Clima y meteorología en el Campo de Calatrava (La Mancha) durante el siglo XVIII.

Este estudio trata de esclarecer el efecto social de los fenómenos meteorológicos acontecidos en la Comarca de Calatrava y que aparecen en los documentos del siglo XVIII interpretados por los vecinos.

Por Santiago Donoso
Sociólogo y Doctor por la Universidad Rey Juan Carlos

La comarca del Campo de Calatrava (Ciudad Real) se sitúa en la Submeseta sur, con clima mediterráneo continentalizado de veranos secos y calurosos e inviernos fríos con heladas. Existen períodos de transición entre ellos en los que se reparten las precipitaciones, con una media de unos 400 l/m2 anuales con gran irregularidad interanual e intraanual. Los veranos son secos y calurosos, pero los inviernos son de dos tipos: secos y fríos (continentalizados) o templados y húmedos (con flujos oceánicos de vientos de poniente). Esta sección trata de dilucidar el efecto social de los fenómenos meteorológicos que aparecen en los documentos del siglo XVIII según los interpretaban los vecinos. En Argamasilla resumían en 1782 los tipos de invierno así como los fenómenos meteorológicos en relación con la población y la agricultura:

ILustración 1“…tierras de este término tienen mucha parte de arena y así sufren más bien la falta de agua que por la abundancia, porque ésta las disipa y enferma sus plantas, principalmente siendo el invierno muy lluvioso hasta marzo, porque desde este mes hasta primero de junio, aunque caiga con abundancia, no daña a los sembrados y los demás frutos de árboles, plantas y vegetales, no solo en este término, sino es en los demás de esta provincia. Tienen otro enemigo más poderoso y perjudicial que los destruye principalmente en los meses de abril y mayo, que son los aires desde el oriente por el norte hasta el poniente que llaman los labradores solano, cierzo y gallego. Éstos vienen a este país muy secos y fríos en sumo grado, de manera que desgracian las primaveras, hielan y consumen los pimpollos, flores y frutas, siendo menos perjudiciales a la salud de racionales o irracionales, cuya causa dicen los físicos es el dilatado terreno seco, árido y frío que pasan estos aires por aquellas partes desde los mares hasta esta provincia.

Por el contrario, los que corren y vienen a ella desde el poniente, por el sur hasta el oriente, son húmedos, frescos y salutíferos, movedores de lluvias temporales y oportunas a las siembras, frutas y salud humana, diciéndose que estos buenos efectos de estos aires provienen de la inmediación y humedades recientes que traen de los mares. El axioma común en La Mancha es que si no hubiese en el año mes de abril, no harían falta las Indias en esta provincia, por ser este mes el destructor de sus frutos. De aquí viene que los vecinos de esta villa son pobres y sus caudales no se adelantan por ser único sustrato de labor” (Al-Balatiha, 1985: 90-92).

En este resumen explican la tragedia del mes de abril con heladas tardías y sequía propios de un clima mediterráneo continentalizado por su situación lejana a los mares. En comparación con otras zonas de España como Castilla (La Vieja y la Nueva-Alcarria), el fraile fray Juan de Valenzuela escribía que en la zona “el verano es algo caluroso, aunque no con exceso, y en el invierno es más templado el frío que en Castilla, pues aunque nieva, no subsiste mucho la nieve. Es por la mayor parte saludable”.

Se consideraba que los fenómenos meteorológicos eran la conjugación de cuatro aspectos que a su vez sustentaban la vida del hombre. Predominaba la teoría de los cuatro humores en el hombre a semejanza de los cuatro elementos del clima y de los cuatro elementos de la naturaleza (fuego, tierra, aire y agua), frío-caliente-seco-húmedo: “la vida del hombre se conserva con humedad, sequedad, frialdad y calor, siempre que cualquiera de estas cuatro partes sea dominante, perturba la naturaleza y la postura, ya con una clase de accidentes, ya con otros, según las constelaciones e intemperies”.

