Artículo de Pedro Oria Iriarte, Delegado Territorial de AEMET en Navarra

Recientemente nos han recordado desde la Organización Meteorológica Mundial que la inmensa mayoría de los desastres naturales están relacionados con la escasez o el exceso de agua, por lo que la gestión de ese recurso y su monitoreo se configuran como una parte esencial para tomar decisiones y diseñar políticas basadas en un enfoque integrado y holístico que permita a su vez adoptar medidas preventivas en un contexto de emergencia climática cada vez más acelerada. No en vano, en la actualidad, 3 600 millones de personas carecen de un acceso adecuado al agua por lo menos durante un mes al año, y se espera que de aquí a 2050 esa cifra aumente hasta superar los 5 000 millones, según datos del Programa Agua de la Organización de Naciones Unidas.
Que el agua es vida y que nuestro planeta debería hacer referencia a este elemento son frases que todos hemos oído alguna vez. Sin embargo quizá no somos demasiado conscientes de la globalidad del fenómeno del cambio climático que opera en la Tierra a una velocidad inédita en cientos de miles, y seguramente hasta millones de años, así como de sus repercusiones sobre la regulación del equilibrio en los ciclos hídricos. Tampoco de los posibles fenómenos en cascada relacionados muchos de ellos con los impactos en el sector del agua en un mundo cuyas interconexiones y complejidad se extienden a cualquier rincón de la geografía terrestre. Como vamos a ver, es importante entender que esos impactos se distribuyen en una variedad de escalas, desde la planetaria hasta la local, de manera que lo que está ocurriendo en sitios lejanos como el Ártico o en el Amazonas tiene una enorme repercusión en las alteraciones de, entre otras variables, la precipitación y el ciclo hidrológico de otras partes del mundo.

Debemos mentalizarnos para ello. En España, así como en la mayor parte del planeta, la forma poco habitual de llover cada vez ganará más protagonismo. La ciencia ya lo ha demostrado en base a un principio termodinámico de primero de carrera de física: cada décima de calentamiento implica que el aire, en promedio, puede albergar más vapor de agua y dar lugar a manifestaciones atmosféricas más violentas, especialmente si ese vapor de agua lleva aparejado un cambio de fase, como ocurre con las tormentas que dejan una elevada cantidad de agua u otros meteoros en poco tiempo. Según investigaciones de los últimos años basadas en datos de observación, en desarrollos teóricos o en la modelización numérica del tiempo, y también del clima, parece además que el aumento de los extremos es mayor a escalas temporales pequeñas, de una o pocas horas.

Las precipitaciones de corta duración se incrementan con el calentamiento a un ritmo coherente con el aumento de la humedad atmosférica (~7%/°C) que también impulsa la intensificación de los extremos de precipitación en escalas superiores a un día. En la imagen, procesos físicos relacionados con la convección y su posible respuesta a un mayor calentamiento y humedad atmosféricos. Tomado de Anthropogenic intensification of short-duration rainfall extremes, Fowler et.al, Nature Reviews Earth & Environment (2021).
Las sequías y los extremos de calor, un coctel explosivo de elementos interconectados
Una mayor frecuencia de los patrones atmosféricos que remontan en forma de potentes anticiclones desde el norte del continente africano y las latitudes subtropicales atlánticas propicia temporadas secas de muchas semanas o meses de duración en toda Europa Occidental, la región de las latitudes templadas que exhibe un mayor aumento en la ocurrencia de eventos extremos de temperatura. Hace escasamente un mes un grupo que comprende a algunos de los mejores expertos en extremos del clima sostenía además que ese aumento es superior al que ofrecen las simulaciones y proyecciones basadas en la modelización climática (Heat extremes in Western Europe increasing faster than simulated due to atmospheric circulation trends | Nature Communications). Entonces no cae una gota, se multiplica la tasa de evaporación y se agudiza la sequedad del suelo y la intensidad de los periodos secos, porque hoy sabemos precisamente que el aumento de la evaporación retroalimenta la falta de lluvias.

