
Artículo elaborado por Alex Carbo Meseguer, observador meteorológico de la red secundaria de AEMET de las estaciones de Catí y Catí l’Avellà (Comunitat Valenciana)
Hay acontecimientos que dejan una huella tan profunda que terminan formando parte de la memoria colectiva de una sociedad. La gran ola de frío de febrero de 1956 es uno de ellos. No solo por el frío extraordinario que se vivió aquellos días, sino por las cicatrices que dejó en el paisaje. En Catí (Castellón), localidad donde vivo, centenares de olivos centenarios murieron y, con ellos, desapareció una parte de nuestra historia. Sin embargo, el caso de Catí constituye, con toda probabilidad, solo uno entre los muchos testimonios que aquel episodio dejó repartidos por todo el país.
Durante mucho tiempo aquella catástrofe se explicó como la consecuencia de una extraordinaria irrupción de aire ártico-siberiano. Y, efectivamente, desde el punto de vista meteorológico lo fue. Pero con el conocimiento climático del que disponemos hoy en día, quizá merezca la pena volver a analizar aquel episodio y plantearse preguntas con una perspectiva diferente. Por ejemplo:
¿Por qué aquel episodio resultó tan devastador para la agricultura?
En el caso del Maestrat, comarca donde se sitúa la localidad de Catí, los olivos llevaban siglos creciendo en esos campos (Imagen 1). Habían soportado inviernos muy rigurosos, mucho más fríos que el de 1956. De hecho, habían sobrevivido a la Pequeña Edad del Hielo. Basta recordar el invierno de 1890-91, considerado uno de los más severos documentados en Europa y durante el cual llegaron a congelarse grandes ríos como el Ebro. Entonces, ¿qué tuvo aquel invierno de especial?
Y aquí aparece una pregunta todavía más incómoda.
¿Y si no fue únicamente un episodio meteorológico extraordinario, sino también una de las primeras consecuencias indirectas de un clima que el ser humano ya había empezado a modificar?
Puede parecer una afirmación sorprendente, incluso contradictoria. Estamos acostumbrados a asociar el cambio climático con un planeta cada vez más cálido. Sin embargo, la historia climática del siglo XX fue bastante más compleja. Y comprender esa historia es imprescindible si queremos intentar responder a la pregunta con la que hemos comenzado este artículo.
Porque la respuesta a ese episodio de 1956, paradójicamente, empieza casi dos siglos antes.
Para encontrarla debemos volver atrás hasta los inicios de la Revolución Industrial, mucho antes de que empezáramos a hablar de calentamiento global. Allí descubriremos una batalla silenciosa que marcó buena parte del siglo XX y de la que hoy apenas se habla: la librada entre dos protagonistas invisibles. Por un lado, los gases de efecto invernadero, encabezados por el CO₂; por otro, los aerosoles industriales, cuyo efecto refrigerante llegó durante décadas a contrarrestar parcialmente el calentamiento provocado por los primeros.
Y es precisamente en esa historia donde, quizá, se encuentre la clave para entender por qué febrero de 1956 dejó una huella tan profunda en la memoria de la sociedad española.
Historia del clima del siglo XX
Para comprender la evolución del clima durante el siglo XX hay que empezar mirando primero el clima de la edad medieval. Entre los siglos XIV y XIX la Tierra atravesó un periodo relativamente frío conocido como la Pequeña Edad del Hielo. Hoy sabemos que fue el resultado de una combinación de factores naturales: una menor actividad solar durante periodos como el Mínimo de Maunder, una elevada frecuencia de grandes erupciones volcánicas y diversos mecanismos de retroalimentación del propio sistema climático.
