LA METEOROLOGÍA EN EL HEREJE DE DELIBES (I)

Por Manuel Antonio Mora García, Delegado Territorial de AEMET en Castilla y León.

Este año se cumple el 25 aniversario de la publicación de “El Hereje” de Miguel Delibes, y con tal motivo en las cortes de Castilla y León se muestra una magna exposición conmemorativa que se podrá visitar hasta el 17 de febrero de 2024.

“El Hereje” de Delibes se publicó en 1998 y fue galardonada con el premio Nacional de Narrativa en 1999. Se trata de la novela más extensa del autor, novela histórica ambientada en el siglo XVI, pero también novela de personaje, que mantiene el inconfundible estilo personal del escritor. Delibes, ya de avanzada edad y en franca retirada, retoma con ilusión este proyecto que vio la luz después de casi tres años de intenso trabajo, siendo su última gran obra.

Una de las constantes en los textos de Delibes son las referencias a la meteorología, y en esta obra, aunque con menor profusión que en escritos como “La sombra del ciprés es alargada”, “Las Ratas”, “Viejas Historias de Castilla La Vieja” o en sus obras cinegéticas, también encontramos reseñas sobre el tiempo y el clima.

En “El Hereje”, Delibes menciona el frío, meteoros como la lluvia, la nieve, la calima y la neblina, las nubes, el nublado, o en el momento álgido de la novela, la celebración del auto de fe, el calor y el bochorno. Incluso aparecen un par de curiosas alusiones a la meteorología popular y también a las rogativas, describiendo el clima de Castilla en el siglo XVI.

El castellano posee una riqueza de léxico extraordinaria, en el caso de la meteorología existen voces, algunas de ambientes rurales, que lamentablemente están en desuso. Gracias a la obra de Delibes podemos recuperar y mantener muchas de ellas evitando que desaparezcan y a la vez realizar una labor de divulgación meteorológica.

La meteorología en “El Hereje” de Delibes.

En el preludio  de la obra se describe la travesía por mar del protagonista, el luterano Cipriano Salcedo,  que había viajado a Alemania de forma clandestina para recabar información de los líderes de la secta luterana y adquirir libros prohibidos por la Inquisición. A bordo de la galeaza Hamburg se dirige a Laredo (Cantabria), para desde allí continuar a caballo hasta Valladolid. 

Miguel Delibes hace gala de sus conocimientos marinos y de meteorología, iniciados cuando se alistó en la Marina durante la guerra civil española, y ampliados a lo largo de su vida, en el caso de la meteorología, por su gran afición a la misma.

De forma cronológica, ya en el primer párrafo se describe el tiempo atmosférico en una mañana de octubre a mediados del siglo XVI.

Galeaza veneciana de principios del siglo XVI. Museo Naval de Madrid. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:GaleazaVenecianaPrincipiosDelSigloXVI.jpg

El Hamburg, una galeaza a remo y vela, de tres palos, línea enjuta y setenta y cinco varas de eslora, dedicada al cabotaje, rebasó lentamente la bocana y salió a mar abierta. Amanecía. Se iniciaba el mes de octubre de 1557 y la calima sobre la superficie del mar y la estabilidad de la nave presagiaban bonanza, una jornada calma, tal vez calurosa, de sol vivo y suave viento del norte. (Preludio)

Por la amura, sobre la silueta de tierra, la bruma comenzaba a rasgarse y permitía divisar, entre los flecos, fragmentos del cielo azul que la calma chicha de la madrugada auguraba. (Preludio)

Niebla en el mar de Bering. Fuente: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/0c/Bering_sea_in_mist_foggy_scenics.jpg

Delibes, al referirse a la visibilidad reducida en el mar por gotitas de agua en suspensión, utiliza los términos bruma y calima indistintamente. Antaño eran sinónimos, pero en la actualidad, la Organización Meteorológica Mundial define la calima como “Suspensión en la atmósfera de partículas secas tan diminutas que son invisibles a simple vista pero que en conjunto dan al cielo una apariencia opalescente”, y por tanto es considerado un litometeoro, a diferencia de la bruma o neblina, que es un hidrometeoro.

Retomando el hilo narrativo, una vez zarpó la galeaza de madrugada con la mar en calma, según avanzaba el día la nave comenzó a balancear, debido a la velocidad del barco y a un ligero  empeoramiento del estado de la mar.

La línea azul del mar subía y bajaba en la portilla, acorde con el leve balanceo del navío. (Preludio)

A partir de ese momento, uno de los viajeros, Isidoro Tellería, correligionario de Salcedo y del capitán, comienza a marearse.

