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LA METEOROLOGÍA EN EL HEREJE DE DELIBES (II)

Por Manuel Antonio Mora García, Delegado Territorial de AEMET en Castilla y León.

Auto de fe de Agustín Cazalla según un dibujo de Ventura Pérez en el manuscrito de su «Historia de la muy noble y muy leal ciudad de Valladolid» conservado en la Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/19325 V.1 https://es.wikipedia.org/wiki/Agust%C3%ADn_de_Cazalla#/media/Archivo:Historia_de_la_muy_noble_y_muy_leal_ciudad_de_Valladolid_con_los_autores_m%C3%A1s_clasicos_que_de_ella_han_hecho_menci%C3%B3n_hasta_el_a%C3%B1o_de_1760_y_en_adelante_120.jpg

En  el capítulo  anterior hemos analizado las referencias a la meteorología en la obra “El Hereje de Miguel Delibes”. Continuamos con este análisis siguiendo el orden cronológico, abordando la parte final de la novela, el auto de fe.

Una vez apresado en su huida por el Santo Oficio, Salcedo junto al resto de sus compañeros detenidos emprende viaje a pie hacia Valladolid, en sucesivas jornadas calurosas.

El sol apretaba de firme y, a mediodía, los emisarios les esperaban en algún sombrajo próximo al camino, generalmente en el soto de los ríos, en cuyas aguas, los miembros de la escolta se bañaban desnudos, turnándose en la vigilancia de los presos, mientras éstos sumergían sus pies en la corriente con gran alivio del dominico. Luego almorzaban, los reos con las manos atadas, en grupo aparte, a la vista de los guardianes, y terminaba la comida, sesteaban, mientras el fuego del sol arrasaba los campos y los cuatro detenidos podían cambiar impresiones o leer papeles comprometidos.  A las dos, cuando mayor era el bochorno, reanudaban la marcha en la misma disposición: los cuatro alguaciles a caballo, abriendo marcha, los presos, flanqueados por familiares detrás y, en retaguardia, los doce arcabuceros armados. (Libro III. XV)

La comitiva de reos con destino a Valladolid nos recuerda la cadena de galeotes que se describe en el capítulo XXII del Quijote. Cervantes señala que portan escopetas con mecanismo de rueda, a diferencia de los guardianes de Salcedo, ataviados con arcabuces.

Venían ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a caballo, con escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas. (El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Capítulo XXII)

El luterano Pedro Cazalla, invita a su amigo Salcedo a cazar perdices con reclamo. Le muestra una novedosa escopeta adaptada para la caza, con mecanismo detonante de serpertín, menos evolucionado y anterior al mecanismo de rueda, que no necesitaba mecha y que refiere Cervantes en El Quijote, obra escrita ya al iniciarse el siglo XVII.

Delibes, “El cazador que escribe” como él mismo se definía, no podía omitir en esta novela su devoción por la caza de la perdiz, para lo cual tuvo que documentarse en el arte venatorio de la época y así evitar anacronismos.

Don Quijote interroga a los guardas sobre los galeotes 1902, London. A series of thirty etchings by William Strang illustrating subjects fron «Don Quixote» (Macmillan and Co.)
https://www.cervantesvirtual.com/portales/quijote_banco_imagenes_qbi/ficha_imagen/?id=10453#images

Las largas jornadas de marcha bajo el sol deberían resultar agotadoras para los reos.

Sobre las siete concluían la etapa diaria, cenaban en el pueblo escogido por los emisarios y pernoctaban en casas de la Inquisición o en los pajares de las afueras, olvidando por unas horas los ardores del sol y el escozor de sus pies lastimados. (Libro III. XV)

Durante la marcha uno de los detenidos, Juan Sánchez, describe que en su fallida huida consiguió llegar hasta Castro Urdiales (Cantabria) y desde allí embarcó hacia Flandes. Durante la travesía fue sorprendido por un fuerte temporal. Haremos referencia a este episodio al final del artículo, en particular a la duración de la travesía marítima, que fue de tan sólo 38 horas.