Con la llegada del siglo XIX comenzó una lenta recuperación de las temperaturas. Sin embargo, esa recuperación se vio interrumpida en varias ocasiones por grandes erupciones volcánicas. La del Tambora, en 1815, dio lugar al famoso «Año sin verano» de 1816. Fue un verano excepcionalmente frío y lluvioso en buena parte de Europa. El mal tiempo obligó a un grupo de escritores reunidos en Villa Diodati, en Suiza, a permanecer durante días en el interior de la casa. Para entretenerse, se retaron a escribir historias de terror, y de aquel desafío nació una de las novelas más célebres de la literatura: Frankenstein, de Mary Shelley. Décadas después, la erupción del Krakatoa, en 1883, volvió a inyectar enormes cantidades de aerosoles en la estratosfera, reduciendo temporalmente la radiación solar que alcanzaba la superficie terrestre.
La relación entre los volcanes y el clima ha sido siempre muy estrecha. Las grandes erupciones volcánicas liberan enormes cantidades de dióxido de azufre (SO₂), que en la atmósfera se transforma en diminutas partículas de sulfato. En las erupciones más intensas, estas partículas alcanzan la estratosfera, donde pueden permanecer durante meses o incluso años. Allí reflejan parte de la radiación solar de vuelta al espacio, reduciendo la energía que llega a la superficie y produciendo un enfriamiento temporal del planeta. Es, en cierto modo, el mecanismo opuesto al efecto invernadero: mientras unos retienen parte de la radiación infrarroja emitida por la Tierra, los aerosoles reflejan parte de la radiación solar antes incluso de que alcance la superficie.
El calentamiento de principios de siglo
A comienzos del siglo XX se produjo un primer episodio de calentamiento global que se prolongó aproximadamente hasta finales de la década de 1930. No existe una explicación única para este calentamiento. La evidencia científica apunta a que fue el resultado de la combinación de varios factores. Entre ellos, destaca la disminución de la actividad volcánica durante aquellas décadas y una ligera recuperación de la actividad solar, que generaron un contexto natural favorable al aumento de las temperaturas. Aunque los gases de efecto invernadero emitidos por la actividad humana ya comenzaban a contribuir al calentamiento, su influencia era todavía sensiblemente menor que la que alcanzarían durante la segunda mitad del siglo XX, mientras que la variabilidad natural seguía desempeñando un papel importante en la evolución del clima de aquellas décadas.
La aparente contradicción de los años 40-70
Tras la Segunda Guerra Mundial llegó un periodo de extraordinario crecimiento económico e industrial. Fábricas, centrales térmicas, producción de acero, automóviles… La actividad humana aumentó como nunca antes se había visto. Y aquí aparece el gran misterio climático del siglo XX con una pregunta que, a primera vista, parece poner en aprietos toda la teoría del calentamiento global.
Si durante aquellas décadas aumentaron de forma espectacular las emisiones derivadas de la actividad humana, ¿por qué la temperatura global apenas aumentó entre los años cuarenta y los setenta?
Es una pregunta legítima. Precisamente por ello ha sido utilizada durante años por quienes intentan sembrar dudas sobre el origen del cambio climático. Sin embargo, la respuesta no contradice la física del efecto invernadero. Al contrario: nos obliga a completar la historia con un protagonista del que hoy apenas se habla: los aerosoles industriales.
Hay que reconocer que se trata de uno de los periodos más complejos de analizar de toda la historia climática reciente y precisamente por eso sigue siendo uno de los más estudiados en la actualidad. Dependiendo del conjunto de datos empleado, algunos registros muestran que la temperatura global continuó aumentando, aunque a un ritmo mucho menor que en las décadas anteriores; otros reflejan un estancamiento e incluso algunos apuntan a un ligero enfriamiento temporal.
Esta aparente discrepancia ya nos ofrece una primera pista. Si el fenómeno hubiera sido uniforme en todo el planeta, todos los registros contarían prácticamente la misma historia. Sin embargo, las diferencias son especialmente marcadas en Europa y Norteamérica, precisamente las regiones donde la industrialización y las emisiones de aerosoles alcanzaron su máximo desarrollo. Aquello no fue simplemente una pausa del calentamiento global, sino un fenómeno con un fuerte componente regional. Y aquí es donde estas partículas pasan a ocupar un papel protagonista.
