Artículo elaborado por Manuel Antonio Mora García, Delegado Territorial AEMET en Castilla y León

Comenzamos el análisis de la meteorología y el clima en «Campos de Castilla».
Tiempo y clima en Campos de Castilla
Campos de Castilla se publicó inicialmente en 1912, pero fue ampliada posteriormente, y la base para este trabajo es la edición de Geoffrey Ribbans (Cátedra. Letras Hispánicas), que toma como norma la 4ª edición de Poesías Completas (1936). En este artículo analizaremos las referencias al tiempo y el clima que aparecen en Campos de Castilla, magna obra universal del escritor sevillano. Machado muestra en los poemas de Campos de Castilla su especial sensibilidad a la temperie y el clima de su querida Soria, siendo fuente de inspiración. Tras la muerte de Leonor, desde Baeza (Jaén), también nos deja apuntes del clima soriano y del jienense.
Siguiendo el orden de aparición en la obra, comenzamos con el poema titulado A orillas del Duero. Machado hace referencia a un espléndido día de julio, aunque caluroso. Menciona el “sol de fuego” y el “puro azul del cielo”. También refiere el vuelo de un buitre, que planea sobre las “térmicas” o corrientes de aire ascendentes que se producen en las horas de más calor.
«Mediaba el mes de Julio. Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante
y hacia la mano diestra vencido y apoyado
en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
trepaba por los cerros que habitan las rapaces
aves de altura, hollando las hierbas montaraces
de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—.
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.
Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo
cruzaba solitario el puro azul del cielo».
En el poema Por tierras de España, Machado hace referencia a los incendios forestales provocados, que tristemente se siguen sucediendo en nuestros días; y a las tormentas, que con lluvias torrenciales producen escorrentía.
«El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.
Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra».
En El Hospicio, aparecen referencias fenológicas. La fenología es la ciencia que estudia cómo influyen el tiempo y el clima en el desarrollo vegetal y en el comportamiento de las aves migratorias, como los vencejos:
«Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas».
En enero, próximos al solsticio de invierno, los rayos solares en nuestras latitudes inciden con gran inclinación y tienen poca capacidad calorífica. Machado refiere la “débil y triste luz”. También menciona un meteoro invernal, la nieve, con el epíteto que lo caracteriza:
«Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!..»
La agricultura tiene una gran dependencia del tiempo. Las sequías, las heladas tardías, las tormentas con lluvias torrenciales, fuertes rachas de viento, granizo o pedrisco, el calor o el frío extremo, etc. son fenómenos meteorológicos adversos que condicionan las cosechas. En el poema titulado El dios ibero, Machado hace referencia a estos fenómenos, que no dejan de ser caprichosos y que la cultura popular consideraba un castigo divino:
«Igual que el ballestero
tahúr de la cantiga,
tuviera una saeta el hombre ibero
para el Señor que apedreó la espiga
y malogró los frutos otoñales,
y un «gloria a ti» para el Señor que grana
centenos y trigales
que el pan bendito le darán mañana».
En los siguientes versos continúa citando estos fenómenos meteorológicos adversos para la agricultura: las tormentas provocadas por el cumulonimbo (la nube del estío), la sequía, las heladas tardías y el calor extremo, y reflexiona sobre el azar (los primeros seguros agrarios datan de 1919, con la creación de la Mutualidad Nacional del Seguro Agropecuario). El turbión, palabra en desuso, se define como “Aguacero con viento fuerte, que viene repentinamente y dura poco”:
«¡Oh dueño de la nube del estío
que la campiña arrasa,
del seco otoño, del helar tardío,
y del bochorno que la mies abrasa!¡Señor del iris, sobre el campo verde
donde la oveja pace,
Señor del fruto que el gusano muerde
y de la choza que el turbión deshace,
tu soplo el fuego del hogar aviva,
tu lumbre da sazón al rubio grano,
y cuaja el hueso de la verde oliva,
la noche de San Juan, tu santa mano!
¡Oh dueño de fortuna y de pobreza,
ventura y malandanza,
que al rico das favores y pereza
y al pobre su fatiga y su esperanza!