La galeaza empezó a cabecear ligeramente y Tellería, que acababa de dar una profunda fumada a su pipa, miró hacia el ojo de buey sorprendido, como si estuviera jugando a las cartas y hubiera advertido de pronto que le estaban haciendo trampas.

El capitán explica a Tellería que el balanceo de la nave se debe a que están atravesando el canal de La Mancha.  El estrechamiento del mar en esta zona provoca la aceleración del viento por cuestiones dinámicas, así como un mayor oleaje por efectos hidrodinámicos, aumentando el cabeceo y el balanceo de la nave.

No obstante, el capitán miró a Tellería antes de aclarar lacónicamente:                 —Hemos entrado en el Canal. (Preludio)

Se acentuaba el balanceo del Hamburg y don Isidoro Tellería se sujetaba la cabeza entre las manos como con temor de que se le despegara de los hombros en uno de aquellos vaivenes. (Preludio)

La nave continuaba moviéndose, cabeceaba, a ratos insistentemente, y don Isidoro Tellería, imperturbable, llenaba de nuevo la cazoleta de la pipa.

Al atardecer, tras varias horas en la camareta, los dos viajeros, Salcedo y Tellería, se retiran a descansar. Delibes menciona un ambiente fresco y cielos nubosos.

El tiempo había refrescado y, cuando alcanzaron su tienda, Tellería se metió por la rendija de la puerta y se tumbó. (Preludio)

Entre los celajes, una luna menguante exhibía un resplandor desvaído, sin contrastes. (Preludio)

Durante la noche, una vez rebasado el canal de la Mancha, la nave bordea la costa de Francia sin que cese el oleaje.

La galeaza se aproximaba al litoral, esperando hallar mar planchada, pero, pese a todos los esfuerzos, no cesaba de cabecear. (Preludio)

En el relato del segundo día de travesía continúan las referencias al estado del tiempo, en particular se menciona el viento terral (viento que procede de tierra y por tanto, en este caso, viento del este) moderado a fuerte a lo largo de la costa de Francia.

Salcedo madrugó. Lo primero que advirtió fue que la costa francesa había desaparecido de la mura y un viento terral desmelenado sacudía las velas frenéticamente. Hacía frío. Salvo una alargada franja azul a poniente, los nimbos grises entoldaban el cielo.  (Preludio)

Los atardeceres, tanto en mar como en tierra, siempre invitan a la reflexión y al recogimiento.

Después de cenar, se serenó contemplando la puesta de sol, aun resistiéndose a admitir que aquel astro brillante y húmedo que se acostaba en el mar fuese el mismo que Pedro Cazalla y él veían desaparecer tras los ardientes rastrojos desde los cerros de Pedrosa. (Preludio)

Durante la noche, el viento cesó.

La noche queda, de luceros brillantes, invitaba a la confidencia. (Preludio)

Al tercer día de travesía llegaron a puerto, de nuevo con calima y bruma.

El nuevo día amaneció con calima. (Preludio)

La bruma iba levantando y la costa, de nuevo visible y ahora muy próxima, cobraba animación y relieve bajo un sol desfallecido. (Preludio)

La rápida travesía había durado aproximadamente dos días y algunas horas y llegaron al puerto de Laredo (Cantabria) sin incidencias. Al final de este artículo reflexionaremos sobre la duración de la travesía.

Puerto de Laredo en el siglo XVI. Archivo municipal de Laredo https://www.laredo.es/09/patrimonio_historia.php

Al comienzo del Libro I, Delibes describe cómo era la ciudad de Valladolid en el siglo XVI, incluyendo datos sobre su clima. Como veremos más adelante, esta descripción del clima pasado podría ser acertada.

Y salvo el cogollo urbano, empedrado y gris, con una reguera de alcantarillado exterior en el centro de las rúas, la villa resultaba polvorienta y árida en verano, fría y cenagosa en invierno y sucia y hedionda en todas las estaciones. (Libro I)

El veranillo de San Martín (11 de noviembre) es un periodo de tiempo estable y con temperaturas por encima de los valores medios para esa época del año, cuando ya avanzado el otoño, se ha producido algún episodio frío y de mal tiempo. Aunque no se presenta todos los años, la meteorología popular recoge este hecho que ocurre con relativa frecuencia, como podemos ver en estos dos refranes:

“El veranillo de San Martín dura tres días y fin”

“De San Martín a Santa Isabel (17 de noviembre) veranillo es”

Precisamente el año 2023, las temperaturas máximas en Valladolid rozaron los 18 grados entre el 11 y el 17 de noviembre, como se observa en la siguiente gráfica, registrándose temperaturas muy por encima de los valores medios (franja verde) para luego desplomarse.