Según los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), este tipo de contaminación atmosférica actúa de forma muy similar a los aerosoles de origen volcánico. Uno de sus principales precursores es el dióxido de azufre (SO₂), que en la atmósfera se transforma en partículas de sulfato capaces de reflejar eficazmente parte de la radiación solar incidente. En términos generales, y simplificando mucho, puede decirse que su efecto radiativo es opuesto al de los gases de efecto invernadero. Según el informe AR6 del IPCC, el forzamiento radiativo efectivo neto de los aerosoles es de −1,3 W/m² (rango: −2,0 a −0,6 W/m²) para el periodo 1750–2014 (Forster et al., 2021, Figura 7.5).
Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre ambos. Mientras que gases como el CO₂ permanecen en la atmósfera durante décadas o incluso siglos y terminan distribuyéndose prácticamente por todo el planeta, estas partículas apenas sobreviven unos días o semanas antes de ser eliminadas por la precipitación. Por ello, su efecto es mucho más regional y depende en gran medida del lugar donde se emiten. No resulta extraño, por tanto, que las regiones con mayor actividad industrial, Europa, Norteamérica y buena parte de Asia, fueran también las que experimentaran con mayor intensidad su influencia climática.
Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, tanto los gases de efecto invernadero como los aerosoles fueron emitidos masivamente por la industria. Llegados a este punto surge una pregunta inevitable: ¿por qué hoy apenas hablamos de esas partículas y todo el debate parece centrarse en el CO₂?
La respuesta está en la calidad del aire. A partir de los años ochenta los gases de efecto invernadero continuaron aumentando, mientras que los aerosoles comenzaron a disminuir. A diferencia del CO₂, estos no solo afectan al clima, sino también a la calidad del aire y a la salud humana. Episodios de contaminación extrema impulsaron la aprobación de numerosas medidas de control, entre ellas el Protocolo de Helsinki de 1985 y otras normativas nacionales e internacionales que redujeron progresivamente las emisiones de dióxido de azufre (Figura 1). Como consecuencia, el efecto refrigerante fue perdiendo importancia, hasta caer en muchos casos en el olvido, mientras que el calentamiento provocado por los gases de efecto invernadero pasó a convertirse en el principal motor de la evolución climática global.
No es casualidad que durante los años setenta algunos científicos llegaran incluso a plantearse si la Tierra podía dirigirse hacia un nuevo periodo de enfriamiento. Hoy sabemos que aquella preocupación nació precisamente de la dificultad para interpretar un clima en el que dos forzamientos antropogénicos actuaban en direcciones opuestas: los gases de efecto invernadero calentaban el planeta, mientras las partículas atmosféricas compensaban parte de ese calentamiento.
Pero en este punto, la tregua había terminado…
Y el calentamiento quedó al descubierto
A partir de los años ochenta, las emisiones de dióxido de azufre (SO₂) comenzaron a reducirse progresivamente gracias a las primeras políticas de control de la contaminación atmosférica, mientras que las concentraciones de gases de efecto invernadero siguieron aumentando sin descanso. El resultado fue una aceleración del calentamiento global.
Esa tendencia solo se vio interrumpida temporalmente por la espectacular erupción del Pinatubo en 1991. Al igual que el Tambora o el Krakatoa un siglo antes, el volcán inyectó enormes cantidades de aerosoles en la estratosfera, provocando un descenso de la temperatura media global cercano a medio grado durante los años siguientes.
Pero, una vez desapareció ese efecto temporal, el calentamiento reapareció con toda su intensidad, como si hasta entonces hubiera permanecido oculto bajo una alfombra. Y finalmente, el problema se hizo imposible de ignorar…
Podríamos resumir la toma de conciencia social del problema a nivel europeo y mundial en tres grandes episodios.
