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LA METEOROLOGÍA EN LA BIBLIA. I

Por Manuel Antonio Mora García. Meteorólogo del Estado. Delegación Territorial de AEMET en Castilla y León

Biblia hebrea con tárgum en arameo, manuscrito del siglo XI. Presenta el texto de Éxodo 12:25-31 en caracteres hebreos. Fuente: Wikipedia

La Biblia es el conjunto de textos más leído de la Historia. Compuesta por el Antiguo y el Nuevo Testamento, libros sagrados del cristianismo y del judaísmo, en su interior podemos encontrar numerosas referencias a la meteorología.

Las sagradas escrituras están cargadas de gran simbolismo y significado, y son los teólogos los encargados de su interpretación. Como aficionados a la meteorología, hemos analizado esta obra desde el punto de vista de la ciencia, meramente descriptivo y profano, haciendo uso de las obras clásicas de Aristóteles y Homero, y el saber actual.

El relato transcurre en el área mediterránea oriental, lo que se considera como Oriente Próximo, desde el actual Egipto pasando por Israel, Palestina, Líbano, y Siria,y zonas próximas interiores  de Irak, Jordania, y Arabia Saudita.  También se citan otros puntos de la costa de Grecia, Turquía e Italia  así como islas del Mediterráneo como Chipre y Malta. Como vemos en este mapamundi que figura en la introducción de un “Beato” del siglo XI, el Mediterráneo  estaba en el centro del mundo, rodeado por los océanos (Europa y África aparecen en la parte inferior porque la referencia del norte está girada 90 º a la izquierda respecto a lo habitual).

A lo largo del presente estudio, veremos que los fenómenos meteorológicos que se citan podrían ser compatibles con el clima actual de estas zonas, en concreto el clima mediterráneo en la franja costera y el árido en zonas desérticas y semidesérticas.

El relato bíblico utiliza un lenguaje figurado para facilitar su comprensión, a través de símiles, metáforas, parábolas, etc. El tiempo atmosférico es un concepto universal, todos los seres humanos perciben la sensación de frío y calor, y conocen los meteoros como la lluvia, la tormenta o el arcoiris. Por ello los fenómenos meteorológicos son utilizados a menudo en símiles bíblicos, ya que los creyentes, independientemente de su nivel cultural y clase social, pueden interpretarlos fácilmente.

Cuando hace calor, todos buscamos refugio en la sombra, o nos cobijamos ante las inclemencias del tiempo. Así se aprecia en estos versículos del Antiguo Testamento, referidos a Jehová:

Isaías, 25

4 Porque fuiste fortaleza para el pobre, fortaleza para el menesteroso en su aflicción,

amparo contra la tempestad, sombra contra el calor,

porque el ímpetu de los despiadados es como tormenta contra el muro.

5 Como el calor en lugar seco, así atenuarás el tumulto de los extranjeros; como disminuye

el calor a la sombra de una nube, así harás acallar el cántico de los despiadados. 

Isaías, 32

2 Y será aquel  varón como escondedero contra el viento y

como un abrigo contra la tormenta, como arroyos de aguas

en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra

sedienta

En general, el estilo narrativo de los textos bíblicos no presenta dificultad para su entendimiento, pero en algunos versículos, la comprensión de su significado es más compleja, siendo necesaria la interpretación de los teólogos. En este versículo del Nuevo Testamento el “viento”se identifica con el “Espíritu”.

Juan, 3

8 El viento sopla por donde quiere, y oyes su sonido;

pero no sabes de dónde viene ni a dónde va;

así es todo aquel que es  nacido del Espíritu 

Hechos, 2

2 y de repente, vino del cielo un estruendo como de un

viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;

3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego,

que se asentaron sobre cada uno de ellos.

4 Y todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas,

según el  Espíritu les daba que hablasen.