Delibes parece que hace referencia al veranillo de San Martín al mencionar el sol de noviembre en el siguiente pasaje, que refleja el festivo recibimiento de la ciudad de Valladolid al joven rey Carlos I en la jornada del 18 de noviembre de 1517. Según el relato del cronista oficial, Laurent Vital,  el rey lucía sus mejores galas, con gran número de joyas: “Y era algo  noble y hermoso el ver lucir esas piedras al sol, las cuales centelleaban contra los ojos de los que miraban, por su reverberación, belleza y claridad…”.

El gentío se desgañitaba dando vivas al Rey al aparecer don Carlos sobre el adoquinado, solo, apuesto, por el centro de la calzada, caminando al ritmo de los timbales, los diamantes engarzados en su traje brillando al sol de noviembre. (Libro I.I)

Al margen de esta jornada soleada, las crónicas también refieren el intenso frío,  la lluvia torrencial y la nieve unos meses después, durante el juramento de los fueros de Castilla en Valladolid el 7 de febrero del año siguiente.

Siguiendo el relato, Delibes describe un templado día de mayo con excelente visibilidad. Resume la evolución del año agrícola, que estaba resultando normal en cuanto a precipitaciones, haciendo también referencia al soleado y caluroso mes de mayo del año anterior.

Tal como había proyectado, don Bernardo Salcedo abandonó el Páramo, iniciado mayo, por el camino de Toro. Hacía un día templado, de sol franco, y los grillos aturdían en las orillas del camino. Las lluvias de otoño y primavera habían caído regularmente y las espigas anunciaban una prieta granazón. También los palos de los sarmientos se esponjaban y, de no presentarse una insolación prematura, la uva maduraría a su ritmo y, a diferencia del último año, se recogería una buena cosecha. (Libro I.II)

El día estaba tan claro que, desde la Mota del Niño, se divisaba el soto del Duero, con álamos y negrillos a medio vestir y, tras él, el verde oscuro de los pinares, pinocarrascos y pinos negros, plantados en las tierras arenosas al comenzar el siglo.(Libro I.II)

Ya en los primeros días del verano comienza un periodo caluroso.

A las doce del mediodía, don Bernardo marchaba del almacén. Eran semanas de calor y las calles hedían a basuras y desperdicios. (Libro I. II).

Un calor que iría en aumento y que Bernardo Salcedo, padre de Cipriano, aprovecha para intentar seducir a Minervina, la nodriza de su hijo. Delibes utiliza el adjetivo ardiente (que causa ardor-calor grande-, o parece que abrasa), que bien podría servir para referirnos a los recientes episodios de olas de calor, en los que se alcanzaron en Valladolid temperaturas máximas muy poco frecuentes, como los 40,0 °C el 22 de agosto del año pasado, o los 41,1 °C registrados el 15 de julio de 2022 (récord absoluto desde 1974).

Sin embargo, un día ardiente de verano, sugirió a la chica que bajara a dormir al piso primero donde el bochorno se hacía más soportable. (Libro I. II)

Estos episodios de calor extremo, son cada vez más frecuentes, más intensos y de mayor duración debido al cambio climático. Sin embargo, en Valladolid el récord absoluto registrado corresponde al 9 de agosto de 1887, en que se registraron 43,0 °C de máxima, aunque en aquella época el observatorio se encontraba en un torreón ya desaparecido en el edificio histórico de la Universidad y obviamente la calidad de los termómetros y las normas de observación eran diferentes.

Al igual que el veranillo de San Martín, la meteorología popular contempla el veranillo de San Miguel (29 de septiembre) o del membrillo.

El día de San Miguel, el calor vuelve otra vez.

Por San Miguel, gran calor, será de mucho valor.

El verano de San Miguel faltará muy rara vez.

De forma anecdótica, el año pasado también hemos podido disfrutar de este veranillo, alcanzándose una temperatura máxima en Valladolid de 32,9 °C el día 30 de septiembre, como podemos ver en la siguiente gráfica. No ocurre todos los años, como denota la franja verde de la gráfica, que refleja la temperatura media del periodo de referencia de 30 años (1991-2020).

Delibes hace referencia también a este veranillo de San Miguel o del membrillo.

Pero una tarde bochornosa de finales de septiembre, con las puertas del piso alto abiertas de par en par, una ráfaga de viento caliente cerró violentamente la puerta de Minervina y la señora Blasa apareció, sin avisar, en la última del pasillo. (Libro I. II)

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) define el término bochorno como “Aire caliente y molesto que se levanta en el estío” o “calor sofocante”. Delibes, con su riqueza de léxico, utiliza en otras obras una voz con el mismo significado pero en desuso: “chajuán”, que quizás deberíamos revitalizar incorporándola a nuestro vocabulario.

