Meteorología y Astronomía en Pandemia. Parte II (Astronomía)

Julio Solís García (carontesg@yahoo.es)

Este tiempo de pandemia que nos ha tocado vivir no ha favorecido precisamente que levantáramos la cabeza para mirar al cielo, dificultando mucho la observación astronómica.

Astronomía

«Creo que el placer más intenso, más exaltante y a la vez más puro, reside en la contemplación de lo bello, esa intensa y pura elevación del alma»

Edgar Allan Poe (1809-1849)

                                                                                               

Este tiempo de pandemia que nos ha tocado vivir no ha favorecido precisamente que levantáramos la cabeza para mirar al cielo, dificultando mucho la observación astronómica. Con los problemas inherentes al COVID-19, los confinamientos, restricciones de movilidad, toques de queda y suspensión de actividades, hemos transitado estos últimos meses del trabajo a casa y de casa al trabajo, o incluso dentro de los hogares con el teletrabajo, como ermitaños ensimismados en lo cotidiano, con la mente y los ojos puestos en la tierra más que en el cielo.

Queda claro que ‘los virus afectan a las estrellas’, obligando a cerrar algunos observatorios astronómicos y a cambiar o aplazar muchas de las actividades programadas por los astrónomos, aunque la reducción del tráfico aéreo nos ha traído noches con cielos más limpios que nunca, desapareciendo ¿temporalmente? las trazas brillantes, las luces y las estelas de condensación que con frecuencia arruinaban las imágenes de cielo profundo (figuras 19 y 20).

Las instalaciones astronómicas más avanzadas del mundo también han visto afectado su funcionamiento debido al coronavirus que nos acompaña. Para preservar la salud del personal y la seguridad de las instalaciones de alta tecnología, casi todos los complejos astronómicos han modificado su rutina habitual de trabajo, incluso cerrando temporalmente muchos de ellos. Por ejemplo, en el Observatorio de Mauna Kea (Hawái) los telescopios han pasado a modo de operaciones restringidas, en el que tan sólo se permite el uso de algunos instrumentos y se favorece el control remoto de las instalaciones, lo mismo que en España (Canarias, Calar Alto, Pico Veleta, Yebes, etc…) donde se han suspendido las visitas, tratando de mantener los telescopios en operación mediante observaciones en modo robótico o con equipos mínimos de personal en modo presencial. Solamente continúan con relativa normalidad las tareas desarrolladas por equipos capaces de funcionar automáticamente sin la presencia de personal.

Igualmente, todos los proyectos de construcción de grandes telescopios y nuevas instalaciones, misiones espaciales de las agencias de diferentes países, y otros tipos de actividades, han sufrido cierres temporales y retrasos, demorando las fechas previstas para su terminación o puesta en servicio.

Sin embargo, y a pesar de todo, durante este pasado año 2020 se han producido fenómenos astronómicos sorprendentes, espectaculares y poco frecuentes, que han pasado algo desapercibidos para el público en general, debido precisamente al monopolio informativo centrado en el COVID-19 y sus efectos sobre la salud, la economía y la política, y su impacto en nuestra forma de vida y en las relaciones sociales e interpersonales.

Por suerte o por desgracia, los acontecimientos cósmicos no se producen a demanda de seres tan irrelevantes como nosotros, ni se ven afectados por nuestros problemas y preocupaciones (figura 21).

Venus, las Pléyades y las Hyades

Venus, el tercer objeto más brillante en el cielo después del Sol y la Luna, el planeta más cercano a la Tierra, nuestro gemelo infernal, lucero del alba, estrella de la tarde… ¡tiene tantos y tan evocadores nombres!

En el peculiar año 2020 se paseó majestuosamente entre las estrellas de dos de los más bellos, vistosos y llamativos cúmulos abiertos visibles a simple vista, a primeros de abril lo hizo a través de las Pléyades y durante el mes de julio le vimos cruzando las Hyades, dejando unas imágenes espectaculares (figuras 22 y 23).

Las Hyades son un grupo de estrellas claramente reconocidas en el cielo desde las más antiguas civilizaciones. Para la mitología griega eran hijas del titán Atlas y de Etra, que tras la muerte de su hermano Hyas, al ser atacado por un león durante una cacería, fueron transformadas en estrellas y colocadas en el cielo por Zeus, después de escuchar su desconsolado llanto y verlas morir de pena por la muerte de su hermano. El padre de los dioses, Zeus, las colocó en el cielo junto a la cabeza del toro (Taurus) y lejos del león (Leo), que discurre por el firmamento 6 horas por delante de las Hyades.