En múltiples ocasiones, una nube envuelve o se identifica con Jehová, como vemos en estos versículos

Reyes 1, 8

10 Y aconteció que cuando los sacerdotes salieron del santuario,

la  nube llenó la casa de Jehová.

11 Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar a

causa de la nube, porque la gloria de Jehová había llenado la casa

de Jehová.

12 Entonces dijo Salomón: Jehová ha dicho que él habitaría en

la  oscuridad de la nube. 

Éxodo,19

9 Y Jehová dijo a Moisés: He aquí, yo vendré a ti en una  nube espesa,

 para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo,

y también para que te crean para siempre.

Y Moisés refirió a Jehová las palabras del pueblo.

———

16 Y aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana,

hubo truenos y relámpagos y una espesa nube sobre el monte,

y un sonido de trompeta muy fuerte;

y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento.

17 Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios;

 y se pusieron al pie del monte.

Este relato del Éxodo que se menciona, continúa cuando Moisés, a quien Jehová había dado las “tablas del testimonio” o “tablas de la ley”, baja del Monte Sinaí, y muy enojado al comprobar que su pueblo idolatra a un becerro de oro, las lanza al suelo.

Las tormentas son un fenómeno atmosférico frecuente en el área mediterránea. En esta imagen se observa la densidad de descargas eléctricas totales obtenida a partir de datos del sensor OTD (Optical Transient Detector), a bordo del satélite OrbView-1/MicroLab durante los años 1995-2000.

Densidad anual de rayos (rayos/km2 y distribución estacional (rayos/25 km2-año) en Israel.
The spatio oral distribution of lightning over Israel and the neighboring area and its relation to regional synoptic systems. Hadas Saaroni and Yoav Yair. Natural hazards and earth system sciences 11(8):2125-2135 · August 2011

 

Estudios más regionales, con sensores terrestres, como el realizado en Israel por Saaroni y Yair en 2011, determinan la estacionalidad de las tormentas. Estas se producen básicamente en otoño e invierno, con menor actividad en primavera mientras que en verano prácticamente no se producen. El número medio de días de tormenta (al menos 5 rayos registrados en todo el área en un día) es aproximadamente de 100 días anuales.

 

Los rayos están compuestos de una o varias descargas eléctricas. Además de su polaridad (negativa o positiva) las descargas pueden ser nube-tierra, intranube o nube-nube. Dentro de esta última categoría podríamos incluir los “spider lightning” o rayos horizontales que no tocan el suelo. El record de distancia según la OMM se alcanzó el 20 de junio de 2007 en Oklahoma (USA), con un rayo que recorrió 321 km. (https://wmo.asu.edu/content/world-meteorological-organization-global-weather-climate-extremes-archive)

En el nuevo Testamento aparece esta curiosa referencia que se ajusta perfectamente a la definición de “spider lightning”:

Mateo,24

27 Porque como el relámpago

que sale del oriente y se muestra

hasta el occidente, así será

también la venida del Hijo del

Hombre.

Además de las descargas eléctricas, las tormentas pueden llevar asociadas otros fenómenos adversos como el granizo, la precipitación intensa, los vientos muy fuertes e incluso las trombas marinas o tornados. Su presencia repentina y el poder intimidatorio de los truenos y relámpagos, hace que siempre sea temida. Otros fenómenos atmosféricos, como el viento intenso o la lluvia fuerte también constituyen una amenaza.

En el texto bíblico aparecen estos fenómenos meteorológicos adversos de forma recurrente, fácilmente interpretables como castigo divino como consecuencia de la transgresión de las leyes judeocristianas.

Isaías, 28:

2 He aquí, el Señor tiene uno que es fuerte y poderoso, y que como

una tormenta de granizo y como una tempestad arrasadora, como

ímpetu de recias aguas que inundan, derriba a tierra con la mano.

  Isaías ,29

6 Por Jehová de los ejércitos serás visitada con truenos, y con

terremotos y con gran ruido, con tormenta, y con tempestad y con

llama de  fuego consumidor.