Técnicamente, en meteorología se utiliza el término bochorno cuando debido al intenso calor y la excesiva humedad, la sensación térmica se incrementa en varios grados Celsius, lo que vulgarmente se conoce como calor húmedo.

Delibes también hace referencia al intenso frío que hiela las fuentes. Como veremos al hablar del clima pasado, los ríos de la Península se helaron en varias ocasiones en el siglo XVI.

Ella le preguntaba luego en la cocina: ¿es que no quieres al papá? No, Mina; me da frío. Que cosas dices. ¿Mucho frío? Y el pequeño confesaba que tanto como cuando se helaba la fuente del Espolón y él se subía a ella para patinar. (Libro I. IV).

RÍO PISUERGA HELADO, ENTRE PUENTES. LOS EDIFICIOS DE HUERTA DEL REY ESTÁN EN CONSTRUCCIÓN. 1971. Fuente: Archivo Municipal de Valladolid.

A consecuencia de las lluvias intensas los ríos aumentan su caudal y entran en ejarbe, incluso  pueden llegar a desbordarse.

Olía fuerte a cuero y tinturas y, entre la muralla y el barrio, se veía correr al Pisuerga en ejarbe. (Libro I. V).

Vista aérea de la crecida del río Pisuerga. 2001. Archivo Municipal de Valladolid

Durante su estancia en la inclusa, Cipriano Salcedo y sus compañeros soportaron el intenso frío de los inviernos pincianos. Delibes utiliza el adjetivo riguroso con el significado de “muy severo, referido a una estación, con temperaturas extremas”

Y en invierno, el frío era tan riguroso que Claudio, el Obeso, juraba que al despertarse tenía escarcha entre los pelos de las cejas. (Libro I. IV)

Escarcha. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:FrostyLeaf.jpg

La escarcha es un hidrometeoro que se produce por sublimación del vapor del agua (paso directo o deposición directa del agua en estado gaseoso al estado sólido) a temperaturas bajo cero.

Tras la siega del cereal, generalmente en el mes de agosto, la mies es llevada a las eras para que termine de secarse y posteriormente proceder a su trillado. El profundo sentimiento religioso castellano y la incertidumbre de la cosecha final, propiciaba la celebración de rogativas.

Cipriano participó en la Ceremonia de las Eras acompañado de dos condiscípulos y dos cofrades de las Santísima Trinidad. La clase, dividida en grupos, visitaba las eras que rodeaban la villa y pedían a Dios “prieta espiga y grano abundante”. (Libro I. V)

El tiempo y el clima influyen notablemente en la salud. Así algunas enfermedades transmitidas por vectores infecciosos y por roedores dependen de las variables meteorológicas.

Según los archivos de la Chancillería, Valladolid sufrió diversas epidemias de peste, en concreto en 1507, 1518, 1540, y sobre todo en los años finales del siglo, entre 1597 y 1599. Otras fuentes señalan también el año 1517 y 1527. Delibes describe este último episodio (1527), que obligó a la corte a abandonar la ciudad con el príncipe Felipe recién nacido,  y cita, sin llegar a describir,  el de 1507 (en el relato aparece como ocurrido en 1506).

La peste bubónica en una enfermedad mortal infecciosa originada por la bacteria Yersinia pestis, que se transmite a los humanos a través de las picaduras de pulgas parásitas de ratas infectadas. Uno de los factores que influyen en el desarrollo de la epidemia está relacionado con el ciclo reproductivo de los roedores (mayo a octubre), es decir, que en condiciones meteorológicas adversas (lluvia y frío), como suele ocurrir al principio del invierno, la población de roedores en el exterior disminuye.

Plague Victims of Rome (Les pestiferes de Rome). Alphonse Legros Siglo XIX. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Alphonse_Legros,_Plague_Victims_of_Rome_(Les_pestiferes_de_Rome),_NGA_8306.jpg

Unos meses después aparecieron los primeros fríos y la gente respiró aliviada. Existía el convencimiento de que la peste era consecuencia del calor y, por el contrario, el frío y la lluvia atenuaban sus efectos. A los pocos días templó y la peste volvió a picar en los pueblos y ciudades castellanos. (Libro I. VI)

Las rogativas populares se organizaban para pedir o agradecer la ayuda divina frente a desastres de cualquier tipo, incluyendo las sequías.

Entonces empezaron a organizarse rogativas a la iglesia de San Roque y a la de la Virgen de San Llorente pidiendo las lluvias de otoño. (Libro I. VI)

Delibes dedica “El Hereje” a su ciudad natal, Valladolid.  Los pucelanos sienten gran devoción por su patrona y alcaldesa perpetua de la ciudad, La Virgen de San Lorenzo.  Las rogativas a esta Virgen comenzaron en el siglo XVI, como vemos a continuación:  

El 4 de mayo de 1561, por sequía.

