La meteorología en el Museo del Prado. VI. Precipitación. Segunda parte

Por Manuel Antonio Mora García. Meteorólogo del Estado. Delegación Territorial de AEMET en Castilla y León.

El tiempo afecta al ánimo de las personas sensibles, y en el caso de la lluvia, suele acompañarnos una sensación de melancolía. Algunos pintores son capaces de transmitir ese sentimiento magistralmente, como se aprecia en este óleo de Férriz, madrileño aficionado a la pintura y discípulo de Carlos de Haes, en la que vemos a varios paseantes que transitan por un camino encharcado tras la reciente lluvia, bajo un cielo de altoestratos y estratos.

El barcelonés Modesto Teixidor nos muestra esta escena otoñal tras la lluvia, que no ha impedido el paseo de los viandantes, con el cielo cubierto de nimboestratos.

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Plaza de Palacio (Barcelona). Modesto Teixidor Torres.  Hacia 1887. Óleo sobre lienzo, 133 x 196 cm.

El paisajista aragonés Hermenegildo Estevan nos muestra esta escena tras la lluvia en la romántica Venecia, bajo un cielo cubierto de altoestratos.

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Riva degli Schiavoni. Hermenegildo Estevan y Fernando. Hacia 1888. Óleo sobre lienzo, 124 x 231 cm.

El nimboestrato es la nube de lluvia por antonomasia, el paisajista madrileño Manuel Ramos nos muestra sendos paisajes tras la lluvia, bajo un cielo de estratos y nimboestratos.

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Un paisaje después de la lluvia (Loyola). Manuel Ramos Artal. 1886. Óleo sobre lienzo, 100 x 60 cm.

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Impresión de la lluvia (Toledo). Manuel Ramos Artal. 1887. Óleo sobre lienzo, 150 x 300 cm.

La sensación de nostalgia que nos transmite la lluvia y los cielos plomizos que la acompañan, se convierte en tremenda tristeza en determinados escenarios o estados anímicos, como muestran estas dos obras. En la obra de Poveda la lluvia ha dejado el camino embarrado, en el que destacan las rodaduras encharcadas de los carros que inexorablemente trasladan a los difuntos al camposanto, mientras un padre y su hija caminan afligidos por el recuerdo de su madre. En el cielo se abren claros entre los nimboestratos y altoestratos. El artista acompaña la escena con un cielo plomizo para transmitir al espectador el infortunio y la desolación de la familia, con una intencionalidad evidente. La composición no sería la misma si el cielo estuviera despejado, o con pequeños cúmulos, o sin el suelo encharcado. Destaca también el contraste de líneas, la vertical de los cipreses y las cruces del camposanto frente a la horizontalidad del muro y las nubes estratiformes.

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Viejo con niña o Valle de lágrimas o Día de difuntos. Vicente Poveda y Juan. Óleo sobre lienzo, 300 x 200 cm.

Modesto Urgell, escritor y pintor catalán nos muestra un paraje próximo a un cementerio totalmente nevado, el gélido viento mueve la falda de una mujer, familiar del finado al que han dado sepultura, que avanza con dificultad por delante del cura con casulla dorada y el monaguillo que porta la cruz, mientras en el horizonte se observan espesos nimboestratos que probablemente originen a distancia precipitación en forma de nieve. El paisaje nevado, el viento y el cielo plomizo contribuyen a la sensación de desolación y angustia. (Nota: en la ficha del museo se indica que las figuras representadas son un cura seguido de dos monaguillos, pero habitualmente son los monaguillos los que abren paso al sacerdote, además de que la primera figura parece tocada con un pañuelo y no lleva el alba, o túnica blanca)

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La vuelta del entierro. Modesto Urgell e Inglada. Hacia 1890. Óleo sobre lienzo, 38 x 70 cm.

Los chubascos primaverales o las tormentas veraniegas frecuentemente son de corta duración aunque de cierta intensidad. Una vez han cesado y los cielos se abren, la luminosidad, el color del paisaje y el olor a tierra mojada (causado por las esporas liberadas por la bacteria Streptomyces al humedecerse el suelo) ayudan a mitigar nuestra sensación de melancolía. En esta obra de Juan Espina vemos que tras un fuerte chubasco o tormenta que ha dejado el suelo anegado, el sol ilumina los campos.

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Recuerdo de Bretaña. Juan Espina y Capo. Hacia 1881. Óleo sobre lienzo, 95 x 183 cm.

La mártir santa Eulalia de Mérida, patrona de esta ciudad, fue torturada y ajusticiada por orden del gobernador Daciano el 10 de diciembre del año 304 d.c. en la ciudad de Augusta Emerita (Mérida). Según la tradición cristiana, con tan sólo 12 años desobedeció la orden del emperador Diocleciano (Maximiano según otras fuentes, que era coemperador) de suspender el culto cristiano, por lo que fue torturada salvajemente e inmolada. Los testigos aseguraban que la santa no sufría el tormento, y que tras fallecer asfixiada, sin haber ardido su cuerpo, una copiosa nevada cubrió su desnudo cuerpo para protegerlo, recibiendo cristiana sepultura al cabo de varios días. El pintor Gabriel Palencia nos muestra a la santa crucificada, siguiendo otras versiones sobre el martirio y muerte de la santa, pero coincidiendo en el hecho relevante de la gran nevada. En tiempos de don Pelayo, sus restos fueron trasladados a la catedral de Oviedo para preservarlos de la invasión árabe. También es patrona de esta catedral y de la policía local. Con ocasión de algunos periodos de sequía en el siglo XVII, parece que salió en procesión pro pluviam (pro-lluvia), con resultados positivos.

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El martirio de santa Eulalia. Gabriel Palencia y Ubanell.1895. Óleo sobre lienzo, 230 x 160 cm.

Son numerosas las obras del Museo del Prado con referencia a paisajes nevados, como ya hemos visto en el capítulo dedicado a la Pequeña Edad de Hielo. Entre las obras contemporáneas podemos destacar al paisajista Jaime Morera, cuyas obras representan con frecuencia paisajes nevados.

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Ovejas guareciéndose de la nieve. Jaime Morera y Galicia. 1876. Óleo sobre lienzo, 75 x 111 cm.

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Guadarrama. Un patio en Miraflores. Jaime Morera y Galicia. 1901. Óleo sobre lienzo, 41 x 71 cm.

Esta obra del valenciano Francisco Javier Amérigo, ganadora del máximo galardón en la Exposición de 1892, representa a un fugitivo solicitando derecho de asilo sagrado en un convento, algo habitual en la edad Media, en presencia de su esposa e hijo y sus perseguidores.

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El derecho de asilo. Francisco Javier Amérigo y Aparici.1892. Óleo sobre lienzo, 340 x 540 cm.

Finalizamos esta parte con este precioso dibujo a lápiz de Joaquín Araujo, que aprovecha el blanco del papel para representar la nieve caída.

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Paisaje nevado. Joaquín Araujo y Ruano. Segunda mitad del siglo XIX. Lápiz sobre papel agarbanzado, 85 x 235 mm.

En la tercera entrega continuaremos analizando las obras del Museo Nacional del Prado en las que la precipitación es protagonista.

La meteorología en el Museo del Prado. VI. Precipitación. Tercera parte

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