En condiciones húmedas y cálidas (izquierda), la radiación neta (flechas negras) que emite el suelo es principalmente en forma de calor latente (LE). Este proceso disminuye la temperatura del suelo (TSoil) y aumenta la fracción nubosa (CF), lo que conduce a mayores precipitaciones (P), que pueden aumentar aún más la humedad del suelo (SM). En condiciones secas y cálidas (derecha), la radiación saliente se utiliza principalmente para elevar la temperatura del suelo (TSoil), ya que aumentan los flujos de calor sensible (H) y hacia el subsuelo (G), mientras que el calor latente (LE) se ve limitado por una menor humedad del suelo (SM). La liberación de calor sensible (H) a la atmósfera aumenta las temperaturas del aire a nivel local y/o en zonas más remotas (TAir), provocando déficits de presión de vapor (VPD). Un VPD elevado aumenta la demanda de LE, secando y calentando aún más el suelo. Los símbolos + (-) indican una relación directa (inversa), mientras que las flechas indican la dirección de la retroalimentación. Tomado de Soil heat extremes can outpace air temperature extremes, García-García et. al, Nature Climate Change (2023).
Otro ejemplo de lo anterior extrapolado al continente americano lo encontramos en un estudio realizado sobre la ola de calor de junio de 2021 en el suroeste de Canadá, considerada virtualmente imposible sin el rol decisivo del calentamiento global (Western North American extreme heat virtually impossible without human-caused climate change – World Weather Attribution)

El papel en la agricultura y en el ciclo del carbono
Por otro lado, gracias a un artículo publicado hace dos años (Soil moisture–atmosphere feedback dominates land carbon uptake variability | Nature) hemos sabido que, más allá de las propias olas de calor extremo, este fenómeno de retroalimentación entre la sequedad del suelo y la atmosférica requiere una mayor atención debido a su relación con la respuesta en el ciclo del carbono y su repercusión en el cambio climático a escala global. De hecho, sin ir más lejos, hace unas pocas semanas el secretario general de la OMM nos recordaba que en la sequía de primavera de 2022 y las temperaturas extremas registradas en Europa a lo largo de mayo y junio del pasado año los bosques europeos redujeron muy significativamente su captación de carbono atmosférico en cómputo anual. Como es de esperar, lo anterior repercute especialmente en los rendimientos de los cultivos agrarios como se ve en el siguiente esquema, que identifica tres tipos de interacciones que se producen en la combinación del comportamiento atmosférico y la respuesta en los cultivos.

A nivel peninsular estamos observando ya consecuencias negativas sobre la producción de los cultivos agrarios. Si el agua no llega en meses considerados críticos como puede ser el periodo entre noviembre y abril, tendremos una clara merma de las cosechas. Algunas zonas como el interior de Cataluña o determinadas cuencas y comarcas de Andalucía y Murcia están sufriendo también grandes sequías en los últimos años. Hay que insistir en que no es sólo aquí, todo esto ya está sucediendo en todo el planeta. Un ejemplo sonado es el de la selva amazónica que atraviesa su peor sequía en muchas décadas. Es una interconexión muy delicada ya que al tratarse de una masa forestal tan grande, y con una contribución regional tan significativa en el aporte de agua a la atmósfera, en la fijación del carbono y al tratarse además un refugio de biodiversidad sin parangón está por ver cómo la influencia de este desajuste se propaga por todo el sistema climático terrestre y, peor aún, si no nos estamos aproximando demasiado a uno de esos puntos de inflexión, que desestabilizaría otras componentes del clima planetario. En los años de influencia del fenómeno de El Niño resulta especialmente importante analizar las posibles alteraciones en el ciclo del carbono amazónico.