El 21 de septiembre de 1561, por incendio de la calle Platerías

En el mes de agosto de 1599 por peste de secas y carbuncos.

El 1 de septiembre de 1601, por feliz parto de la reina doña Margarita, por el nacimiento de Ana María Mauricia.

El mes de noviembre de 1601, por enfermedad de la misma reina.

Fuente; https://gloriasdevalladolid.blogspot.com/2012/09/rogativas-nuestra-senora-de-san-lorenzo.html

El lienzo que se muestra a continuación, obra de Matías Blasco, refleja la rogativa realizada con motivo de la enfermedad de la reina Margarita.

Retorno de Nuestra Señora de San Lorenzo desde el palacio real a su parroquia, noviembre de 1601, Valladolid, Parroquia de San Lorenzo Mártir
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/78/Matias_blasco-rogativas_virgen_de_san_lorenzo.jpg

Pocos vallisoletanos saben que la Virgen de San Lorenzo era conocida como la Virgen de los Aguadores cuando fue descubierta en el siglo XII y poco después como Virgen de San Llorente, tomando el nombre de la ermita que custodiaba la imagen. En el siglo XV, la talla se trasladó a la recién construida iglesia de San Lorenzo, adoptando su nombre actual. Delibes, sin duda, realizó una intensa labor documental para escribir esta novela.

El episodio de peste duró más de un año, acentuado por la sequía, que además condicionó la cosecha del año agrícola, que termina con un tiempo áspero. Esta expresión, tiempo áspero, es utilizada por Delibes en su acepción menos conocida de tiempo tempestuoso o destemplado.

La sequía continuaba-prácticamente llevaba un año sin llover– y últimamente estaban quemando las casas más afectadas después de trasladar a los hospitales extramuros a los inquilinos enfermos. (Libro I. VI)

Inesperadamente, iniciado el nuevo otoño, tras una pésima cosecha y un tiempo áspero, la Junta de Comisionados anunció que en el último mes únicamente habían muerto veinte personas. (Libro I. VI)

Delibes hace referencia a las penalidades que sufrían los campesinos, además de la peste. Entre ellas, quizás la más cruel, ocurría cuando el trigo nacía en la era antes de ser trillado, debido a la humedad provocada por las inoportunas lluvias o tormentas.  En el vocabulario delibeano se encuentra con frecuencia el término nublado como sinónimo de tormenta, es decir, como hecho consumado. En el DRAE se incluye la acepción de “nube que amenaza tormenta”.

Por otra parte, don Domingo, el viejo párroco, conservaba en el archivo de la iglesia papeles de los Salcedo donde constaban las limosnas y donativos hechos al pueblo en ocasiones difíciles como la peste del año seis o los nublados del año noventa que no permitieron trillar y el cereal se nació en las eras. (Libro I. VII)

Cipriano Salcedo, dotado de un gran espíritu empresarial y de carácter benévolo, decide cubrir su almacén-taller de prendas de abrigo en Valladolid,  mejorando así  la productividad y las condiciones laborales de sus trabajadores.

El gran taller no paraba ni en invierno ni en verano y, para contrarrestar los grandes fríos de la meseta, cubrió  la nave con cielo raso e instaló braseros de picón de encina de gran tamaño entre las mesas de los trabajadores disminuidos por los sabañones. (Libro I. VII)

La meteorología popular también aflora en esta bella descripción del atardecer desde los montes Torozos, próximos a Valladolid, que impresiona al protagonista de la novela y que parece hacer referencia al siguiente refrán:

Sol de poniente en grana, buen tiempo mañana.

El sol se ponía en la llanura como en el mar. Se desplomaba sobre la línea del horizonte y éste empezaba a roerle por la base, en un crepúsculo incendiado, hasta terminar devorándolo. Las nubes, blancas hasta entonces, se tornaban color albaricoque al ocultarse aquél.                                 Buen tiempo hará mañana, si señor– dijo sentenciosamente don Segundo-. Vamos para casa. Es hora de recoger el ganado. (Libro I, VII)

El amplio cielo castellano es un magnífico lienzo donde se crean estos espectaculares atardeceres rojizos. Rubén del Campo
https://twitter.com/Rub_dc/status/922205727342686209/photo/1

Salcedo llevaba a Relámpago de la brida. El espectáculo de la puesta de sol en el inmenso mar de tierra le había sobrecogido.  (Libro I. VII)

A lo largo de la narración continúan las referencias al frío y la lluvia, incluso fenológicas, describiendo la migración de las aves (la fenología es el estudio de las fases de desarrollo de plantas y aves en relación con el tiempo y el clima).