El lloro desconsolado de las ninfas por la muerte de su hermano en las fauces de un león, dio lugar a que se consideraran ‘las ninfas hacedoras de la lluvia’, asociando su aparición por el horizonte este en otoño, después de la puesta de sol, con el inicio de la temporada de lluvias en la zona del Mediterráneo oriental, regando así con sus lágrimas los cultivos.

Hoy sabemos que las Hyades son el cúmulo estelar abierto más próximo a nosotros, situado a unos 151 años-luz de distancia, y compuesto por más de un centenar de estrellas nacidas en el mismo lugar y que se desplazan juntas, con la misma composición química y edad (unos 625 millones de años).

Este cúmulo estelar se localiza en el cielo en la constelación de Taurus, con una clara disposición en forma de ‘v’ y con la estrella Aldebarán en la punta izquierda de dicha letra. Realmente esta brillante estrella gigante naranja no forma parte de las Hyades, pues se encuentra a la mitad de distancia, a unos 65 años-luz, aunque la perspectiva la sitúa en la misma línea visual (figura 24).

El otro cúmulo estelar abierto por el que transcurrió Venus durante los primeros días del mes de abril de 2020 es el de las Pléyades. Otro espectacular cúmulo, visible a simple vista también, con una forma que se asemeja a la de la Osa Mayor pero en pequeño, y que seguramente es el más bello de observar de todo el firmamento con unos prismáticos.

En las mitologías de casi todas las civilizaciones antiguas anteriores a la Grecia clásica aparecen las Pléyades, pero siguiendo con el relato de los griegos, estas ninfas eran hijas del titán Atlas y de la ninfa marina Pléyone, y hermanas de las Hyades. Su belleza hizo que algunos dioses del Olimpo, como Zeus, Poseidón y Ares las sedujeran, teniendo descendencia con casi todas ellas. Solamente una de las hermanas Pléyades no tuvo relaciones con los Dioses, Mérope, que las mantuvo con el mortal Sísifo.

Algunos relatos señalan que las Pléyades decidieron suicidarse al sentirse muy deprimidas por la pérdida de sus hermanas las Hyades, de modo que Zeus decidió inmortalizarlas convirtiéndolas en estrellas y colocándolas en el cielo. Sin embargo, parece corresponderse mejor con lo que se ve en el firmamento la historia de que un cierto día, mientras paseaban, se encontraron con el gigante cazador Orión, que se enamoró perdidamente de las jóvenes ninfas y se dedicó durante años a perseguirlas persistentemente. El rey de los dioses, Zeus, decidió intervenir convirtiendo a las hermanas en palomas para que pudieran escapar de Orión, situando al toro (Tauro) entre el gigante y las ninfas, que volaron hasta el firmamento para convertirse en el grupo de estrellas que llevan su nombre.

Desde el punto de vista astronómico las Pléyades aparecen en el catálogo de Messier con el número 45 (M45), son un cúmulo estelar abierto que se formó hace unos 100 millones de años a 400 años-luz de distancia, y está constituido por más de 2 000 estrellas, las más brillantes de las cuales son jóvenes estrellas muy luminosas, azules y calientes, en cuyas proximidades aparecen unas bonitas nebulosas de reflexión y de emisión (nebulosas difusas).

Cometa C/2020 F3 Neowise

Otro fenómeno astronómico que nos deparó el año 2020 fue el paso del cometa C/2020 F3 Neowise cerca de la Tierra y del Sol, de modo que se pudo observar a simple vista durante los meses de junio y julio.

Un cometa es un ‘pedrusco cósmico’ de hielo y rocas (figura 25), una bola congelada de nieve sucia compuesta por agua, hielo seco (CO2), amoníaco, metano, sodio, hierro, magnesio y silicatos, con forma irregular y de un tamaño de pocos kilómetros de diámetro (permítase la licencia de hablar de diámetro para un cuerpo irregular), proveniente de una nube de ‘escombros’ que rodea al sistema solar denominada Nube de Oort, que viene a ser una esfera de billones de cuerpos de pequeño tamaño y de forma irregular en la mayoría de los casos, situada a un año-luz del Sol (casi 10 billones de kilómetros), más o menos a una cuarta parte de la distancia a la estrella más cercana (Próxima Centauri).