Cambios en las tasas de intercambio de carbono por sobre el suelo en 123 parcelas de bosque neotropical durante el fenómeno de El Niño de 2015-2016. En los mapas (a-c) las flechas representan la magnitud y la dirección del cambio medido y la ubicación aproximada de cada parcela. Las flechas naranjas indican efectos negativos sobre las reservas de biomasa (aumento de las pérdidas de carbono neto) y las flechas verdes indican efectos positivos sobre las reservas de biomasa (aumento de las ganancias). En el diagrama d) se muestra la dinámica del carbono de la biomasa antes y durante el fenómeno de El Niño de 2015-2016. Tomado de Sensitivity of South American tropical forests to an extreme climate anomaly, Benett et. al, Nature Climate Change (2023).
Las reservas de hielo, los elementos más sensibles de todo el sistema climático
Junto a la selva amazónica el otro gran punto crítico del clima lo encontramos en las altas latitudes de nuestro hemisferio. El Ártico se calienta entre dos y cuatro veces más rápido que el resto del planeta, según la estación del año. Pero no se habla tanto de que los territorios árticos se están volviendo mucho más verdes y húmedos. La entrada de una mayor cantidad de agua dulce en el ciclo hidrológico de esta parte del planeta guarda escondidos enormes impactos en forma de fenómenos extremos, poco perceptibles de manera directa si estamos a miles de kilómetros de distancia, pero que efectivamente están ya aconteciendo. Hablamos de deshielos primaverales mucho más súbitos al aumentar la cobertura nivosa sobre millones de kilómetros cuadrados y la actividad del periodo de fusión, de episodios de lluvia engelante capaces de diezmar poblaciones de miles y miles de mamíferos, de una mayor generación y acumulación de materia vegetal al aumentar las precipitaciones líquidas y subir las temperaturas (con un riesgo multiplicado de grandes incendios forestales) o de un mayor aporte de agua dulce a las corrientes marinas, con la influencia que esto puede acarrear en el intercambio de calor, nutrientes y salinidad, fundamentales en la maquinaria del clima global. Son las propias masas de aire de origen meridional las que llevan una mayor humedad a los confines árticos. Y con ello mucho más calor que se suma al que propicia el aumento de la temperatura y la pérdida de hielo de esta región tan sensible.

Ilustración de la división de la región ártica en el sector atlántico (cian), euroasiático (naranja), pacífico (azul oscuro) y canadiense (amarillo). Se remarcan dos ríos atmosféricos que llegan a la región ártica simulados por el modelo modular del Sistema Tierra EC-Earth2 y superpuestos sobre el campo de humedad en el nivel atmosférico de 850 hPa. Los ríos de los sectores euroasiático y pacífico no pasan los 70°N pero los del sector atlántico y canadiense penetran en la región ártica. Tomado de Impact of Atmospheric Rivers on Future Poleward Moisture Transport and Arctic Climate in EC-Earth2, Kolbe et. al, Journal of Gephysical Research, (2023).
Otro hotspot de la afección en el ciclo hidrológico global se encuentra en las cuencas del sur del continente asiático. En el piedemonte de las mayores cordilleras del planeta, la fusión de la nieve, el hielo y los glaciares ha exacerbado peligros como las crecidas de los ríos y ha puesto en jaque la seguridad hídrica a largo plazo de muchos millones de personas. Y los fenómenos climáticos extremos de corta duración, como las inundaciones de 2022 en Pakistán, no solo provocan devastación, movilidad demográfica y problemas socioeconómicos, sino también grandes epidemias de enfermedades como la malaria, que van a más en determinantes partes del planeta, claramente asociables a la proliferación de grandes inundaciones. En el caso concreto de la franja que abarcaría la meseta tibetana, las montañas del Himalaya, el Karakorum, el Hindu Kush, el Pamir y los montes Tien Shan, el abastecimiento de agua proveniente de esas cordilleras es vital para casi 2 000 millones de personas. Gracias a la monitorización criosférica que ofrecen los satélites de alta resolución espacial, entre 2000 y 2018 el balance total de masa de los glaciares de esa parte del mundo disminuyó más de un 4 %. Se ha producido una notable reducción de la cubierta de nieve y un gran aumento del volumen de los lagos glaciares. Esto ha repercutido en la escorrentía fluvial en las cuencas de los ríos Indo, Amu Darya, Yangtsé y Amarillo, algunos de los más grandes de esta región del planeta. También encontramos casuísticas similares en algunas regiones andinas, como en zonas de glaciares y altiplanos bolivianos y peruanos. Están ya documentados y registrados procesos de desglaciación como consecuencia del incremento de la temperatura global en altura y de una disminución de las precipitaciones en entornos de montañas tropicales que están conduciendo a la desaparición parcial o total de algunos glaciares. Con ello el aporte y la descarga fluvial a los grandes lagos y ríos de la región quedan mucho más condicionados al régimen de precipitaciones, que también muestra signos de alteración desembocando en un mayor riesgo de estiajes más severos. Y aún más cerca de nosotros, en 2022, la cubierta de nieve en los Alpes, crucial para alimentar grandes ríos como el Rin, el Danubio, el Ródano y el Po, se mantuvo muy por debajo de la media. Los Alpes europeos fueron testigos de una pérdida de masa glaciar sin precedentes, algo que sabemos que se ha exacerbado en 2023 y que se acentuará aún más los próximos años. Sólo en Suiza, país que proporcionalmente a su superficie alberga el mayor volumen glaciar del continente, la pérdida en estos dos últimos veranos se estima en un 10% del total que existía hace un siglo medio, mientras que entre el año 2000 y 2021 se aproximó ya a un tercio adicional, de manera que en poco más de dos décadas de este siglo los glaciares alpinos han menguado más de un 40%. Los glaciares pirenaicos también han retrocedido en las últimas décadas, algunos más de un 50% en volumen, de manera que su supervivencia quizá se prolongue únicamente una o dos décadas más. Por otra parte, en línea con lo comentado anteriormente, constatamos ya que en Europa está aumentando la evaporación y disminuye la humedad del suelo y los caudales fluviales durante el verano a causa de olas de calor y sequías con una mayor duración, extensión geográfica e intensidad. Esto no solo provoca problemas en la agricultura, sino que también puede llegar a afectar a la parada de centrales eléctricas o grandes centros de datos por falta de agua de refrigeración, por lo que el impacto llega hasta el sector de la producción energética y tecnológico.