Pero, pese a todo, ahora que habían empezado los fríos y las lluvias, Cipriano se encontraba a gusto en el salón de la casa de adobe, con el fuego crepitando en la chimenea, sentado en la dura tabla del escañil. (Libro I. VIII)

Delibes utiliza con frecuencia la expresión “veleidad climática” o “veleidades climáticas”.

Veleidad climática” literalmente significaría “voluntad antojadiza o caprichosa del clima”, y por tanto, es incoherente desde el punto de vista meteorológico, ya que el tiempo es el estado de la atmósfera en un momento dado definido por variables como el viento, la temperatura, los meteoros etc…, y por tanto varía continuamente. Por el contrario, el clima es el promedio del tiempo atmosférico, de las variables meteorológicas, a lo largo de un periodo de 30 años. Por tanto el clima es algo fijo, de referencia, aunque este clima puede ir variando si consideramos periodos más amplios que abarcan decenas o centenares de años, como ocurre con el actual cambio climático, al comparar el clima en la era preindustrial con el actual. Delibes conocía perfectamente esa diferencia refiriéndose en unas ocasiones al tiempo y en otras al clima de forma correcta, pero en este caso, se permite una licencia literaria

Y aquel invierno frío y lluvioso no amilanaba a Salcedo. Sus calzas de piel y su zamarro forrado de nutria, como el que regaló a Teodomira, le ponían a cubierto de cualquier veleidad climática. Luego pasaban  la tarde en la casa o salían de paseo a ver volar los bandos de palomas torcaces o las becadas, recién llegadas del norte. (Libro I. VIII)

Delibes, con su exquisito lenguaje, emplea una metáfora relacionada con la meteorología marítima: “mar proceloso” (proceloso en este caso significa borrascoso, tormentoso, tempestuoso) para referir una situación embarazosa. Salcedo visita a sus tíos y anuncia su voluntad de casarse, pero al describir a su novia señala que su tamaño es desproporcionado para él. Aunque luego se arrepiente, su tía no puede contener su curiosidad y hace una pregunta indiscreta.

Pero, querido, ¿es tanta la diferencia?                             —Demasiada, tía. Digamos ciento sesenta libras contra mis ciento siete.                 Se hundía en un mar proceloso. Hablar era lo único que la sostenía:                  —Y ¿cómo es, Cipriano?, ¿es hermosa? (Libro I. VIII)

La diferencia de peso entre los novios sin duda era notable (teniendo en cuenta que una libra equivale a 460 gr,  Teodomira pesaría unos 74 kg  y Cipriano Salcedo, su prometido, en torno a 49 kg).

Tras el solsticio de invierno, en febrero los días van siendo más largos y se recibe mayor radiación solar, por lo que en días poco nubosos las temperaturas a mediodía pueden alcanzar valores típicos de la primavera. Así ocurrió el día fijado para las capitulaciones matrimoniales.

El 17 de febrero, un día abierto y azul, de primavera anticipada, se cumplió el plazo. (Libro I. VIII)

Delibes continúa describiendo bellos atardeceres. En lugares con buena visibilidad, como en los páramos, en ocasiones se observa durante el crepúsculo una banda rojiza en la línea del horizonte, conocida como “cinturón de Venus”.  Se trata de un  fenómeno óptico causado por la dispersión selectiva de la luz solar al atravesar la atmósfera.

Foto: Rubén del Campo. https://twitter.com/Rub_dc/status/1495835115234246663

La línea del Páramo se incendiaba a poniente y, a contraluz, se agigantaban las encinas del trayecto. (Libro I. VIII)

De nuevo aparece una referencia al caluroso verano tras la celebración de la boda de Salcedo. La luna de miel en nuestros días es sinónimo del viaje de novios, pero desconocemos si también era una práctica habitual en el siglo XVI.

En aquellos bochornosos días del primer verano de casados, Cipriano hizo otro sorprendente descubrimiento: Teo no sudaba. Pasaba calor, se sofocaba, se cansaba, pero sus poros no se abrían. ….Ni el caluroso viaje de novios, en las recalentadas pensiones, ni en sus paseos por las viejas ciudades Teo sudaba, en tanto la reducida anatomía de Cipriano, con escasas grasas que quemar, se derretía como la manteca bajo las altas temperaturas. (Libro I. IX)

Poco antes  del crepúsculo, se producen fenómenos ópticos de gran belleza, que cambian la coloración y el tamaño aparente del sol.