¡Señor, Señor: en la voltaria rueda
del año he visto mi simiente echada,
corriendo igual albur que la moneda
del jugador en el azar sembrada!»
En el poema titulado Orillas del Duero aparece una bella descripción lírica del ciclo hidrológico: la nieve, el deshielo y la escorrentía, citando también la tormenta.
«¡Oh Duero, tu agua corre
y correrá mientras las nieves blancas
de enero el sol de mayo
haga fluir por hoces y barrancas,
mientras tengan las sierras su turbante
de nieve y de tormenta,
y brille el olifante
del sol, tras de la nube cenicienta!»
En Las encinas hace referencia al caudal de los ríos, que aumenta por las lluvias persistentes o el deshielo y decrece en periodos de sequía:
«Los chopos son la ribera,
liras de la primavera,
cerca del agua que fluye,
pasa y huye,
viva o lenta,
que se emboca turbulenta
o en remanso se dilata».
La encina es un árbol robusto, capaz de soportar las inclemencias climáticas, como las temperaturas extremas, los fuertes vientos, las lluvias intensas o las nevadas:
«El campo mismo se hizo
árbol en ti, parda encina.
Ya bajo el sol que calcina,
ya contra el hielo invernizo,
el bochorno y la borrasca,
el agosto y el enero,
los copos de la nevasca,
los hilos del aguacero,
siempre firme, siempre igual,
impasible, casta y buena,
¡oh tú, robusta y serena,
eterna encina rural
de los negros encinares
de la raya aragonesa
y las crestas militares
de la tierra pamplonesa;
encinas de Extremadura,
de Castilla, que hizo a España,
encinas de la llanura,
del cerro y de la montaña;
encinas del alto llano
que el joven Duero rodea,
y del Tajo que serpea
por el suelo toledano;
encinas de junto al mar
-en Santander-, encinar
que pones tu nota arisca,
como un castellano ceño,
en Córdoba la morisca,
y tú, encinar madrileño,
bajo Guadarrama frío,
tan hermoso, tan sombrío,
con tu adustez castellana
corrigiendo,
la vanidad y el atuendo
y la hetiquez cortesana!…
Ya sé, encinas
campesinas,
que os pintaron, con lebreles
elegantes y corceles,
los más egregios pinceles,
y os cantaron los poetas
augustales,
que os asordan escopetas
de cazadores reales;
Machado tal vez se refiera en los versos anteriores a Velázquez, “egregio pincel”, que pintó encinas y robles como telón de fondo de sus retratos reales.
Si tuviéramos que destacar un poema de contenido meteorológico por excelencia, ese sería En abril, las aguas mil. Se trata de una bellísima descripción del típico tiempo primaveral, con chubascos y alternancia de nubes y claros (“agua y sol” como dice Machado), donde no puede faltar el “iris” (arco iris) y la tormenta, con las nubes cumulonimbus (“nubes de guata y ceniza”).
«Son de abril las aguas mil.
Sopla el viento achubascado,
y entre nublado y nublado
hay trozos de cielo añil.
Agua y sol. El iris brilla.
En una nube lejana,
zigzaguea
una centella amarilla.
La lluvia da en la ventana
y el cristal repiquetea.
A través de la neblina
que forma la lluvia fina,
se divisa un prado verde,
y un encinar se esfumina,
y una sierra gris se pierde.
Los hilos del aguacero
sesgan las nacientes frondas,
y agitan las turbias ondas
en el remanso del Duero.
Lloviendo está en los habares
y en las pardas sementeras;
hay sol en los encinares,
charcos por las carreteras.
Lluvia y sol. Ya se oscurece
el campo, ya se ilumina;
allí un cerro desparece,
allá surge una colina.
Ya son claros, ya sombríos
los dispersos caseríos,
los lejanos torreones.
Hacia la sierra plomiza
van rodando en pelotones
nubes de guata y ceniza».
En el poema titulado Un loco hace referencia a la sequía otoñal. Utiliza el término “desabrido”, poco usado en la jerga meteorológica, que significa; “Dicho del tiempo: Destemplado, desigual”.
«Es una tarde mustia y desabrida
de un otoño sin frutos, en la tierra
estéril y raída
donde la sombra de un centauro yerra.