nature reviews earth & environment
Tendencias regionales en los extremos de precipitación
Pero aparte de los efectos sobre los hielos, el ciclo de carbono o la agricultura, en el caso de las lluvias torrenciales los impactos en un régimen hídrico más perturbado los vamos viendo cada vez con mayor frecuencia. Las precipitaciones muy intensas no solo llevan asociadas inundaciones de tipo fluvial o pluvial sino que sus efectos pueden ir potencialmente mucho más allá e incluir arrastre de sedimentos, erosión de los suelos, desprendimiento de terrenos en pendiente, taponamientos, embalsamientos, afección a las redes de abastecimiento y saneamiento o daños a infraestructuras.
A este respecto hemos descubierto que hoy en día, si atendemos de manera combinada a la intensidad y la frecuencia y si tomamos promedios, los grandes temporales de precipitación que afectan a las grandes cuencas hidrográficas de la península ibérica son hoy en día estadísticamente más probables que hace 50 años. En cuanto a las Depresiones Aisladas en Niveles Altos (DANA) hay mucha controversia al respecto. Hay estudios que apuntan a que en el conjunto del arco mediterráneo occidental es la ocurrencia sinérgica de anomalías oceánicas y atmosféricas la que crea el ambiente favorable para un episodio o conjunto de episodios de precipitaciones extremas más que una mayor frecuencia de DANAs (What causes a heavy precipitation period to become extreme? The exceptional October of 2018 in the Western Mediterranean – ScienceDirect), si bien seguramente el papel de un marcado aumento de la temperatura superficial y la evaporación del mar mediterráneo está siendo determinante en este sentido. También hay, sin embargo, investigaciones que reflejan aumentos generales a nivel de latitudes medias en la ocurrencia de las depresiones aisladas en altura (A Midlatitude Climatology and Interannual Variability of 200- and 500-hPa Cut-Off Lows in: Journal of Climate Volume 33 Issue 6 (2020) (ametsoc.org))