Ya en la costa entró en contacto con un holandés, mercader de una zabra, que le llevó a Flandes por diez ducados. Cuando los sabuesos de la Inquisición llegaron al puerto, Juan Sánchez llevaba treinta y ocho horas navegando en alta mar. En el barco escribió a una devota suya, doña Catalina de Ortega, luterana también y a cuyo servicio había estado, contándole su peripecia, y a Beatriz Cazalla, de la que siempre estuvo enamorado, y a la que daba cuenta de la furiosa tempestad que estuvo a punto de hacer zozobrar a la zabra pero que él soportó todo encomendándose a Nuestro Señor, “porque estaba aparejado a vivir y morir como cristiano”. (Libro III. XV)

Navíos en una tormenta. Wou, Clae Claesz. Segundo tercio del siglo XVII. Óleo sobre tabla, 37 x 56 cm- Museo del Prado
https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/navios-en-una-tormenta/25c89317-c7de-4c48-8e3c-31ea16032e25

Unos años antes, en 1517, Carlos V hizo una ruta similar, pero a la inversa, invirtiendo 12 días en la travesía y sufriendo un gran temporal, además de varios contratiempos. En las siguientes entradas del blog de AEMET se describe aquel viaje desde el punto de vista de la meteorología.

Miguel Delibes presta gran atención en sus obras a las tormentas y nublados, ofreciendo un bello y minucioso relato de las mismas, como en “Las Ratas”, “Viejas historias de Castilla la Vieja” o “Mis amigas las truchas”. En su última novela no debería faltar una referencia a la tormenta. Previamente cita la brisa, un viento que quizás contribuye a las convergencias necesarias previas a la formación de las tormentas. El DRAE recoge el término exhalación como sinónimo de rayo, tal vez con la consideración de arcaísmo.

Cipriano, empero, cada vez que dejaba atrás un pueblo se reconciliaba con la situación, recreaba sus ojos en los extensos campos de trigo mecidos por la brisa, reconocía el camino recorrido en su fuga con Pispás, los pequeños accidentes del paisaje, la jugosa braña donde el primer día dio de beber al caballo. Era ya terreno familiar el que pisaba y, a la altura de Magaz, cuando se desató el furioso nublado de agua y granizo, apersogó a los caballos e hizo tender a todos en el barro para conjurar el riesgo de las exhalaciones. (Libro III. XV)

Fuente: Aemet

Salcedo fue encarcelado al llegar a Valladolid, permaneciendo recluso durante casi un año en un frío y húmedo calabozo hasta el momento de ser ajusticiado.

Aparte sus charlas con fray Domingo, Cipriano Salcedo, muy abrigado pese a lo caluroso del verano, permanecía solo, aislado en la penumbra, inquieto por su situación. (Libro III. XVI)

El otoño vino muy frío y Cipriano, dada vez más debilitado, pasaba los días tendido en el catre, cubierto con la manta cuartelera. (Libro III. XVI)

A primeros de noviembre recibió de su parte un zamarro forrado de piel de jineta y una capa segoviana.  (Libro III. XVI)

La obra que inspiró la novela de Delibes fue “Historia de los heterodoxos españoles”, de Marcelino Menéndez Pelayo, donde se describe el proceso inquisitorial seguido contra los miembros del foco luterano de Valladolid,  que terminó con el auto de fe celebrado en la plaza Mayor de Valladolid el 21 de mayo de 1559. El desenlace final y muchos personajes de “El Hereje” son tomados del relato histórico de Menéndez Pelayo, que cita documentos del proceso inquisitorial.

El protagonista, Cipriano Salcedo, personaje de ficción, fue quemado en la hoguera junto varios compañeros en un caluroso día de mayo. Según las fuentes documentales, “el calor era grande” y la afluencia de público tremenda, en un mes de mayo con temperaturas agradables. Así lo corrobora el relato histórico: “Castilla entera se despobló para acudir a la famosa solemnidad: no sólo posadas y mesones, sino las aldeas comarcanas y las huertas y granjas se llenaron de gente, y como eran días del florido mayo, muchos durmieron al raso por aquellos campos de pan llevar.”

Aunque sea aventurado, hacemos referencia al popular refrán: «Marzo ventoso y abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso” para inferir que la primavera de aquel año podría haber sido similar a la primavera climatológica de nuestros días. Aun así, aquellos días de mayo, según el relato oficial, debieron  ser excepcionalmente cálidos.