El primero fue el verano de 1994, excepcionalmente cálido y seco en buena parte de Europa occidental y acompañado de importantes incendios forestales.
El segundo llegó en 1998, cuando un episodio extraordinariamente intenso de El Niño impulsó la temperatura media global hasta valores nunca registrados hasta entonces, convirtiéndose en un auténtico punto de inflexión para la investigación climática.
Y el tercero fue la devastadora ola de calor europea de 2003, responsable de decenas de miles de fallecimientos y que terminó de convencer a la sociedad de que el calentamiento global ya no era una predicción para el futuro, sino una realidad del presente.
Sin embargo, la historia no terminó allí.
La última pieza del puzle
En 2020 entró en vigor la nueva normativa de la Organización Marítima Internacional (por sus siglas en inglés IMO) que redujo drásticamente el contenido de azufre de los combustibles utilizados por la flota mercante mundial. Con ello disminuyeron también los aerosoles emitidos por los barcos, un nuevo paso adelante para mejorar la calidad del aire… pero también una nueva reducción del efecto refrigerante que estos ejercían sobre el clima.
Hasta qué punto esta disminución de aerosoles ha contribuido a la aceleración observada en los últimos años es una cuestión que sigue siendo objeto de intensa investigación científica. Lo que parece cada vez más evidente es que el principal freno involuntario que había acompañado al calentamiento durante buena parte del siglo XX es hoy mucho más débil, dejando al descubierto con mayor claridad el calentamiento provocado por los gases de efecto invernadero.
Para resumir esta sección, mostramos un gráfico resumen hecho por CarbonBrief (Figura 2) en el que se representa la evolución observada de la temperatura media global desde 1850 junto con la simulación realizada por un modelo climático, descomponiendo la contribución de los principales forzamientos: los gases de efecto invernadero, los aerosoles, otras influencias antropogénicas y los factores naturales, fundamentalmente la actividad solar y las grandes erupciones volcánicas. También se indican las erupciones volcánicas más importantes del periodo. Esta simulación está en acuerdo con los informes del IPCC.
Conviene recordar que los modelos climáticos no predicen directamente la temperatura. Lo primero que hacen es calcular el balance energético de la Tierra, es decir, la diferencia entre la energía solar que el planeta absorbe y la que devuelve al espacio. Cuando entra más energía de la que sale, la Tierra acumula calor; cuando ocurre lo contrario, el planeta se enfría. A partir de ese desequilibrio energético, los océanos, la atmósfera, los hielos y el resto del sistema climático responden redistribuyendo esa energía hasta alcanzar un nuevo equilibrio.
Por ese motivo, los gases de efecto invernadero, los aerosoles o los volcanes no modifican directamente la temperatura. Su efecto es más sutil. De hecho lo que hacen principalmente es modificar el balance energético del Planeta. La temperatura es, en realidad, la respuesta del sistema climático planetario a ese nuevo equilibrio.
¿Y cómo fue esta historia en Europa… y en España?
Hasta ahora hemos hablado de la evolución del clima global. Sin embargo, la temperatura media del planeta es solo un indicador del comportamiento del sistema climático en su conjunto. En España, lo que realmente experimentamos es la evolución del clima de Europa occidental. Y es precisamente aquí donde la historia cambia de forma sorprendente.
Mientras la temperatura media global continuó aumentando lentamente durante la segunda mitad del siglo XX, Europa occidental siguió una evolución muy distinta. Durante varias décadas el calentamiento prácticamente se detuvo e incluso se registraron periodos más fríos que los años veinte y treinta.
En la figura 3 se representa un gráfico con la anomalía térmica de Europa occidental desde principios del siglo XX, obtenida a partir del reanálisis ERA5 del Centro Europeo de Predicción Meteorológica a Medio Plazo (ECMWF), junto con la evolución de la temperatura media global para facilitar la comparación.