Por un camino en la árida llanura,
entre álamos marchitos,
a solas con su sombra y su locura
va el loco, hablando a gritos.
Lejos se ven sombríos estepares,
colinas con malezas y cambrones,
y ruinas de viejos encinares,
coronando los agrios serrijones».

Machado describe los efectos causados por el déficit hídrico: “tierra esquelética y sequiza”:
«Por los campos de Dios el loco avanza.
Tras la tierra esquelética y sequiza
—rojo de herrumbre y pardo de ceniza—
hay un sueño de lirio en lontananza».
En Amanecer de otoño refiere un hidrometeoro típico del otoño, el rocío, que se produce cuando las temperaturas mínimas descienden y existe suficiente humedad:
«Está la tierra mojada
por las gotas del rocío,
y la alameda dorada,
hacia la curva del río».
En Pascua de Resurrección, nos habla del inicio de la primera, las lluvias primaverales que verdean los prados y la formación de arco iris, la llegada de las cigüeñas, y la subida de las temperaturas (el pastor cambia su indumentaria). La tendencia a inviernos más suaves como consecuencia del cambio climático y, la presencia de alimento en arrozales y vertederos, hace que algunas poblaciones de cigüeñas (ave migratoria) de la Península se conviertan en sedentarias.
«Mirad: el arco de la vida traza
el iris sobre el campo que verdea».
«Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas,
y escriben en las torres sus blancos garabatos.
Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas.
Entre los robles muerden
los negros toros la menuda hierba,
y el pastor que apacienta los merinos
su pardo sayo en la montaña deja».
En Campos de Soria refiere el clima soriano, la lenta transición de la primavera hacia el verano. Relata un mes de abril frío, con el Moncayo nevado y los caminantes y pastores bien abrigados. El mes de abril de 1908 fue especialmente frío, con una temperatura media de 6,6 ºC (el valor normal para el periodo de referencia 1991-2020 es 9,2 ºC).
I
«Es la tierra de Soria árida y fría.
Por las colinas y las sierras calvas,
verdes pradillos, cerros cenicientos,
la primavera pasa
dejando entre las hierbas olorosas
sus diminutas margaritas blancas.La tierra no revive, el campo sueña.
Al empezar abril está nevada
la espalda del Moncayo;
el caminante lleva en su bufanda
envueltos cuello y boca, y los pastores
pasan cubiertos con sus luengas capas».
II
«En los chopos lejanos del camino,
parecen humear las yertas ramas
como un glauco vapor -—las nuevas hojas—
y en las quiebras de valles y barrancas
blanquean los zarzales florecidos,
y brotan las violetas perfumadas».
En la siguiente estrofa menciona los arreboles, coloración rojiza o anaranjada del cielo al amanecer o al atardecer, debido a la dispersión selectiva de la luz al atravesar las capas bajas de la atmósfera; también menciona las cumbres nevadas:
III
«Es el campo undulado, y los caminos
ya ocultan los viajeros que cabalgan
en pardos borriquillos,
ya al fondo de la tarde arrebolada
elevan las plebeyas figurillas,
que el lienzo de oro del ocaso manchan.
Mas si trepáis a un cerro y veis el campo
desde los picos donde habita el águila,
son tornasoles de carmín y acero,
llanos plomizos, lomas plateadas,
circuidos por montes de violeta,
con las cumbres de nieve sonrosado».
Más adelante describe un arrebol durante un atardecer otoñal:
«Bajo una nube de carmín y llama,
en el oro fluido y verdinoso
del poniente, las sombras se agigantan».
Continúa ya en el otoño e invierno describiendo la nieve, con su epíteto de “silenciosa”, y también cita uno de los vientos locales, el cierzo, viento de componente norte:
V
«La nieve. En el mesón al campo abierto
se ve el hogar donde la leña humea
y la olla al hervir borbollonea.
El cierzo corre por el campo yerto,
alborotando en blancos torbellinos
la nieve silenciosa.
La nieve sobre el campo y los caminos,
cayendo está como sobre una fosa».
________
«Padres los viejos son de un arriero
que caminó sobre la blanca tierra,
y una noche perdió ruta y sendero,
y se enterró en las nieves de la sierra».