Cipriano, con los ojos cerrados, un intenso latido en el párpado superior, encomendaba su alma y pedía luz a Nuestro Señor para distinguir el error de la verdad, mientras escuchaba distraído de labios de Dato las últimas nuevas: se anunciaba un día sofocante, más propio de agosto que de mayo, y muchos vecinos, que no habían encontrado localidad en las gradas, preparaban su emplazamiento en los tejados bajo toldos de anjeo, preservados por barandillas de madera.  (Libro III. XVI)

En el zaguán Dato le encomendó a dos familiares de la Inquisición que vestían sayo de paño bajo la capa, pese al día caluroso que se avecinaba. (Libro III. XVI)

Seguidamente, con un sol cada vez más vivo desplomándose sobre la plaza, el obispo de Palencia procedió a degradar a los clérigos condenados….(Libro III. XVI)

El bochorno era tan húmedo, tan agobiante el vaho que despedía la plaza, que hombres y mujeres acalorados, con las axilas húmedas se despojaban de sus ropas de fiesta, se quedaban en jubón o en camisa incapaces de soportar el sol de la tarde. Cipriano, mecido por el vaivén del borrico, no sentía el calor. (Libro III. XVI)

Auto de Fe en la plaza Mayor de Madrid. RIZI, FRANCISCO.1683. Museo del Prado.
https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/auto-de-fe-en-la-plaza-mayor-de-madrid/8d92af03-3183-473a-9997-d9cbf2557462

El calor de aquel 21 de mayo de 1559 en Valladolid contrasta con la jornada aparentemente fresca durante el auto de fe presidido por el rey Carlos II en Madrid el 30 de junio de 1680.  Observando la indumentaria de la obra de Rizi, fechada tan sólo tres años después del evento, se intuye que fue un día fresco e incluso frío, pese a estar finalizando el mes de junio, pero en este caso, nos encontramos en el momento álgido de la Pequeña Edad de Hielo.

Aunque se conservan dos grabados alusivos al auto de fe de Valladolid, éstos fueron realizados en los siglos XVIII y XIX, y por tanto poco podemos deducir de la indumentaria.

Fuente: National Galleries Scotland. https://www.nationalgalleries.org/art-and-artists/152138/auto-da-fe-valladolid-may-21-1558-spanish-inquisition
Hulk, Abraham Jacobsz, fl. 1776-1817. Grabado de 1820. Fuente: Biblioteca Digital de Castilla y León. https://bibliotecadigital.jcyl.es/es/consulta/registro.do?id=10693

El clima de Valladolid en el siglo XVI

Como hemos visto Delibes describe el clima de Valladolid durante el segundo tercio del siglo XVI, algo difícil de saber ya que no existían registros meteorológicos (aún no se habían inventado el termómetro, el barómetro o el anemómetro). A través de la paleoclimatología, basada en el análisis de datos proxy (sedimentos lacustres, muestras de hielo, crecimiento de los anillos de los árboles, etc.), y mediante la climatología histórica, basada en fuentes documentales, sabemos que el siglo XVI se encuentra dentro de la Pequeña Edad de Hielo, caracterizada por un clima en el hemisferio norte con  temperatura muy inferior al clima actual. Sin embargo, bajando a escalas temporales y espaciales más reducidas (años concretos) y comarcas o regiones, existe mucha variabilidad y es muy complicado estimar el clima pasado.

Reconstrucciones climáticas según diferentes modelos de anomalías térmicas en el Hemisferio Norte. Fuente IPCC. https://www.ipcc.ch/site/assets/uploads/2018/02/ar4-wg1-chapter6-1.pdf

En el caso de España, el meteorólogo Alberto Linés en su artículo “La meteorología en tiempos de Felipe II”, describe el bienio 1535-36 como muy frío (se heló el Tajo) y seco, pero también nos muestra evidencias de veranos cálidos, en concreto en el año 1542, que tuvo un “verano calurosísimo”. También hace mención al carácter pulsante de las sequías. Lutterbacher (2001) indica que los veranos del periodo 1530-1570 tuvieron en Europa un carácter en general más cálido que durante el periodo 1901-1995. El jesuita y misionero José Acosta (Medina del Campo 1539, Valladolid 1600), pionero de la Geofísica,  en su obra  “Historia natural y moral de las Indias” (1590) lanza la siguiente pregunta: ¿por qué en el Perú las noches de verano no son calientes ni congojosas como en España?

