

Referencias y bibliografía:

La mayoría de las obras referenciadas de la colección del museo del Prado aparecen profusamente comentadas, incluyendo bibliografía y datos técnicos sobre la obra y el autor. Esta información se ha aprovechado parcialmente para realizar los comentarios específicos. https://www.museodelprado.es/coleccion/.

El gran libro de la mitologia griega. Robin Hard. Ed. 2009. La esfera de los libros S.L.

Iconografía de los santos. Carmona Muela, Juan. Ediciones Akal.2008

La leyenda dorada. Santiago de la Vorágine. Alianza Forma. 2016.

Siguiente entrada:

La meteorología en el Museo del Prado. IV. La Pequeña Edad de Hielo.

Primera parte.

 

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