Durante millones de años los cometas permanecen aletargados y sin actividad alguna a cientos de miles de millones de kilómetros del Sol, en las ‘afueras’ del Sistema Solar. Solamente se detectan cuando debido a alguna perturbación gravitatoria empiezan a caer hacia el centro del Sistema Solar, describiendo una órbita elíptica o parabólica. Cuando comienzan a acercarse al Sol y a sentir su calor empiezan a desarrollar sus vistosas colas, expulsando gases y vapores que se extienden a lo largo de millones de kilómetros en sentido contrario a la dirección del Sol (no en sentido contrario al de su movimiento como de manera intuitiva pudiera parecer).

Los cometas suelen generar dos colas diferenciadas que se van alejando una de la otra conforme nos alejamos del núcleo (figura 26), una es de polvo y la otra es de plasma (gas ionizado).

Los cometas pierden masa con cada paso por su perihelio (punto de menor distancia al Sol), todo el material que se va sublimando y quedando atrás, debido a la presión de radiación solar y al propio viento solar, queda perdido en el espacio para siempre. En cada acercamiento al Sol se van desgastando hasta perder todos los elementos volátiles, convirtiéndose con el paso del tiempo en cometas extintos, si es que no acaban desintegrándose y rompiéndose en pedazos en alguna aproximación anterior. Cuando la Tierra, en su movimiento alrededor del Sol, se encuentra con esos restos cometarios, se producen las famosas lluvias de meteoros (Perseidas, Leónidas, Gemínidas, etc…) que nos visitan cada año por las mismas fechas, dejándonos espectaculares noches plagadas de estrellas fugaces.

Después de 3 000 años de su anterior visita, el cometa C/2020 F3 Neowise volvió el año pasado a las cercanías del Sol. Se descubrió como resultado de los trabajos e investigaciones desarrolladas por la misión NEOWISE de la NASA, en el transcurso del proyecto «Near-Earth Objetcs», que localizó el cometa el día 27 de marzo a través del telescopio espacial WISE (Wide-Field Infrared Survey Explorer). A partir de ese momento se hizo un seguimiento continuo de su trayectoria hacia el Sol y de sus cambios de brillo.

Conforme se aproximaba al Sol su brillo fue aumentando hasta hacerse visible a simple vista, sobre todo en los momentos de mayor acercamiento a la Tierra (el día 23 de julio) y al Sol (el día 3 de julio), al que llegó a aproximarse más que el planeta Mercurio. En su mayor acercamiento a la Tierra se situó a más de 100 millones de kilómetros, lo que supone más distancia de la que nos separa de Marte en las épocas de mayor proximidad. Hasta el día 11 de julio pudo verse hacia el noreste al amanecer, poco antes de la salida del Sol, y a partir del día 12 se dejó ver al noroeste, tras la puesta del Sol (figuras 27 a 30).

Conjunción histórica de gigantes

Desde el verano de 2020 los planetas gigantes gaseosos de nuestro Sistema Solar, el grandioso Júpiter y el anillado Saturno, se fueron aproximando en el cielo, día a día, hasta casi llegar a tocarse (aparentemente, pues en realidad les separaban casi 800 millones de kilómetros).

Ese fenómeno se denomina «conjunción», y consiste en la alineación de dos o más astros apareciendo muy próximos en el cielo, aunque no hay que confundirlo con el término de igual nombre que identifica el paso de un planeta superior (con órbitas más alejadas del Sol que la de la Tierra) justo por detrás del Sol, visto desde nuestro planeta (figuras 31 y 32).

Júpiter y Saturno son dos planetas que se conocían desde la antigüedad, pero fueron Galileo Galilei en el año 1610, quien descubrió las bandas nubosas de Júpiter y sus cuatro principales satélites (Io, Europa, Ganímedes y Calisto), y Christiaan Huygens en el año 1659, quien pudo distinguir los anillos de Saturno y el mayor de sus satélites (Titán), los que nos mostraron por primera vez su verdadero aspecto y algunos de sus numerosísimos satélites.

Dado que Júpiter tarda casi 12 años en dar una vuelta alrededor del Sol y de que Saturno lo hace en algo más de 29 años, las conjunciones entre los dos colosos solamente se producen cada 20 años aproximadamente (figuras 33 a 36). Además, dependiendo de la posición en el cielo en la que se produzcan, su distancia angular con el Sol, y sus parámetros orbitales, el acercamiento aparente de los dos planetas será mayor o menor, y su visibilidad buena, mala o nula (nubosidad y fenómenos meteorológicos aparte).