Histogramas de precipitación por encima del percentil 99,5 para la precipitación sobre el conjunto de estaciones pluviométricas ubicadas en las provincias mediterráneas españolas. Derecha: evolución temporal de la precipitación de eventos que superan el percentil 98 junto a una recta de regresión lineal ajustada a los datos. Tomado de ¿Se están volviendo más frecuentes o intensos los grandes temporales de precipitación en la Península Ibérica? | Aemetblog
Finalmente, hay otro tema crucial relacionado con las configuraciones atmosféricas ligadas al transporte masivo de humedad atmosférica entre distintas partes del planeta, que se conocen comúnmente como ríos atmosféricos. Esta transferencia a gran escala suele producirse entre zonas tropicales y subtropicales hasta latitudes medias y abrazan a los grandes centros de altas presiones siguiendo el movimiento de la circulación general. Ya se ha reseñado un pequeño avance sobre los cambios observados en el Ártico en referencia a la llegada de ríos atmosféricos desde latitudes más meridionales. La advección húmeda y cálida asociada es una entrada de calor y agua a una región muy sensible a este tipo de perturbaciones, motivo fundamental por el que, en el caso de la región ártica entre Groenlandia y el norte del continente europeo, muchos hablan ya de una atlantificación.
En el caso de nuestra Península, la observación satelital apunta a que los ríos atmosféricos de procedencia subtropical, llevan una cantidad muy importante de vapor de agua y persisten más tiempo, aunque no hay un estudio de tendencias suficientemente robusto al respecto. En los últimos años la puerta abierta de borrascas atlánticas entrando desde el cantábrico oriental sumado a ese transporte reforzado han provocado unos cuantos episodios de inundaciones en esta región así como en el alto Ebro y el tramo medio de este río. Esto ha ocurrido en abril de 2018, en diciembre de 2019 y, también en 2021.
Como han demostrado recientemente dos investigadores de la Universidad de Vigo en un artículo publicado este mismo año (Where does the link between atmospheric moisture transport and extreme precipitation matter? – ScienceDirect) en las regiones extratropicales el transporte de vapor de agua afecta claramente a las precipitaciones extremas aunque esto no ocurre de manera uniforme. La componente dinámica de este transporte, que está ligada a los sistemas de circulación a gran escala, es el factor más relevante en la relación entre el transporte de vapor y la precipitación extrema en muchas regiones como por ejemplo las costas occidentales de los continentes americano y europeo.

