Artículo elaborado por Manuel Antonio Mora García, Delegado Territorial AEMET en Castilla y León
Continuamos el análisis de la meteorología y el clima en «Campos de Castilla».
Tiempo y clima en Campos de Castilla (II)
La siguiente escena del cantar El indiano transcurre en verano, Machado describe una tarde “serena”, es decir, con cielo despejado y sin nubes:
II
«Miguel, con sus dos lebreles
y armado de su escopeta,
hacia el azul de los montes,
en una tarde serena,
caminaba entre los verdes
chopos de la carretera,»
En estas estrofas del cantar La casa menciona aspectos fenológicos, y hace referencia a las noches tropicales, cada vez más frecuentes debido al cambio climático:
I
«Era una estancia olvidada,
donde hoy Miguel se aposenta.
Y era allí donde los padres
veían en primavera
el huerto en flor, y en el cielo
de Mayo, azul, la cigüeña
-cuando las rosas se abren
y los zarzales blanquean-
que enseñaba a sus hijuelos
a usar de las alas lentas.
Y en las noches del verano,
cuando la calor desvela,
desde la ventana, al dulce ruiseñor cantar oyeran».
El otoño tiene un especial encanto, especialmente los días con tiempo apacible, como se intuye en estos versos:
« o aquella tarde de otoño,
dorada, plácida y buena».
Con el descenso de las temperaturas al comenzar el otoño, las aves migratorias comienzan su viaje hacia el continente africano. Machado describe de forma sublime el inicio del otoño, desde un punto de vista fenológico:
Es una tarde de otoño.
En la alameda dorada
no quedan ya ruiseñores;
enmudeció la cigarra.
Las últimas golondrinas,
que no emprendieron la marcha,
morirán, y las cigüeñas,
de sus nidos de retamas,
de torres y campanarios,
huyeron.
Sobre la casa de Alvargonzález, los olmos
sus hojas, que el viento arranca,
van dejando. Todavía
las tres redondas acacias,
frente al atrio de la iglesia,
conservan verdes sus ramas,
y las castañas de Indias
a intervalos se desgajan
cubiertas de sus erizos;
tiene el rosal rosas granas
otra vez, y en las praderas
brilla la alegre otoñada».
Tras el estío, con escasas precipitaciones y altas temperaturas, se produce el agostamiento de los prados. Con el otoño llegan las lluvias que reverdecen la vegetación, las lluvias, en ocasiones intensas, producen escorrentías que fluyen por barrancas:
«En laderas y en alcores,
en ribazos y cañadas,
el verde nuevo y la hierba
aún del estío quemada
alternan; los serrijones
pelados, las lomas calvas,
se coronan de plomizas
nubes apelotonadas;
y bajo el pinar gigante,
entre las marchitas zarzas
y amarillentos helechos,
corren las crecidas aguas
a engrosar el padre río
por canchales y barrancas».
En el cantar La Tierra, describe de nuevo una luna arrebolada:
III
«Por el Oriente,
la luna llena manchada
de un arrebol purpurino,
lucía tras de la tapia
del huerto».
En estas estrofas del cantar Los asesinos nos describe una mañana de noviembre con niebla:
I
«Juan y Martín, los mayores
de Alvargonzález, un día
pesada marcha emprendieron
con el alba, Duero arriba.
La estrella de la mañana
en el alto azul ardía.
Se iba tiñendo de rosa
la espesa y blanca neblina
de los valles y barrancos,
y algunas nubes plomizas
a Urbión, donde el Duero nace,
como un turbante ponían».
Describe una tarde desabrida, “fría y parda”:
III
«Pasado habían el puerto
de Santa Inés, ya mediada
la tarde, una tarde triste
de Noviembre, fría y parda.
Hacia la Laguna Negra
silenciosos caminaban».
Al atardecer luce el sol, con luz rojiza debido a la dispersión selectiva de los rayos solares:
IV
«Cuando la tarde caía,
entre las vetustas hayas
y los pinos centenarios,
un rojo sol se filtraba».
De noche, vuelve a aparecer la niebla:
V
«Era la noche, una noche
húmeda, obscura y cerrada».
En A un olmo seco (1912), emotivo poema de gran belleza escrito tras la muerte de su esposa, de forma sucinta describe el tiempo primaveral, abril lluvioso y mayo soleado. También hace referencia al intenso viento, en ocasiones asociados a tormentas (torbellinos) o de dirección NW (procedentes de los Picos de Urbión):
«Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera».
Tras la muerte de Leonor, su esposa, Machado solicita traslado al instituto de Baeza (Jaén), incorporándose el 1 de noviembre de 1912. Desde allí, al comienzo de la primavera, añora a su esposa y a Soria. En este emotivo poema, titulado Recuerdos, cita el cierzo, con un adjetivo muy apropiado: “helado”; la nieve que cubre el Moncayo; e incluye referencias fenológicas (golondrinas y cigüeñas).
«Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales
cargados de perfume, y el campo enverdecido,
abiertos los jazmines, maduros los trigales,
azules las montañas y el olivar florido;
Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;
y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,
y los enjambres de oro, para libar sus mieles
dispersos en los campos, huir de sus colmenas;
yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,
barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;
y en sierras agrias sueño —¡Urbión, sobre pinares!
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!—
Y pienso: Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.
¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?
Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,
y la roqueda parda más de un zarzal en flor;
ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,
hacia los altos prados conducirá el pastor.
¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas
que vais al joven Duero, rebaños de merinos,
con rumbo hacia las altas praderas numantinas,
por las cañadas hondas y al sol de los caminos
hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,
montañas, serrijones, lomazos, parameras,
en donde reina el águila, por donde busca el cuervo
su infecto expoliario; menudas sementeras
cual sayos cenicientos, casetas y majadas
entre desnuda roca, arroyos y hontanares
donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,
dispersos huertecillos, humildes abejares!…
¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares,
alcores y roquedas del yermo castellano,
fantasmas de robledos y sombras de encinares!
En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.
Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva».
En el poema Al maestro Azorín por su libro Castilla, Machado menciona el viento, frío y que forma remolinos de polvo:
«El viento frío azota los chopos del camino.
Se ve pasar de polvo un blanco remolino.
La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,
la mano en la mejilla, medita ensimismado».
Machado describe el tiempo y el clima, pero también sus impactos sobre el paisaje. En este caso hace referencia al resultado de las lluvias torrenciales y los aluviones, que erosionan el terreno dando lugar a barranqueras:
«Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda,
la tarde habrá caído sobre la tierra parda
de Soria. Todavía los grises serrijones,
con ruina de encinares y mellas de aluviones,
las lomas azuladas, las agrias barranqueras,
picotas y colinas, ribazos y laderas
del páramo sombrío por donde cruza el Duero,
darán al sol de ocaso su resplandor de acero».
En el poema titulado Caminos, ambientado en Baeza (Jaén), nos describe una templada tarde de otoño, con los montes cubiertos de niebla:
«Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.
El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena».
En el siguiente poema, sin título (numerado como CXXI en la edición de Ribbans), Machado evoca a Leonor y al Moncayo, azul y blanco:
«Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños…
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.».
En este otro bello poema, sin título (numerado como CXXIV en la edición de Ribbans), Machado recuerda a Leonor al llegar la primavera, describiendo e paisaje y la naturaleza con pinceladas meteorológicas:
«Al borrarse la nieve, se alejaron
los montes de la sierra.
La vega ha verdecido
al sol de abril, la vega
tiene la verde llama,
la vida, que no pesa;
y piensa el alma en una mariposa,
atlas del mundo, y sueña.
Con el ciruelo en flor y el campo verde,
con el glauco vapor de la ribera,
en torno de las ramas,
con las primeras zarzas que blanquean,
con este dulce soplo
que triunfa de la muerte y de la piedra,
esta amargura que me ahoga fluye
en esperanza de Ella…»
En el poema sin título, numerado como CXXV, fechado el 4 de abril de 1913 en Lora del Río (Sevilla), alude los calurosos días del verano andaluz, “tórrido sol que aturde y ciega” y los arreboles:
«….imágenes de grises olivares
bajo un tórrido sol que aturde y ciega,
y azules y dispersas serranías
con arreboles de una tarde inmensa;»
En el poema titulado a José María Palacio, fechado el 26 de abril de 1913 en Baeza, Machado añora la primavera soriana, y con ello a su querida Leonor, que yace en el cementerio del Espino. Refiere magistralmente una “primavera tarda”, como ocurre con frecuencia en Soria:
«Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!…
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.
¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!
¿Hay zarzas florecidas
entre las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.
Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?
Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,
¿tienen ya ruiseñores las riberas?
Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra…»
En el poema Otro viaje, describe la nubosidad y la niebla en un amanecer jienense:
«Entre nubarrones blancos,
oro y grana;
la niebla de la mañana
huyendo por los barrancos».
En Poema de un día (Meditaciones rurales), fechado en 1913 desde Baeza, que describe como un pueblo húmedo y frío, nos habla del invierno. Baeza tiene una altitud de 719 m, y en invierno en algunas ocasiones nieva o cae aguanieve, aunque ya con menor frecuencia (en 1946 nevó 7 días). El poema gira en torno a la caprichosa lluvia, que condiciona las cosechas, y el ciclo hidrológico:
Heme aquí ya, profesor
de lenguas vivas (ayer
maestro de gay-saber,
aprendiz de ruiseñor),
en un pueblo húmedo y frío,
destartalado y sombrío,
entre andaluz y manchego.