El meteorólogo Inocencio Font Tullot, en un trabajo más amplio también referido a España, señala los inviernos comprendidos entre 1503 y 1511 como muy severos, helándose el Ebro en 1503, y el Tormes y nuevamente el Ebro en 1506. También fue muy frío el periodo entre 1529 y 1539, helándose los ríos entre 1535 y 1536. Refiriéndose a los ríos de la Meseta, señala  que en 1529 se helaron y los carros podían cruzarlos. Según este autor, el 25 de abril de 1531 tuvo lugar una fuerte nevada en la Meseta norte y otra más tardía el 7 de junio.

Cazadores en la nieve. Pieter Brueghel el Viejo. 1565. Kunsthistorischen Museums Wien
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Pieter_Bruegel_the_Elder_-_Hunters_in_the_Snow_(Winter)_-_Google_Art_Project.jpg

En los siguientes artículos se muestra cómo los pintores de la época reflejaron en sus obras este periodo climático conocido como Pequeña Edad de Hielo.

Sin embargo, Font señala el periodo comprendido entre 1512 y 1528 y entre 1540 y 1549 como de “recuperación térmica “, sin notables olas de frío. Refiriéndonos a la Meseta y la Cuenca del Duero, destaca el ardiente verano de 1518 en la Meseta. Tras este último periodo relativamente cálido, menciona el riguroso invierno de 1559-1660 en la Meseta que da comienzo a un periodo frío. Respecto a las precipitaciones, el periodo 1530-1550 fue prolijo en sequías, destacando la de 1528 en la Meseta. Respecto a las precipitaciones, en el invierno de 1527 las intensas lluvias y el deshielo desbordaron los ríos de la cuenca del Duero, especialmente el Arlanzón, convertido en una “gran laguna”,  que causó números fallecidos. Font Tullot señala que de octubre de 1555 hasta abril de 1556 las lluvias fueron casi continuas en la vertiente atlántica, y las lluvias arruinaron las cosechas en Castilla en 1557. En la Meseta fueron excepcionales las tormentas estivales de 1535. En cuanto a las riadas en la cuenca del Duero, además de la referida del Arlanzón en enero y febrero de 1527, destacan la del Tormes en 1529, las riadas de 1555, y otras acaecidas en 1545,  diciembre de 1553, enero de 1554, 1556 y junio de 1558. 

En resumen, el clima en la Meseta durante los años en que transcurre el relato de El Hereje (1517-1559), muy probablemente tuvo un carácter extremo y oscilante, con alternancia de periodos cálidos y fríos, a los que indudablemente habría que añadir la variabilidad interanual (no todos los años de un periodo cálido o frío han de ser cálidos o fríos respectivamente) e intraanual (no todas las estaciones de un año han de tener el mismo carácter frío o cálido). En cuanto a las precipitaciones también es probable que el carácter fuera pulsante, alternando años lluviosos, que podrían dar lugar a inundaciones, años secos que podrían originar sequías y años normales.

 Curiosamente Miguel de Cervantes, nacido en 1547, residió en Valladolid entre 1604 y 1606 y fue testigo del clima de la época. Aunque en el Quijote no abundan las referencias al tiempo, describe un clima con veranos cálidos, como podemos ver en la siguiente entrada del blog de AEMET:

Así pues, con buen criterio, Miguel Delibes no entra en muchos detalles, y en sus referencias, esporádicas, describe un clima con veranos calurosos e inviernos fríos, con algunas semejanzas respecto al clima actual (según la clasificación de Köppen el clima actual que predomina en el centro de la Meseta es templado con verano seco y templado), aunque probablemente en aquella época el clima sería mucho más frío en invierno y no tan cálido en verano. Como hemos visto Delibes hace referencia a años agrícolas normales, otros secos que dan lugar a sequías, episodios cálidos en verano y episodios fríos en invierno, crecidas del Pisuerga, sequías, nublados, etc.