Se observa que, aunque el ritmo de calentamiento global disminuyó de forma apreciable entre los años cuarenta y setenta, la tendencia nunca llegó a invertirse claramente. En cambio, Europa occidental experimentó varias décadas con anomalías negativas persistentes, un comportamiento muy diferente al observado a escala planetaria.
No parece una casualidad. Europa fue precisamente una de las regiones con mayor concentración de actividad industrial y, por tanto, una de las mayores emisoras de aerosoles. Su efecto refrigerante fue especialmente intenso sobre el continente europeo, modificando de forma significativa la evolución regional de las temperaturas. Las reglas del juego ya no eran las mismas.
A nivel autonómico, en la Comunidad Valenciana, también encontramos un comportamiento muy característico. Destacan los inviernos excepcionalmente fríos de principios de los años cuarenta y, sobre todo, de finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta. En cuanto a los veranos, fueron especialmente frescos los de las décadas de los sesenta y setenta.
Esta diferencia temporal no resulta tan extraña si tenemos en cuenta que ambos responden a mecanismos distintos. Los inviernos dependen en gran medida de la circulación atmosférica y de la frecuencia con la que irrumpen masas de aire ártico o continental, mientras que los veranos están mucho más condicionados por el balance de radiación y por la temperatura del océano Atlántico y del mar Mediterráneo, cuya enorme inercia térmica hace que respondan con mayor lentitud a los cambios del sistema climático.
Merece una mención especial el verano de 1977, un verano en el que el sol fue un bien escaso. Las temperaturas registradas durante julio y agosto fueron más propias de finales de mayo que de los meses centrales del verano. Salvando las enormes distancias con el episodio de 1816, probablemente fue lo más parecido a un año sin verano que hemos vivido en nuestro país durante el último siglo.
Las figuras 4 y 5, elaboradas por AEMET Comunitat Valenciana, muestran la evolución de la temperatura media en invierno y verano, respectivamente, durante el periodo 1950-2026 a escala autonómica.
Febrero de 1956: la ola de frío que transformó el paisaje agrícola del Maestrat
Y así llegamos por fin al episodio que dio origen a este artículo.
Después de recorrer la historia climática de los dos últimos siglos, ya sabemos que la Europa de mediados del siglo XX no era la misma que la de la Pequeña Edad del Hielo. El calentamiento provocado por los gases de efecto invernadero ya había comenzado, aunque en Europa occidental su efecto estaba siendo parcialmente compensado por el forzamiento radiativo negativo de los aerosoles industriales. El resultado era un escenario climático complejo, condicionado simultáneamente por la variabilidad natural y por una influencia humana cada vez mayor.
Fue en ese contexto cuando, a comienzos de febrero de 1956, una extraordinaria irrupción de aire siberiano alcanzó buena parte del continente europeo. Las temperaturas descendieron hasta valores excepcionales y el frío persistió durante varios días, provocando una de las mayores catástrofes agrícolas que recuerda nuestra comarca.
Para ilustrarlo, podemos fijarnos en el caso de Catí. La figura 6 representa la evolución de la temperatura estimada para febrero de 1956, junto con la temperatura esperable de acuerdo con la climatología de referencia, ambas representadas en el eje izquierdo. En el eje derecho se muestra la precipitación estimada para cada día del mes. Febrero de 1956 presentó una anomalía térmica cercana a −7 °C respecto a la climatología de referencia según el reanálisis ERA5. Se trata de una anomalía extraordinaria, comparable en magnitud, aunque de signo opuesto, a las grandes anomalías cálidas que hemos vivido durante las olas de calor más recientes. Fue, en cierto modo, una irrupción con una magnitud propia de algunos de los grandes episodios fríos del pasado, pero ocurrida en pleno siglo XX y en un entorno climático que ya había cambiado.