_________
«La vieja mira al campo, cual si oyera
pasos sobre la nieve. Nadie pasa».
Soria, debido a su altitud (1063 m) y continentalidad, en invierno registra temperaturas relativamente bajas, aunque como consecuencia del cambio climático la temperatura media está aumentando. El adjetivo “fría” que Machado aplica a la capital castellana, poco a poco está dejando de ser un epíteto.
VI
«¡Soria fría, Soria pura,
cabeza de Extremadura,»
En esta estrofa menciona el viento, una suave brisa:
VIII
«Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas».
En el extenso poema La tierra de Alvargonzález, en el canto titulado Aquella tarde… refiere una luna arrebolada. En este caso se trata de una ilusión óptica, que nos hace percibir la luna llena de mayor tamaño al compararla con objetos próximos del horizonte, adquiriendo color rojizo por la misma razón que los arreboles, la dispersión selectiva de la luz solar al atravesar las capas bajas de la atmósfera al amanecer o al anochecer, predominando la luz anaranjada o rojiza.
I
«Sobre los campos desnudos
la Luna llena, manchada
de un arrebol purpurino
enorme globo, asomaba».
Las tormentas son frecuentes en la provincia de Soria (entre 17 y 20 días anuales en zonas llanas y entre 20 y 25 en zonas montañosas). En el campo, los árboles son fácilmente alcanzados por las descargas eléctricas, especialmente si se encuentran aislados. Machado refiere un olmo alcanzado por un rayo en esta estrofa.
VI
«Los hijos de Alvargonzález
ya tienen majada y huerta,
campos de trigo y centeno
y prados de fina hierba;
en el olmo viejo, hendido
por el rayo, la colmena,
dos yuntas para el arado,
un mastín y mil ovejas».
En el canto titulado Otros días nos describe la llegada de la primavera, con apuntes fenológicos, citando los ciruelos en flor y las cigüeñas. Con la subida de las temperaturas, la cubierta nivosa de las montañas desaparece.
I
«Ya están las zarzas floridas,
y los ciruelos blanquean;
ya las abejas doradas
liban para sus colmenas,
y en los nidos, que coronan
las torres de las iglesias,
asoman los garabatos
ganchudos de las cigüeñas.
Ya los olmos del camino
y chopos de las riberas
de los arroyos que buscan
al padre Duero, verdean.
El cielo está azul; los montes
sin nieve son de violeta».
Machado utiliza en varias ocasiones el adjetivo “adusta” al referirse a Castilla, con significado de seca o árida. En un bello lenguaje poético retrata el Sistema Ibérico, una de cuyas cumbres más elevadas es el pico Urbión, con una altitud de 2228 m.
II
«La hermosa tierra de España,
adusta, fina y guerrera,
Castilla de largos ríos,
tiene un puñado de sierras
entre Soria y Burgos como
reductos de fortaleza,
como yelmos crestonados,
y Urbión es una cimera».

En el canto titulado Castigo, cita las heladas tardías, que dañan especialmente a los árboles frutales:
II
«En los sembrados crecieron
las amapolas sangrientas;
pudrió el tizón las espigas
de trigales y de avenas;
hielos tardíos mataron
en flor la fruta en la huerta,
y una mala hechicería
hizo enfermar las ovejas».
Machado refiere una nevada, que se transforma en ventisca al arreciar el viento:
III
«Es una noche de invierno.
Cae la nieve en remolinos».
_____________
«El viento la puerta bate,
hace temblar el postigo,
y suena en la chimenea
con hueco y largo bramido».
La ventisca continúa en el cantar titulado El viajero:
I
« Es una noche de invierno.
Azota el viento las ramas
de los álamos. La nieve
ha puesto la tierra blanca.
Bajo la nevada, un hombre
por el camino cabalga;
va cubierto hasta los ojos,
embozado en luenga capa».
III
«Abierto el portón, entróse
a caballo el caballero
y echó pie a tierra. Venía
todo de nieve cubierto.
Los tres hermanos contemplan
el triste hogar en silencio,
y con la noche cerrada
arrecia el frío y el viento».
Nota Final:
– Puedes leer la primera parte de este artículo en este enlace



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