¿Desde qué puerto inició Salcedo su viaje de vuelta a España?

Los allegados a Miguel Delibes que inspiraron y siguieron el desarrollo de esta obra,  entre ellos su hijo Germán, reconocen el descomunal esfuerzo de documentación que tuvo realizar su autor durante casi tres años. Ambientada entre 1519 y 1559, combina hechos reales y ficticios, pero cuidando todos los detalles. El catálogo de la exposición describe de forma prolija las fuentes consultadas, pero a nuestro juicio, también se documentó sobre aspectos meteorológicos, o al menos no se aprecian anacronismos importantes.

Comenta su hijo Germán en el catálogo de la exposición que tuvo algún pequeño desliz, como mencionar el uso del anteojo (parece ser que fue inventado en fecha posterior, a principios del siglo XVII),  pero desde el punto de vista meteorológico, pese a la dificultad que supone conocer el clima pasado, la descripción del tiempo atmosférico es totalmente congruente.

No podemos decir lo mismo en cuanto a la travesía marítima con la que comienza la novela, en concreto el viaje de vuelta de su protagonista tras la estancia en Alemania. Aunque Delibes no especifica el puerto de partida, sólo el de llegada (Laredo), a través del relato sabemos que duró menos de 72 horas. El protagonista había viajado por Alemania, por lo que parecería que lo más probable es que partiera de algún puerto atlántico de ese país, como Hamburgo, que además coincide con el nombre de la galeaza (“Hamburg”), pero esto no pudo ser posible, como veremos a continuación.

La galeaza mediterránea es un tipo de embarcación del siglo XVI, derivada de la galera y de mayores dimensiones que ésta, con propulsión a vela y a remo, larga y estrecha y destinada a  uso militar. Fuertemente armada, era una auténtica fortaleza flotante, con poca maniobrabilidad, por lo que durante las batallas, como en Lepanto (1571), debía ser remolcada por galeras. Sin embargo, en los astilleros del Cantábrico se construía otro tipo de galeaza, mucho más ligera y que fue utilizada para patrullar las costas y ocasionalmente realizar servicios de escolta. Las dos galeazas cantábricas del gran almirante Álvaro de Bazán, construidas en los astilleros de Portugalete (Vizcaya), adquirieron gran fama entre la armada de Felipe II y fueron reclamadas para escoltar al rey en su viaje a Inglaterra con motivo de su matrimonio con María Tudor en 1554. Parece ser que también, por su gran capacidad de carga y excelentes prestaciones fueron adaptadas para uso mercante.

Delibes describe una embarcación de una eslora excepcional para esa época (75 varas, que suponen más de 60 m), muy superior a la galeaza cantábrica (unos 40 m con una relación manga/eslora de 4 a 1). De acuerdo a esa eslora y su gran velamen, el “Hamburg” quizás podría superar la velocidad de las naves convencionales de la época, unos 6-8 nudos en condiciones favorables.

Marine. Sbonski de Passebon (Henri ), Galeasse a la rame, Laurent Bremond, circa 1693 https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Sbonski_de_Passabon-Galeasse_a_la_voile.jpg?uselang=ca

Volviendo al relato, el “Hamburg” partió al amanecer y cuando Salcedo embarca recibe una nota del capitán, en la que se lee:

«Bienvenido a bordo. Le espero a almorzar en mi camareta a la una del mediodía. El capitán Berger» (Preludio)

Puede resultar sorprendente esa referencia tan precisa a la hora del almuerzo. En la navegación de altura de aquella época resultaba fundamental conocer la hora solar para calcular la longitud geográfica, así como para cronometrar el tiempo y determinar la velocidad de desplazamiento. En el siglo XVI el tiempo se cronometraba en las embarcaciones con relojes de arena (ampolletas), y para conocer la hora solar se usaba el astrolabio y el cuadrante marino,  calculando por trigonometría  la altura del sol y la luna. Aunque existían relojes solares con brújula portátiles, no resultarían de uso sencillo. Pero, ¿cómo podría saber la hora Salcedo a bordo del “Hamburg”? Siguiendo la narración, durante el segundo día de viaje, Delibes nos desvela  que Cipriano Salcedo disponía de un reloj.