Invierno. Cerca del fuego.
Fuera llueve un agua fina,
que ora se trueca en neblina,
ora se torna aguanieve.
Fantástico labrador,
pienso en los campos. ¡Señor
qué bien haces! Llueve, llueve
tu agua constante y menuda
sobre alcaceles y habares,
tu agua muda,
en viñedos y olivares.
Te bendecirán conmigo
los sembradores del trigo;
los que viven de coger
la aceituna;
los que esperan la fortuna
de comer;
los que hogaño,
como antaño,
tienen toda su moneda
en la rueda,
traidora rueda del año.
¡Llueve, llueve; tu neblina
que se torne en aguanieve,
y otra vez en agua fina!
¡Llueve, Señor, llueve, llueve!
En mi estancia, iluminada
por esta luz invernal
—la tarde gris tamizada
por la lluvia y el cristal—, sueño y medito.
Arrecia el repiqueteo
de la lluvia en las ventanas.
Fantástico labrador,
vuelvo a mis campos. ¡Señor,
cuánto te bendecirán
los sembradores del pan!
Señor, ¿no es tu lluvia ley,
en los campos que ara el buey,
y en los palacios del rey?
¡Oh, agua buena, deja vida
en tu, huida!
¡Oh, tú, que vas gota a gota,
fuente a fuente y río a río,
como este tiempo de hastío
corriendo a la mar remota,
con cuanto quiere nacer,
cuanto espera
florecer
al sol de la primavera,
sé piadosa,
que mañana
serás espiga temprana,
prado verde, carne rosa,
y más: razón y locura
y amargura
de querer y no poder
creer, creer y creer!
____________
Mi paraguas, mi sombrero,
mi gabán…El aguacero
amaina…Vámonos, pues.
____________
Así es la vida, don Juan.
—Es verdad, así es la vida.
—La cebada está crecida.
—Con estas lluvias…
Y van
las habas que es un primor.
—Cierto; para marzo, en flor.
Pero la escarcha, los hielos…
—Y, además, los olivares
están pidiendo a los cielos
aguas a torrentes.
—A mares.
¡Las fatigas, los sudores
que pasan los labradores!
En otro tiempo…
—Llovía
también cuando Dios quería».
La Sierra de Cazorla dista a unos 45 km de Baeza, hacia el este; y la sierra de Mágina a unos 20 km hacia el sur. En estas zonas montañosas las nevadas son frecuentes, sobre todo en la sierra de Cazorla. En el poema titulado Noviembre 1913, Machado describe el paisaje nevado de Cazorla y una tormenta en la Sierra de Mágina, así como la turbiedad de las agua del río como resultado de la lluvia:
«Un año más. El sembrador va echando
la semilla en los surcos de la tierra.
Dos lentas yuntas aran,
mientras pasan las nubes cenicientas
ensombreciendo el campo,
las pardas sementeras,
los grises olivares. Por el fondo
del valle, el río el agua turbia lleva.
Tiene Cazorla nieve,
y Mágina, tormenta;
su montera, Aznaitín. Hacia Granada,
montes con sol, montes de sol y piedra».
En el poema Del pasado efímero, de nuevo cita como comparanza la migración de las cigüeñas, y muestra la preocupación por el tiempo y la sequía del protagonista, un terrateniente que frecuenta el casino de Baeza:
«Bosteza de política banales
dicterios al Gobierno reaccionario,
y augura que vendrán los liberales,
cual torna la cigüeña al campanario.
Un poco labrador, del cielo aguarda
y al cielo teme; alguna vez suspira,
pensando en su olivar, y al cielo mira
con ojo inquieto, si la lluvia tarda».
En el poema titulado Los Olivos, Machado refiere la característica sequía estival andaluza, cuando las escasas precipitaciones y las altas temperaturas provocan una fuerte evapotranspiración en las plantas, en concreto en los olivos:
«¡Viejos olivos sedientos
bajo el claro sol del día,
olivares polvorientos
del campo de Andalucía!
¡El campo andaluz, peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olivar y de olivar!
¡Son las tierras
soleadas,
anchas lomas, lueñes sierras
de olivares recamadas!
Mil senderos. Con sus machos,
abrumados de capachos,
van gañanes y arrieros.
¡De la venta del camino
a la puerta, soplan vino
trabucaires bandoleros!
¡Olivares y olivares
de loma en loma prendidos
cual bordados alamares!
¡Olivares coloridos
de una tarde anaranjada;
olivares rebruñidos
bajo la luna argentada!
¡Olivares centelleados
en las tardes cenicientas,
bajo los cielos preñados
de tormentas!…
Olivares, Dios os dé
los eneros
de aguaceros,
los agostos de agua al pie,
los vientos primaverales
vuestras flores recamadas;
y las lluvias otoñales,
vuestras olivas moradas».