Principales regiones donde se producen ríos atmosféricos, chorros en niveles bajos y ciclones tropicales. Las flechas naranjas indican la dirección de los ríos atmosféricos y los círculos naranjas muestran la frecuencia con la que esos ríos tocan tierra (días/año). Las ubicaciones de los chorros en niveles bajos se muestran como flechas azules, acompañados de sus nombres. El tamaño de la flecha es proporcional a la velocidad del viento en el núcleo del chorro. Las zonas verdes y las fechas indican las regiones y los periodos de ocurrencia de los ciclones tropicales (Fuente: International Best Track Archive for Climate Stewardship, NOAA (Knapp et al., 2010)). Tomado de Where does the link between atmospheric moisture transport and extreme precipitation matter?, Gimeno-Sotelo y Gimeno, Weather and Climate Extremes (2023).
“Paradojas” a escala local, el caso paradigmático de Navarra
Navarra es una región especialmente variable en cuanto al comportamiento de la precipitación estando situada entre dos unidades de relieve totalmente diferenciadas como son la depresión del Ebro y el Pirineo occidental. En un espacio de algo más de cien kilómetros vivimos entre dos mundos climáticos, de paisaje y vegetación como son las regiones cantábrica y mediterránea, influenciadas por su cercanía a los mares del mismo nombre. Un dato refleja muy bien este espacio de diversidad pluviométrica: La precipitación acumulada anual en el norte de Navarra, siendo una de las zonas más lluviosas de toda la Península, es diez veces mayor a la del extremo sur, donde se hallan zonas de clima semiestepario, como las Bardenas Reales. En este sentido es perfectamente factible encontrar comportamientos diferenciados, incluso dentro de una misma temporada. Las tendencias globales son claras, y no podemos escapar de ellas, pero la configuración regional, y mucho más en una zona de variabilidad climática tan acentuada como la nuestra, modula las posibles respuestas del clima en el ámbito de los recursos hidrológicos. Sin embargo, los datos demuestran que esas alteraciones van extremándose. 2019 fue un año que iba camino de convertirse en el más seco del registro hasta finales de octubre. Sin embargo, el mes de noviembre resulto ser el más húmedo a nivel histórico de todos los meses del año, teniendo en cuenta el conjunto de las estaciones navarras. En algunas estaciones llovió 29 días de 30 superándose los 500 mm en bastantes de ellas. Esta irregularidad es especialmente importante en el norte de nuestra comunidad, acostumbrados a un régimen de precipitaciones relativamente bien distribuido a lo largo de las estaciones de otoño, invierno y primavera. A ese 2019 siguió 2021, con un comportamiento similar. Y 2022 finalizó como el más seco con mucha diferencia.
Otro ejemplo muy claro de marcadas alteraciones lo constituye este mismo año, que ha tenido un régimen de precipitaciones especialmente inhomogéneo en el conjunto de nuestra península. En el caso de la Comunidad Foral de Navarra se habló mucho de sequía en la primera parte de la primavera pero también hemos sabido que, según datos oficiales, los siniestros y daños asegurados que han sido causados por la precipitación torrencial y el granizo en esta comunidad nunca fueron tan altos. Contamos al menos veinte días de precipitaciones de muy alta intensidad a lo largo y ancho de Navarra, fundamentalmente entre el 15 de mayo y 20 de junio y en los primeros días de septiembre. Esto ha provocado que la contribución de la precipitación de carácter fuerte, muy fuerte o torrencial (superior a 15 mm/hora), con capacidad de producir impactos en superficie, sume a la acumulación anual más del doble que otros años.

Contribución de chubascos de intensidad superior al umbral fuerte (15 mm/hora) a la acumulación de precipitación entre enero y septiembre sobre un conjunto de 20 estaciones automáticas pertenecientes al Gobierno de Navarra y distribuidas de manera homogénea por la vertiente mediterránea de la Comunidad Foral.
Se desprende de conversaciones con usuarios y gestores del sector agrícola a lo largo de este último año y medio: Hace un año se solicitaban ayudas y exenciones debido a que faltaba agua en los suelos y en los embalses y se iba a producir una merma muy importante en el rendimiento de determinados cultivos. Recientemente el problema lo encuentran en suelos demasiado saturados ante un trimestre septiembre-octubre-noviembre extremadamente lluvioso en algunas comarcas. Esto provoca una enorme incertidumbre en la fecha y tipo de siembra de cultivos y nuevamente hay que recurrir a la solicitud ayudas. No lo olvidemos, todo esto nos hace mucho más vulnerables a un sector esencial, como es la producción agraria.
Por otro lado, a largo plazo el régimen de lluvias se mediterraneiza en la Comunidad Foral y otras comunidades de la mitad norte de la Península. En los últimos años asistimos a la consolidación de una tendencia a largo plazo en la que el dominio otoñal de las lluvias roba protagonismo a las del periodo de invierno. Diciembre era el mes climatológicamente más lluvioso en el extremo norte entre los 50 y los 80 pero octubre y noviembre ya han ocupado su lugar.

Representación de los meses climatológicamente más húmedos en Navarra en dos periodos de 30 años haciendo uso de datos de varias estaciones y de técnicas geoestadísticas de reconstrucción y homogeneización de datos cllimáticos.
Mediterraneización si, ¿pero también tropicalización?
En cierto modo y según la época del año, puede que ese régimen de lluvias hasta se esté tropicalizando. Tanto es así que a nivel peninsular, en las últimas borrascas que nos están entrando desde el Atlántico, empezamos a ver determinadosos indicios de características ligadas a ciclones tropicales. Está por ver qué papel está jugando la temperatura superficial del agua de nuestros mares y océanos circundantes que, por cierto, se ha disparado como nunca a lo largo de 2023.