Se abrió un alto silencio entre los dos hombres que hizo perceptible el leve murmullo de la estela bajo las estrellas. Para el capitán Berger no pasó inadvertido el ademán de Cipriano Salcedo de aproximar el reloj a los ojos:

—Es tarde —anticipó.

—Son casi las dos, capitán —dijo Salcedo—. Una hora muy oportuna para retirarse a descansar (Preludio).

El reloj de pequeño tamaño y de uso personal, posteriormente conocido como reloj de bolsillo, fue inventado por el alemán Peter Henlein. Disponía de una única aguja (sin minutero ni segundero) y su comercialización empezó en 1524. Aunque sin duda sería un artículo de lujo, difícilmente accesible para un comerciante de Valladolid, podría ser posible que en 1558 Cipriano Salcedo dispusiera de uno, quizás adquirido en su viaje por Alemania.

Sin embargo, resulta menos creíble que en 1517, su padre también utilizara un reloj para cronometrar los minutos transcurridos entre las contracciones de su esposa parturienta,  ya que el minutero se incorporó a este tipo de relojes en el siglo XVII.

—¿Otra vez? —preguntaba don Bernardo solícito consultando el reloj. Ella asentía—. Son cada vez más frecuentes, apenas un par de minutos, quizá menos —añadió él. (Libro I.1)

—La cosa ha comenzado, doctor.

—¿Siente dolores?

—Hace más de una hora. Cada dos minutos.(Libro I.1)

El alcaide de la prisión, igualmente, debería de disponer de un reloj con minutero para dirigirse en los siguientes términos a Salcedo.

Don Gumersindo, el alcaide, acompañado del carcelero mayor, le anunció una visita. Aséese, le dijo, volveré por vuesa merced dentro de quince minutos.(Libro 3.XVI)

En cualquier caso, Delibes no incurre en este posible anacronismo de forma casual, como veremos a continuación. Para ello, retomamos la lectura del preludio, donde se explica el origen del viaje de Cipriano Salcedo a Alemania. Ante el aislamiento del foco luterano castellano, vigilado por la Inquisición, su cabecilla, el doctor Cazalla, encarga a Cipriano Salcedo que se entreviste en Alemania con Felipe Melanchton, destacado colaborador de Lutero y con espíritu conciliador ante la Reforma. Lutero había fallecido y el foco luterano castellano necesitaba recibir directrices. Probablemente Delibes se documentó y descubrió que Melanchthon poseía uno de los primeros relojes de bolsillo, atribuido a Peter Henlein. El que se aprecia en la fotografía es el más antiguo que se conserva,  y pertenece al Walters Art Museum.  Se trata de un regalo, ya que lleva dedicatoria con su nombre y la fecha (1530).

Reloj de Melanchthon. The Walters Art Museum
https://art.thewalters.org/detail/27471/spherical-table-watch-melanchthons-watch/

Pero volvamos a la travesía marítima. El primer día, 17 de octubre de 1558, el barco sale al amanecer. En esa época en Hamburgo amanece en torno a las 7, de forma que cuando comienzan a comer, a las 13, llevaban 6 horas de travesía. Durante la comida y sobremesa, aumenta el balanceo del barco, hecho que justifica el capitán Berger porque están cruzando el Canal de la Mancha, probablemente frente a Calais (Francia). Cuando salen de la camareta, prácticamente anocheciendo, mencionan las costas de Francia (el crepúsculo en esas fechas se produce en torno a las 18 en Calais). Salcedo menciona que “faltaban poco más de 30 horas para llegar a puerto”. Según el relato, el viaje duró dos jornadas completas (48 horas) más alguna más, ya que parece que llegaron a Laredo poco después del amanecer.

En primer lugar podemos desechar que Salcedo partiera de Hamburgo, ya que desde allí la galeaza debería mantener una velocidad media de 40 nudos (1 nudo es una milla por hora) para conseguir llegar en menos de 11 horas al canal de La Mancha, algo impensable para un buque a vela del siglo XVI Otra posibilidad es que hubiera partido desde Flandes, ya que una de las rutas marítimas más habituales de la época era Flesinga-Laredo, de hecho fue la utilizada por Carlos V en su primer viaje a España (aunque empleó 12 jornadas debido a condiciones meteorológicas adversas). La hermandad de las Cuatro Villas de la Costa de la Mar (San Vicente de la Barquera, Santander, Laredo y Castro Urdiales) monopolizaba el tráfico marítimo en la primera mitad del siglo SVI.