Pero conocer la magnitud del frío es solo una parte de la historia. Para entender sus consecuencias hay que considerar también otros factores. Esto nos hace volver a la pregunta con la que comenzaba este artículo.
¿Qué tuvo de especial febrero de 1956?
Los olivos del Maestrat habían sobrevivido durante siglos soportando inviernos muy duros, como el de 1890-91, habían atravesado la Pequeña Edad del Hielo y resistido otros episodios de frío intenso. Por tanto, quizá la pregunta no deba ser únicamente cuánto frío hizo en febrero de 1956, sino también en qué condiciones encontró aquel frío a la vegetación.
La explicación tradicional transmitida por quienes vivieron aquellos años apunta precisamente en esa dirección. El invierno de 1955-1956 comenzó de forma inusualmente suave. Tanto diciembre como enero fueron relativamente cálidos, favoreciendo que muchas plantas adelantaran parcialmente su actividad vegetativa. Cuando la irrupción de aire siberiano llegó a comienzos de febrero, la vegetación se encontraba mucho más expuesta y los daños fueron enormes.
Fue probablemente esa secuencia de condiciones la que provocó los daños más significativos. Pero ¿por qué se produjo? Es perfectamente posible que se tratara simplemente de una coincidencia excepcionalmente desafortunada: un comienzo de invierno suave seguido, pocas semanas después, por una de las irrupciones frías más intensas del siglo XX.
De hecho, existe una pregunta aún más fundamental que merece ser planteada: ¿pudo influir también el nuevo contexto climático en el que se produjo aquella secuencia?
Aquí conviene hacerse dos preguntas diferentes.
La primera afecta al propio episodio meteorológico. La irrupción siberiana de febrero de 1956 fue excepcional, con una intensidad comparable a la de algunos de los grandes episodios fríos registrados durante la Pequeña Edad del Hielo. No obstante, puede explicarse como un episodio extremo de la variabilidad natural del clima. El contexto térmico de la Europa de mediados del siglo XX estaba condicionado también por el efecto refrigerante de los aerosoles industriales, pero establecer si este forzamiento tuvo alguna influencia sobre la intensidad concreta del episodio de febrero de 1956 requeriría un estudio de atribución específico que queda fuera del alcance de este artículo.
La segunda cuestión, quizá más interesante para entender sus consecuencias, afecta a la vulnerabilidad de la vegetación. Aunque la irrupción hubiera sido enteramente producto de la variabilidad natural, ¿encontró una vegetación más vulnerable como consecuencia de las condiciones anormalmente suaves de los meses anteriores?
La importancia de esta pregunta resulta especialmente evidente en el clima actual. Un episodio excepcionalmente cálido en pleno invierno puede adelantar determinados procesos vegetativos o reducir la aclimatación de las plantas al frío. Si posteriormente llega una helada intensa, esta puede tener un origen completamente natural y, sin embargo, producir consecuencias mucho mayores porque actúa sobre una vegetación que se encuentra en un estado diferente.
No podemos trasladar directamente lo que observamos hoy al invierno de 1955-1956, ni afirmar que entonces estuviera actuando el mismo mecanismo. Pero sí podemos plantearnos si aquel invierno pudo constituir una manifestación temprana y mucho más sutil de un problema que hoy resulta más evidente: cuando cambia el clima de fondo, también puede cambiar la vulnerabilidad frente a los extremos meteorológicos.
Quizá ahí resida la verdadera paradoja de 1956.
No necesitamos atribuir al ser humano la irrupción de aire siberiano para preguntarnos si la influencia humana sobre el clima pudo modificar el escenario sobre el que actuó. Son dos cuestiones diferentes: una es el origen del fenómeno meteorológico; otra, las condiciones en las que se produjo y las consecuencias que tuvo.