Para poder observar una conjunción de características similares a las del año 2020 habrá que esperar hasta el día 15 de marzo del año 2080, aunque el que se ‘despiste’ no conseguirá ver la siguiente, ya que se espera para el año 2417. Si nos remontamos al pasado para buscar una conjunción Júpiter-Saturno similar, nos tenemos que ir al 15 de abril del año 1623, conjunción que no resultó visible al quedar los planetas a tan solo 13 grados del Sol (el fondo brillante del cielo y los casi inexistentes aparatos de observación hicieron imposible que se viera).

Para encontrar otra conjunción Júpiter-Saturno tan espectacular como la del ‘año pandémico 2020’ hay que remontarse hasta el día 4 de marzo del año 1223, fecha en la que ambos planetas se acercaron hasta los 2 minutos de arco de distancia angular, frente a los 6 minutos de arco de separación que se registró el día 21 de diciembre de 2020, momento de mayor aproximación aparente coincidiendo precisamente con el solsticio de invierno que entró a las 11 horas y 2 minutos, hora oficial peninsular (figuras 37 a 43).  

Conclusiones

Desde la aparición del COVID-19 hace ya un año largo, la comunidad científica internacional mantiene una carrera frenética para el desarrollo vacunas y medicamentos con los que hacer frente a la enfermedad. Los gobiernos de los países ricos han dado un soporte económico sin precedentes, que hace posible las investigaciones y que ya están dando sus frutos. Actualmente contamos con cerca de una decena de vacunas que se están inoculando entre la población, aunque las reglas del mercado capitalista imponen que solamente tengan acceso a las mismas los países que puedan pagarlo, agrandando la brecha entre ricos y pobres y aumentando las desigualdades a nivel mundial. No hemos sido capaces de liberar las patentes de las vacunas para hacerlas llegar a toda la población mundial, lo que mantendrá a buena parte del mundo a merced del coronavirus, que de esta forma seguirá activo como amenaza sanitaria para todos.

Podría parecer que no ocurrió nada durante el año 2020 que no tuviera que ver con el coronavirus SARS-CoV-2, miedo, desazón, sanitarios desbordados, contaminación ambiental por mascarillas, guantes y más plásticos, confinamientos, toques de queda, actividades comerciales y turísticas detenidas, parques cerrados, niños en casa, calles vacías, clases por videoconferencia, aviones en tierra, tráfico escaso, políticos a la gresca, cultura ausente, internet imprescindible…vacunas.

Por contra, nos encontramos con cielos más limpios, animales y plantas que recuperaron parte de su espacio, menos ruido, menos bullicio, más calma. Y por encima de nuestras cabezas el tiempo atmosférico y el clima siguiendo su curso, y más arriba todavía el Universo manteniendo su maquinaria en marcha, imperturbable, ofreciéndonos todo su esplendor, solamente tenemos que detenernos un poco, levantar la cabeza y dirigir nuestra mirada al firmamento…

referencias Y CONSULTAS

https://www.lamoncloa.gob.es/covid-19/Paginas/estado-de-alarma.aspx

https://www.agenciasinc.es/Reportajes/El-coronavirus-es-un-ser-vivo

https://www.aemet.es/es/web/conocermas/borrascas

http://www.aemet.es/documentos/es/serviciosclimaticos/vigilancia_clima/resumenes_climat/anuales/res_anual_clim_2020.pdf

https://www.aemet.es/es/web/conocermas/borrascas/2019-2020

https://www.aemet.es/es/conocermas/borrascas/2020-2021

http://www.aemet.es/es/conocermas/borrascas/2019-2020/estudios_e_impactos/gloria

https://www.aemet.es/es/conocermas/borrascas/2020-2021/estudios_e_impactos/filomena

http://www.aemet.es/documentos/es/serviciosclimaticos/vigilancia_clima/resumenes_climat/mensuales/2020/res_mens_clim_2020_03.pdf

https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/ciencia/2020/03/29/5e78abe3fdddffbe7a8b4598.html

https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/ciencia/2020/12/19/5fdb963121efa04d258b45d7.html

«Astronomía en tiempos de pandemia» Rafael Bachiller

– Anuario del Observatorio Astronómico 2021-

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1 respuesta a Meteorología y Astronomía en Pandemia. Parte II (Astronomía)

  1. carontesg dijo:

    No ha salido el pie de foto de la última imagen del artículo -> Fig44. Anónimo. Versión coloreada del grabado de Flammarion. Es un grabado en madera de artista desconocido, que apareció por primera vez en L’atmosphère: météorologie populaire de Camile Flammarion (1888). La imagen representa a un hombre arrastrándose bajo el borde del cielo. Al pie del grabado hay una leyenda que se traduce como «Un misionero medieval dice que ha encontrado el punto donde el cielo y la Tierra se encuentran…»

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