Tendencia decadal en la temperatura superficial de los mares y océanos en el periodo 1993-2022 (arriba) y evolución de la anomalía de temperatura superficial en 2023 respecto a los años precedentes para el sector del Atlántico nororiental (Fuente: ESA CCI/C3S SST Climate Data Record v3.0. Credit: C3S Copernicus/ECMWF/UK Met Office).
Así, por ejemplo la borrasca Bernard, que impactó contra el sur de la península ibérica hace sólo unas semanas, sobrevoló aguas entre 3 y 4°C más cálidas de lo normal en su movimiento desde el archipiélago de Madeira hasta las costas de la provincia de Huelva. Esta anomalía propicia una mayor transferencia de calor latente en el proceso de formación del núcleo de una borrasca, lo que podría reforzar la tesis de una rápida intensificación.
Perspectivas
Desde la Organización Meteorológica Mundial se insiste en que se deben poner en marcha enormes inversiones científicas en la evaluación y seguimiento de los recursos hídricos en todas las escalas y niveles. Esto ataña a las observaciones obtenidas in situ, a los datos de teledetección satelitales y a las simulaciones de los modelos que aportan información transcendental sobre variables hidrológicas importantes, como las aguas subterráneas, la evaporación, el flujo fluvial, el almacenamiento terrestre de agua, la humedad del suelo, el agua congelada, los flujos de entrada a los embalses y, por supuesto, los desastres de naturaleza hidrológica.
A parte de la mencionada evaluación y las necesarias mejoras en la monitorización, debe potenciarse el intercambio de los correspondientes datos y la colaboración transfronteriza, y la consecución de estas mejoras pasa irremediablemente por un aumento de la inversión y cooperación entre estados y regiones limítrofes. Es necesario situar lo anterior como una prioridad absoluta en las agendas políticas de modo que el objetivo se centre en ayudar a la sociedad a hacer frente a los crecientes episodios extremos de exceso o escasez de agua.
Las conclusiones finales son claras. Ante un ciclo hidrológico cada vez más desequilibrado como consecuencia del cambio climático y de las actividades humanas y con la certeza de que, hagamos lo que hagamos, los desajustes irán a más en el futuro es crítico prepararse, mejorar las alertas tempranas y adaptarse, muy especialmente en los sectores del abastecimiento de agua potable, la defensa de infraestructuras costeras o junto a los cauces de los ríos, la agricultura, y la preservación de los ecosistemas. Al respecto de estos dos últimos ámbitos se subraya el impacto sobre las tasas de evapotranspiración de los cultivos y las masas forestales. Es especialmente llamativo el aumento en la probabilidad de ocurrencia de episodios de altas temperaturas (Desviaciones estándar y eventos anómalos de temperatura, ¿por qué el episodio de octubre de 2023 va a batir todos los récords?Aemetblog). No hablamos solo de olas de calor estivales sino también en otras épocas del año como los meses de primavera y otoño. Además este año, seguramente por primera vez de forma generalizada en las latitudes medias de ambos hemisferios, empiezan a verse temperaturas propias de verano en la estación de invierno. Es precisamente este desajuste sumado a la escasez de la lluvia el verdadero cóctel explosivo que hará que, entre otras cosas pero de manera especialmente marcada en la península ibérica, proliferen los grandes incendios forestales en nuestra región, para lo que precisamente se deben sentar medidas claras de adaptación a la mayor urgencia.
Las cadenas causales y las complejas interrelaciones de la maquinaria climática global y de dos de sus motores principales como son el ciclo hidrológico y el de carbono en un contexto de cambios acelerados (especialmente en los contenidos de calor en el conjunto de sistema) implican que necesariamente se van a producir alteraciones en patrones atmosféricos, reservas de hielo, la intensidad de las lluvias así como periodos de sequía con impactos claros en ecosistemas, agricultura y protección de vidas humanas. Algunas de esas alteraciones van haciéndose visibles poco a poco. La adaptación a vivir dentro de esta nueva realidad climática y ante escenarios que se irán agravando es sin duda uno de los aspectos más cruciales al que se enfrenta la humanidad en las próximas décadas.