No sabemos hasta qué punto ese nuevo contexto contribuyó a la magnitud de los daños de 1956. Quizá simplemente coincidieron, de la forma más desafortunada posible, un comienzo de invierno suave y una irrupción fría extraordinaria. Pero ¿y si no fue solo una coincidencia? Es una pregunta que merece ser planteada.
Porque tal vez esa sea una de las enseñanzas que nos dejó la gran ola de frío de febrero de 1956. El cambio climático no comenzó con las grandes olas de calor de finales del siglo XX y principios del XXI. La humanidad llevaba ya décadas modificando la composición de la atmósfera y, con ella, el escenario sobre el que actuaba la variabilidad natural.
Bibliografía recomendada
Bell, B., Hersbach, H., Simmons, A., Berrisford, P., Dahlgren, P., Horányi, A., Muñoz-Sabater, J., Nicolas, J., Radu, R., Schepers, D., et al. (2021). The ERA5 global reanalysis: Preliminary extension to 1950. Quarterly Journal of the Royal Meteorological Society, 147(741), 4186–4227. https://doi.org/10.1002/qj.4174
Bellouin, N., Quaas, J., Gryspeerdt, E., Kinne, S., Stier, P., Watson-Parris, D., et al. (2020). Bounding global aerosol radiative forcing of climate change. Reviews of Geophysics, 58(1), e2019RG000660.
Gillett, N. P., Kirchmeier-Young, M. C., Ribes, A., et al. (2021). Constraining human contributions to observed warming since the pre-industrial period. Nature Climate Change, 11, 207–212.
Hersbach, H., Bell, B., Berrisford, P., Hirahara, S., Horányi, A., Muñoz-Sabater, J., et al. (2020). The ERA5 global reanalysis. Quarterly Journal of the Royal Meteorological Society, 146(730), 1999–2049. https://doi.org/10.1002/qj.3803
IPCC. (2021). Climate Change 2021: The Physical Science Basis. Contribution of Working Group I to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge University Press.
Loeb, N. G., Johnson, G. C., Thorsen, T. J., Lyman, J. M., Rose, F. G., & Kato, S. (2021). Satellite and ocean data reveal marked increase in Earth’s heating rate. Geophysical Research Letters, 48, e2021GL093047.
Neukom, R., Barboza, L. A., Erb, M. P., Shi, F., Emile-Geay, J., Evans, M. N., et al. (2019). No evidence for globally coherent warm and cold periods over the preindustrial Common Era. Nature, 571, 550–554.
Robock, A. (2000). Volcanic eruptions and climate. Reviews of Geophysics, 38(2), 191–219.
Episodio de 1956/1891
Núñez Mora, J. Á., Muedra Royo, C., & Aupí Royo, V. (2007). La gran ola de frío de febrero de 1956 en la España mediterránea.
Núñez Mora, J. Á. (2016). El invierno que congeló Europa: 125 años de la gran ola de frío del año 1890-91. Agencia Estatal de Meteorología (AEMET).
Núñez Mora, J. Á., Muedra Royo, C., & Aupí Royo, V. (2007). La gran ola de frío de febrero de 1956 en la España mediterránea. Calendario Meteorológico 2007, Instituto Nacional de Meteorología, 267–278.
Font Tullot, I. Historia del clima de España.
Referencias institucionales
AEMET. Series climatológicas de la Comunitat Valenciana y documentación sobre episodios meteorológicos históricos.
ECMWF – Copernicus Climate Change Service (C3S). Reanálisis ERA5 y documentación técnica.
International Maritime Organization (IMO). (2020). IMO 2020 – Global Sulphur Limit. Documentación oficial sobre la reducción del contenido de azufre en combustibles marinos.
Fuentes de figuras
Carbon Brief (gráficos sobre atribución del calentamiento y evolución de las emisiones de SO₂).
Datos del reanálisis ERA5 (ECMWF/C3S). Gráficos, elaboración propia
AEMET para los gráficos climáticos de la Comunitat Valenciana.