El sol se ensanchaba y enrojecía al desplomarse tras las colinas grises de poniente. Pedro Cazalla se detuvo y dijo:   -¿Ha reparado vuesa merced en los crepúsculos de Castilla?                      – Los saboreo con frecuencia-dijo Salcedo. Las puestas de sol en la meseta resultan a veces sobrecogedoras. (Libro I. IX)

Eclipse solar desde Madrid. Rubén del Campo.

En la meseta castellana, es frecuente que la temperatura baje de forma brusca durante el  atardecer. Delibes, aficionado a la caza y a la observación de aves, menciona a las cigüeñas con sus polluelos (teniendo en cuenta los duros inviernos de aquella época, probablemente migrarían en el otoño, a diferencia de las actuales, que debido al cambio climático tienden al sedentarismo). También recupera un bello término en desuso, sinónimo de crepúsculo: lubricán.

Habían dado la vuelta y la tarde empezaba a refrescar. A lo lejos se divisaban las casitas de barro señoreadas por la iglesia. Las cigüeñas habían sacado pollos y se erguían en la espadaña como dibujos esquemáticos. Pedro Cazalla miró de nuevo al sol declinante. Los entreluces del lubricán le fascinaban. Sonó en el aire quedo el tañido de una campana. (Libro I. IX)

Durante los viajes de Cipriano Salcedo se describen el estado del cielo y variables meteorológicas como el viento o la temperatura.

A la mañana siguiente el cielo estaba empañado por algunas nubes blancas y Relámpago tomó el camino de Villavieja por las cuestas, a galope tendido. Cipriano agradecía la velocidad, el fresco viento en el rostro, mientras pensaba en los hermanos Cazalla. (Libro I. IX)                               A la mañana siguiente marchó a Pedrosa. Era un día tranquilo, de nubes blancas y altas temperaturas. (Libro I. X)

El próspero negocio familiar de Salcedo, consistente en la venta de prendas de abrigo, incrementaba su actividad con la llegada del invierno.

Avanzaba el otoño y Valladolid se aprestaba a capear el duro invierno mesetario adquiriendo zamarros y ropillas aforradas. Era curioso observar, pasada la novedad, que las ropillas aforradas habían quedado como prendas invernales imprescindibles en Castilla. (Libro I. X)

Delibes de nuevo hace referencia al lubricán.

Con el lubricán el pueblecito se identificaba con la tierra y, de no ser por la tenue llamita de algún candil desperdigado, hubiera podido pasar inadvertido. (Libro I. X)

Cipriano Salcedo, activo luterano, acude clandestinamente a un conventículo durante la noche. Menciona un frío húmedo, precursor de la nevada.

La noche estaba fría pero calma. Notaba en los huesos un frío húmedo impropio de la meseta. (Libro I. XII)    

…Cipriano se embozó en el capuz. El recelo hacía más intenso el frío. (Libro I. XII)

Al salir del conventículo, comienza a nevar. Como describe Delibes, las superficies nevadas tienen un gran albedo (porcentaje de la radiación incidente que es reflejada), por lo que la luz, aunque sea artificial, se refleja con intensidad en todas las direcciones aumentando la luminosidad.

Fuente: AEMET

Está nevando (Libro I. XII) Fueron abandonando la casa de dos en dos y cuando, al final, solo ya, Cipriano Salcedo salió a la calle, advirtió en los copos que caían una cierta luminosidad. Se veía mejor que dos horas antes, el ambiente era más claro, y la nieve acumulada en el suelo avivaba esta impresión. (Libro I. XII)

Delibes de nuevo utiliza una metáfora para expresar la poca efectividad de los tranquilizantes que administra Cipriano Salcedo a su robusta esposa durante un ataque de locura. Sin embargo, la palabra ciclón (con la acepción de huracán o borrasca) difícilmente existiría en el vocabulario castellano del siglo XVI, ya que los conocimientos meteorológicos eran muy escasos y además el término ciclón fue propuesto por el marino inglés Henry Piddington en el siglo XVIII.

-Escasa defensa para contener un ciclón-dijo (Libro I. XIII)

La niebla es un  meteoro frecuente en el clima castellano. El DRAE define neblinoso como “Dicho del día o de la atmósfera: En que abunda y es baja la niebla.

Una tarde neblinosa, de crepúsculo prematuro, Cazalla le confesó que nunca habían pasado por el aislamiento que ahora sufrían, sin libros, apoyos, ni noticias de Alemania. (Libro I. XIII)

Fuente: Aemet

Entre los meteoros citados, no podía faltar uno de los más frecuentes, la  lluvia. El nimbostratus es la nube de lluvia por antonomasia, nube espesa y densa de aspecto plomizo.