Cada estación conllevaba una conjunción equilibrada de esos cuatro elementos y era inesperable y nefasto el frío en el verano. Se convertía en una calamidad pública cuando había un defecto o exceso de alguno de esos elementos, por ejemplo en 1786 señalan los daños del exceso de precipitaciones tanto intraanual como interanualmente: “la situación de este país en el centro de la Península ocasiona que no sean frecuentes los años de copiosas lluvias a muchos de los anteriores que han sido escasos o cuasi secos algunos, siguieron los dos inviernos últimos sumamente abundantes y continuados de aguas”.

La variabilidad en las precipitaciones explicaba la abundancia o calamidad según los años. Esta caracterización y agrupación de la variabilidad de los fenómenos meteorológicos ha sido estudiada en la provincia por Juan Díaz-Pintado (1991: 125-126), en especial los períodos de lluvias y de sequía, frío y calor, y agrupa tres períodos: período templado-húmedo (1700-1727), período de aridez (1728-1754); período frío (1755-1807).

Hay pequeñas referencias en archivos a los fenómenos meteorológicos que refrenda este clima y que podrían contrastarse con la recaudación de diezmos, signo inequívoco, por ejemplo, de las sequías, dado que en los años más secos se sembraba más panizo en las huertas. Una primera aproximación al clima es la interrelación entre fenómenos meteorológicos y producción de granos. Se puede relacionar el período de lluvias con la producción de cereales, en este caso, cebada, según los años en los que se mencionan sequías o bien abundancia de lluvias (y en algunos casos inundaciones del río Jabalón).

Ilustración 2

Se puede decir que hay una cierta constante de dos años muy secos y uno muy húmedo en un período de siete años, aproximadamente, y el factor más decisivo es la distribución de las lluvias, en especial en la primavera, que marcaba los períodos de sequía y las buenas/malas cosechas. En el caso del cultivo de la aceituna advierten que “en 5 años (hay) dos de buena cosecha, dos de mediana y uno de escasa”, y sobre el cultivo de cereales un vecino señala: “tengo la experiencia que en 4 años… ha de haber una mala cosecha y una muy mediana cuanto menos”.

Para los vecinos del siglo XVIII, el fenómeno meteorológico más destacado y con mayor influjo en la vida cotidiana era la distribución de las lluvias, en especial en primavera, y las temperaturas extremas (fuertes heladas), ya que apenas aparecen datos de inusuales altas temperaturas más allá de las propias “noches tropicales” veraniegas: “se iría a dormir al corral porque en la celda había chinches y tenía mucho calor”.

El ciclo del sol y las temperaturas definían las estaciones para los vecinos. Tras el frío invierno entraba la primavera en marzo, mes en el que hay mujeres haciendo encajes en los patios tras la puerta de la calle y otros años fríos y ventosos. Marzo era la transición a la primavera, unos años con lluvias y, en algún caso, final de los resfriados del invierno, como señalan en esta carta particular de 5 de marzo de 1743: “Mariquita se ha quedado en cama de resfriado, de que hay general epidemia que creemos cese ahora con haberse puesto el tiempo de llover mucho”. Marzo era mes ventoso, fenómeno que se repetía al llegar el otoño, como a finales de octubre de 1750, que un arrendatario de bellota de Zurracón de Almagro lamentaba “causando crecidísimos daños por estar casi toda la bellota de sus encinas caídas en el suelo por los grandes aires que han sucedido”.

Las lluvias de septiembre y octubre marcaban el final de verano e inicio de otra estación, el otoño. Se habla del inicio del otoño de 1796 en una carta de Toledo de 2 de octubre de 1796: “Aquí ha llovido infinitamente, pero hoy está el día más despejado y el aire ha refrescado alguna cosa”. Comenzaba un nuevo período meteorológico que en algún libro definen como tiempo de vendimia: “acuden en aquel tiempo de la vendimia dos tiempos, el uno caliente y sereno, el otro airoso y fresco”.