En la segunda parte de este poema, refiere el “sol de fuego”:
«A dos leguas de Úbeda, la Torre
de Pero Gil, bajo este sol de fuego,
triste burgo de España. El coche rueda
entre grises olivos polvorientos».
En la mujer manchega, describe el paisaje manchego y cita los espectaculares candilazos u arreboles, así como el calor estival:
«La Mancha y sus mujeres… Argamasilla, Infantes,
Esquivias, Valdepeñas. La novia de Cervantes,
y del manchego heroico, el ama y la sobrina
(el patio, la alacena, la cueva y la cocina,
la rueca y la costura, la cuna y la pitanza),
la esposa de don Diego y la mujer de Panza,
la hija del ventero, y tantas como están
bajo la tierra, y tantas que son y que serán
encanto de manchegos y madres de españoles
por tierras de lagares, molinos y arreboles.
Es la mujer manchega garrida y bien plantada,
muy sobre sí, doncella, perfecta de casada.
El sol de la caliente llanura veraniega
quemó su piel, mas guarda frescura de bodega
su corazón».
Más adelante describe el paisaje manchego, que sintetiza como “llano de sol y lejanía”:
«Por esta Mancha —prados, viñedos y molinos—
que so el igual del cielo iguala sus caminos,
de cepas arrugadas sobre el tostado suelo
y mustios pastos como raído terciopelo;
por este seco llano de sol y lejanía,
en donde un ojo alcanza su pleno mediodía
(un diminuto bando de pájaros puntea
el índigo del cielo sobre la blanca aldea,
y allá se yergue un soto de verdes alamillos,
tras leguas y más leguas de campos amarillos);
por esta tierra, lejos del mar y la montaña,
el ancho reverbero del claro sol de España,
anduvo un pobre hidalgo ciego de amor un día
—amor nublóle el juicio; su corazón veía—.
En Desde mi rincón cita de nuevo los arreboles:
«Castilla azafranada y polvorienta,
sin montes, de arreboles purpurinos.
Castilla visionaria y soñolienta
de llanuras, viñedos y molinos».
En España en paz, refiere la lluvia y las lluvias y nieblas otoñales de los Países Bajos:
«En mi rincón moruno, mientras repiquetea
el agua de la siembra bendita en los cristales,
yo pienso en la lejana Europa que pelea,
el fiero Norte, envuelto en lluvias otoñales.
Donde combaten galos, ingleses y teutones,
allá, en la vieja Flandes y en una tarde fría,
sobre jinetes, carros, infantes y cañones
pondrá la lluvia el velo de su melancolía.
Envolverá la niebla el rojo expolario
—sordina gris al férreo claror del campamento—,
las brumas de la mancha caerán como un sudario
de la flamenca duna sobre el fangal sangriento».
Las guerras traen como consecuencia el abandono del campo.
«¡Señor! La guerra es mala y bárbara; la guerra,
odiada por las madres, las almas entigrece;
mientras la guerra pasa, ¿quién sembrará la tierra?
¿Quién segará la espiga que junio amarillece?»
En Campos de Castilla Antonio Machado nos muestra sus sentimientos y describe la naturaleza y el paisaje, dejando bellos apuntes de meteorología. Ese interés por la meteorología aparece también en el resto de su obra, como muestra en este poema publicado en Poesías de Soledades (1898-1907), titulado Invierno.
«Hoy la carne aterida
el rojo hogar en el rincón oscuro
busca medrosa. El huracán frenético
ruge y silba; y el árbol esquelético
se abate en el jardín y azota el muro.
Llueve. Tras el cristal de la ventana,
turbio, la tarde parda y rencorosa
se ve flotar en el paisaje yerto,
y la nube lejana
suda amarilla palidez de muerto.
El cipresal sombrío
lejos negrea y el pinar menguado,
que se esfuma en el aire achubascado,
se borra al pie del Guadarrama frío».
O esta estrofa de Galerías, publicado en Nuevas Canciones (1917-1930):
«Una centella blanca
en la nube de plomo culebrea.
¡Los asombrados ojos
del niño, y juntas cejas
-está el salón obscuro- de la madre!…
¡Oh cerrado balcón a la tormenta!
El viento aborrascado y el granizo
en el limpio cristal repiquetean».
Antonio Machado nos deja en su obra bellos apuntes de meteorología y fenología, así como relatos del clima soriano y andaluz de principios del siglo XX. Disfrutemos de la lectura de esta obra universal, Campos de Castilla.
Agradecimientos:
A Mar Luengo, jefa de la unidad de climatología de la Delegación Territorial de AEMET en Castilla y León.
A Edi Miranda, analista predictora del Área de Climatología y Aplicaciones Operativas.
Nota Final:
– Puedes leer la primera parte de este artículo en este enlace