Antes de almorzar, Salcedo partió para Pedrosa y Toro bajo un cielo plomizo, ligeramente lluvioso. (Libro I. XIII)

Fuente: AEMET

Según el DRAE “anubarrado” significa “nubloso, cubierto de nubes”. En personas emocionalmente sensibles,  el cielo cubierto amenazando lluvia provoca tristeza, pero en este caso Salcedo sentía algo mucho más terrible, el dolor por la pérdida de su esposa.

El cielo estaba anubarrado pero no llovía y, sin embargo, el grupo de braceros y pastores que esperaban al cadáver se guarecía en el porche de la iglesia, (Libro I. XIV)

El 25 de abril de 1558 Salcedo parte hacia Alemania, como en otras ocasiones, se describe el tiempo durante el viaje.  De nuevo, indirectamente, se hace referencia al refranero popular:

Cielo aborregado, antes de tres días mojado

Fotografía. Rubén del Campo

Era un día soleado, de suave temperatura y nubes blancas, aborregadas, y Cipriano pensó en Diego Bernal. (Libro I. XIV)

El refrán resultó acertado, y de qué manera, ya que al tercer día comenzó un temporal.

La lluvia les sorprendió el tercero y llegaron a Belorado con el agua escurriéndoles por las calzas. El temporal estaba asentado sobre Castilla y esperaron un día para reanudar la marcha. (Libro I. XIV)

En zonas de montaña, con relativa frecuencia se forma nubosidad de estancamiento u orográfica, provocada por el ascenso del aire húmedo sobre las laderas.

Cuando partieron aún no había amanecido y, conforme se hacía la luz, la línea oscura de la sierra, coronada de nubes, iba recortándose contra el horizonte. (Libro I. XIV)

Amanecer en el cerro Maria lionza, estado Yaracuy. De Luisovalles – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=33063824

Tras regresar de Alemania, en el mes de mayo de 1558  el Santo Oficio descubre el foco luterano en el que militaba Salcedo, por lo que huye hacia Francia precipitadamente. De nuevo aparecen referencias a la fenología, citando la migración de las becadas.

Franqueaban un sardón de quejigo con hoja de invierno, sin seguir un sendero visible, y, en lo más espeso del monte, volaron atolondradamente dos pájaros:                             –Becadas-dijo Echarren escuetamente.                              -En Castilla las becadas entran en noviembre-apuntó Cipriano recordando los tiempos de la Manga.        -Todavía andan de contrapasa-aclaró el guía.-En todo caso, éstas anidan aquí. (Libro I. XIV)

Ese día resultó ser caluroso, ya que Delibes menciona las “turbulencias del mediodía”. Técnicamente se conocen como “térmicas”, corrientes ascendentes del aire que reposa sobre la superficie en los momentos de mayor insolación,  debido a su mayor temperatura y por tanto menor densidad. En zonas de montaña ese aire menos denso asciende por las laderas conformando la brisa de ladera y de valle. Ambas corrientes verticales son aprovechadas por las aves para ganar altura planeando sin realizar esfuerzo.

Iniciadas las turbulencias del mediodía, una pareja de quebrantahuesos se sostenía en el aire sin aletear. (Libro I. XIV)

By Dake – Self-made illustration, CC BY 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1336974 y Meted UCAR.

Al elevarnos en la atmósfera la temperatura disminuye, algo que se aprecia al ascender una montaña,  pero avanzada la primavera, ese descenso térmico no es suficiente para impedir que comience a fundir la nieve acumulada durante el invierno.

En las alturas, a pesar de las horas de insolación y la fuerza del sol, el ambiente era más fresco. Trepaban ahora entre abetos, un mar de ellos, y arriba, en la cumbre de la montaña, se divisaban tolmos desnudos, pequeñas conchestas refulgentes, escorrentías procedentes del deshielo.

Durante el viaje también se describen los campos de cereal,  en pleno desarrollo, mecidos por el viento.

Se desvió del camino en Quintana del Puente. Al fondo, a la izquierda, en la falda de la colina, se iniciaba la moheda y, en los bajos, un mar de cereal, todavía fresco, cabeceaba suavemente con la brisa. (Libro III. XV)

Campos de primavera en Sierra Morena (Córdoba)
https://es.wikipedia.org/w/index.php?fulltext=1&profile=images&search=campo+de+cereal&title=Especial:Buscar&ns0=1&ns100=1&ns104=1#/media/Archivo:Spring_fields_in_Sierra_Morena_(Cordoba,_S_Spain).jpg

Por “tiempo quedo” entendemos viento en calma.

El tiempo estaba quedo. Buscó un abrigo a la solisombra de una carrasca, se tendió y en pocos minutos quedó dormido. (Libro III. XV)

En el próximo capítulo abordaremos la parte final de la novela, en la que continúan apareciendo referencias a la meteorología.

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