El invierno como tal, con nieves y fuertes hielos, “entraba” en la zona en diciembre, como señalan el 11 de diciembre de 1796: “Ha llovido infinitamente. Ayer empezó a nevar y sigue sin traza de dejarlo”. El invierno, por sus fríos y ausencia de cosechas, era la estación más temida, porque suponía, además, un gasto en leña para calentarse, aunque las nevadas eran ocasionales, pese a nevadas insólitas como la que refieren en enero de 1734 en Argamasilla: “afligidos de la mucha nieve que en este país ha caído que no se ha visto el suelo más tiempo de diez días”. Hay años, como 1726, que se constatan nevadas de casi una vara de espesor en el mes de marzo, en concreto estuvo nevado el campo del día 6 al 10 de marzo, con gran nevada el día 6, el 7 y el 10 de marzo.

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Las heladas tardías afectaban a las cebadas de huertas y hondonadas. Pero las heladas rigurosas afectaban al olivar, cultivo que se extendió desde el siglo XVI hasta convertirse en una fuente primordial de los ingresos de los vecinos. Esas heladas extraordinarias afectaban sobre todo a los olivares, con la muerte de los árboles o su daño por varios años. Comenzó el siglo XVIII, con gran parte de los olivares dañados por las heladas del invierno de 1697/1698. Se observan en el siglo XVIII inviernos con heladas fuertes, que se repiten periódicamente, como en 1727, daños de las heladas que perduraban en 1729: “rentas de esta capellanía a causa de haber sido muy cortos y no alcanzar el cumplimiento de sus cargos y subsidio por haber estado heladas las olivas y las cepas ser de mala calidad”.

Las heladas severas se repitieron en el invierno de 1765/1766 y el invierno siguiente y en 1770. Se unían las heladas rigurosas a otro problema de un clima mediterráneo continentalizado, la aridez, como explican en Pozuelo sobre el cultivo del olivar ese mismo año 1752: “aridez de la tierra, su cortedad y no participar este clima como otros de continuados rocíos y de consiguiente faltarles robustez a resistir los aires solanos y temperie fría que en la mejor sazón productiva… destruye su fruto”.

Los inviernos anticiclónicos eran secos y fríos, y pese a helar y nevar en el invierno, también se constata ausencia de hielo y nieve en dicha estación por los flujos continuos oceánicos, como se dice del pozo de la nieve de la cofradía vieja de las ánimas de Granátula que reaprovechó una cueva-bodega: “se fabricó por el mes de enero de 1714…se hace cargo de 300 rs que procedieron del año de 1714 de la nieve que se vendió del pozo, porque por la cuenta se reconoció 800 rs, se gastaron los 500 en volverlo a llenar de hielo en el invierno de 1717…los años 1718 y 1719 no tiene cargos por no haber encerrado en el pozo por no haber nevado ni helado”.

Ilustración 4

Se trata de inviernos ciclónicos, suaves y lluviosos. Esas lluvias eran en forma líquida o solidificada en nieve. Las excesivas lluvias de algunos años provocaban la ruina de edificios, como en 1726, que se prolongaron durante el mes de junio, lo que impidió la siega hasta bien entrado el verano. Y venían de un mes de octubre de 1725 que advierten extraordinariamente lluvioso. Las grandes lluvias de 1783 a 1786 obligaron a planificar obras hidráulicas para desecar las lagunas, lagunas en las que incluso se asentaban los cascos urbanos. En los años de muchas lluvias los ríos y arroyos eran intransitables con daños por inundaciones que se constata en escritos como del ayuntamiento de Almagro en peticiones de arreglo de puentes en los años 1775, 1776 o en los años 1783-1785.