Rutas de  la Hermandad de las Cuatro Villas de la Costa en los siglos XV y XVI https://es.wikipedia.org/wiki/Hermandad_de_las_Cuatro_Villas#/media/Archivo:Hermandad_de_las_Cuatro_Villas.svg

Partiendo desde Flesinga, manteniendo una  velocidad media de 8 nudos, se podría llegar al canal de la Mancha en unas 10 horas, pero a esa misma velocidad, se emplearían más de tres días y medio en llegar a Laredo, no los dos días y algunas horas que duró la travesía según el relato.

La llegada de Federico V del Palatinado e Isabel Estuardo a Flesinga el 29 de abril de 1613.  Hendrick Cornelisz. 1623. Frans Hals Museum, Haarlem
https://en.m.wikipedia.org/wiki/File:VROOM_Hendrick_Cornelisz_The_Arrival_at_Vlissingen_of_the_Elector_Palatinate_Frederick_V.jpg
 

Como hemos visto anteriormente, Juan Sánchez (personaje real), uno de los miembros de la secta luterana detenido, relata que en su huida desde Castro Urdiales (muy próximo a Laredo) empleó 38 horas para llegar a Flesinga, algo también prácticamente imposible, porque  se precisaría una velocidad media de 19 nudos (según la eslora de la embarcación esa sería la velocidad máxima dinámicamente, pero como hemos comentado en aquella época sería imposible mantener más de 8 ó 10 nudos de media en un trayecto largo). En los documentos del Santo Oficio recopilados por Menéndez Pelayo, se menciona una de las cartas que escribió Juan Sánchez desde Castro Urdiales: “e voy en una zabra que camina mucho por la mar e en compañía de muy buena gente…”, pero sin mencionar la duración de la travesía, que debió ser bastante superior a las 38 horas citadas.

Podemos concluir que se debió emplear mucho más tiempo en realizar las travesías marítimas  que se describen en la novela, pero en cualquier caso, estos posibles anacronismos resultan algo totalmente anecdótico en esta magna obra de Delibes, y pasan de forma inadvertida e intrascendente para el lector, sólo un experto marino o en este caso, la curiosidad de saber por qué Delibes no menciona el lugar de partida de Cipriano Salcedo en su travesía marítima, lo han puesto de relieve.

Bibliografía.

Las Galeazas cantábricas de Álvaro de Bazán contra la piratería. Eduardo Trueba. Anuario del Instituto de Estudios Marítimos “Juan de la Cosa”. Vol. VII. Diputación Regional de Cantabria. 1988-1988

La Galera del siglo XVI. Marcelino González Fernández. Revista de Marina Año CXXXVII, Volumen 139, Número 987. 2022

LUTERBACHER, J., DIETRICH, D., XOPLAKI, E., GROSJEAN, M. & WANNER, H. (2004): “European seasonal and annual temperature variability, trends, and extremes since 1500”, en Science, nº 303, pp. 1499-1503, doi: 10.1126/science.1093877.

https://www.cultura.gob.es/cultura/areas/archivos/mc/archivos/acv/actividades/doc-destacados/epidemia-1565/panorama.html#:~:text=Las%20pestilencias%20actuar%C3%ADan%20tambi%C3%A9n%20con,gran%20mortandad%20en%20toda%20Castilla.

Historia del clima de España cambios climáticos y sus causas. Inocencio Font Tullot. 1988. INM.

El tiempo atmosférico en el siglo de Felipe II. Alberto Linés Escardó. Simposium Felipe II y su época. 1998.

Carlos V emperador. Vida del rey César. Henry Kamen.2017. La esfera de los libros.

https://www.nodulo.org/ec/2006/n047p11.htm

Wikipedia

Agradecimientos:

A los compañeros del Área de Comunicación de AEMET por la revisión de textos y publicación en el blog y a la biblioteca Ramón Pérez de Ayala del Principado de Asturias por la información facilitada.

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