Las lluvias veraniegas eran tormentosas con el peligro anexo de los rayos y granizo, si bien estas tormentas ya aparecen en primavera. A veces aparecen los daños de los rayos y granizo de las tormentas, como la del 2 de septiembre de 1759 en Almagro, que produjo daños considerables en el templo de Madre de Dios o la del 2 de junio de 1781, que inundó las calles de Almagro y arruinó el alfolí o almacén de sal.

Las grandes sequías del siglo acontecieron entre 1734 y 1738. El panorama fue desolador, con grandes hambrunas en toda la comarca por la grave sequía e incluso en Miguelturra señalan en 1735 que las “encinas están secas e infructíferas”. En 1735 llovió de manera regular, pero la sequía se volvió a cebar en la zona en los años 1737 y 1738, como en toda la mitad sur de España. De ahí que el ambiente social en 1738 era desolador en la zona, como describen en Almagro: “por no haberse cogido en esta villa ni en las demás del Campo de Calatrava…los trabajadores por falta de no tener en qué ocuparse, andan descaecidos y muchos de ellos padeciendo enfermedades y próximos a morir de hambre”.

Precisamente en Almagro describen lluvias, tormentas, nieves, inundaciones y rogativas absolutamente extraordinarios en enero de 1708, una sucesión de borrascas atlánticas, y que ayudan a interpretar las calamidades como “injuria de los tiempos” descritas con detalle:

“Domingo que se contaron 8 de enero de dicho año, entre 3 y 4 de la tarde principió una gran tormenta de truenos y relámpagos y mucha agua, que duró algún tiempo. Lunes siguiente 9 de dicho mes repitió otra tormenta al anochecer y duró hasta las 11 de la noche con poca diferencia, sobre que se hicieron rogativas en los conventos y parroquias, teniendo en éstas a Su Majestad patente, hasta que cesó dicha tormenta. Después fue tanta la continuación de las muchas aguas que Dios fue servido de enviar que casi se cerró el comercio de los lugares por las grandes avenidas de los ríos y arroyos…

…lunes siguiente 20 (febrero)… por la tarde fue Su Majestad servida de enviarnos una gran tormenta de nieve tal que muchos años ha no se ha visto otra como ella. Y al mismo tiempo fue tanta la cantidad de agua que llegó a entrar… habiendo durado el nevar todo aquel día, serenó a la noche y se templó mucho el temporal, no siendo tan continuas las aguas, atribuyéndose esto a María Santísima de las Nieves nuestra patrona, pues quiso que en nieve quebrase sábado en la noche y domingo 26 de dicho mes fue tanto lo que llovió… inundó… la noche más fatal y de más tribulación que se ha experimentado en esta villa no hay noticias de los antiguos”.

Este mismo fenómeno se constata en Aldea del Rey con un ritual de conjuro de tormenta, ya que consideraban que las campanas de la iglesia repelían el demonio y el mal: “El día 8 y el día 9 de enero de 1708 fue menester tocar a nublado y conjurar de una tormenta de truenos y relámpagos. Y el día 12 de truenos y aire y nieve y granizo. Esto se ha escrito para memoria”.

Ilustración 5

Finalmente, algunos conjuros tuvieron efectos contrarios. Ante la “terrible tempestad” que afectaba a Granátula la tarde de 16 de junio de 1710 deciden conjurar la tormenta con procesión de la custodia bajo palio en la puerta de occidente de la parroquia “para impetrar la misericordia de Dios en tan gran conflicto y no cesando, antes enfureciéndose más el cruel enemigo, valiéndonos del divino y supremo Señor de los cielos y tierra sacramentado”. Pero cae un rayo en la torre que daña el chapitel y cae a la “puerta de occidente… bajando el volcán a la tribuna y puerta”, rompiendo los rayos de la custodia y cayendo como muertos 16 personas, de las cuales mueren dos chicos de 14 y 8 años que estaban junto al preste.

Si quieres profundizar más sobre el tema no te pierdas el estudio completo que podrás encontrar en el siguiente link.

Fenómenos meteorológicos en el campo de Calatrava

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