Oseas,8

7 Porque sembraron viento, torbellino segarán;

 no tendrán mies, ni la espiga dará harina; y si la

diere, extraños la comerán.

Samuel,12

17 ¿No es ahora la siega del trigo? Yo clamaré a Jehová, y él

dará truenos y lluvia, para que conozcáis y veáis que es grande

vuestra maldad que habéis hecho ante los ojos de Jehová al haber

pedido un rey para vosotros.

Además de las tormentas, también se mencionan otros meteoros más “benignos”, como son la lluvia o la llovizna que pausadamente riegan los campos, y que junto el rocío son imprescindible para el desarrollo vegetal, como vemos en estos versículos del Antiguo Testamento

Deuteronomio, 32

1 Escuchad, cielos, y hablaré; y oiga la tierra las palabras de mi boca.

2 Goteará como la lluvia mi doctrina; destilará como el  rocío mi palabra,

como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba.

En el Éxodo se describe la huida del pueblo de Israel, que abandona Egipto atravesando el desierto. Las bajas temperaturas nocturnas en el desierto permiten la formación de rocío si hay suficiente humedad. En este episodio, el rocío matinal tuvo el privilegio de acompañar a lo que podríamos considerar un singular “meteoro” (en la acepción más amplia como fenómeno atmosférico), el “maná” o pan divino que cae del cielo.

Éxodo, 14

14 Y cuando el rocío cesó de descender,

he aquí sobre la faz del desierto una cosa menuda,

redonda, menuda como la escarcha sobre la tierra.

De acuerdo a los eruditos bíblicos, los libros de la primera parte, que conforman el Antiguo Testamento, fueron redactados en torno al siglo V a.C., incluso antes (los hechos descritos en el Éxodo se remontan al s. XIII a.C.). La segunda parte, el Nuevo Testamento, se considera que es obra de los apóstoles y profetas, durante el siglo I d.C. En ambos casos, según la tradición cristiana es la palabra de Dios la que inspira a sus autores. A través de los tiempos los textos fueron copiados y traducidos en numerosas ocasiones. Probablemente los autores, doctos escribanos y amanuenses, acumulaban un gran bagaje cultural adquirido a través de la lectura de las grandes obras del pensamiento y el saber que se almacenaban en las bibliotecas, como las de Pérgamo y Alejandría, y más tarde en conventos, monasterios y universidades.

Los MeteorológicosAristóteles.

En aquellos tiempos, la obra que aglutinaba el saber en meteorología y otras ciencias de la Tierra era “Los Meteorológicos” (siglo IV a.C.) de Aristóteles, célebre filósofo y hombre de ciencia griego. Este tratado, que reflejaba “el estado del arte” de las distintas teorías sobre los fenómenos naturales, nos muestra excelentes razonamientos y explicaciones, erigiéndose como tratado de referencia meteorológica hasta el siglo XVII. Aunque algunas deducciones resultaban erróneas, llegó a presentar argumentos bastante aceptables para explicar el ciclo hidrológico, fenómenos ópticos como el arco iris o el halo y meteoros como la lluvia, la llovizna, la nieve, el rocío, la escarcha o el granizo, así como las tormentas. También son destacables sus reflexiones sobre la influencia de los vientos en el tiempo, los ciclos de las sequías y los cambios en el clima. Estructurado en cuatro libros, los fenómenos naturales se explican como el resultado de la transición entre los cuatro elementos clásicos: Tierra, Fuego, Agua y Aire a través de las “exhalaciones secas y húmedas”.

Para la fe cristiana y la judía, Dios es el creador del Universo, por eso el Antiguo Testamento comienza con el “Génesis” o “Primer Libro de Moisés”, en cuyo capítulo 1 se describe la creación del Universo. Curiosamente, no hay mención explícita a la creación de las nubes o los meteoros,  aunque sí de forma indirecta al vapor de agua.

Génesis,2

3 Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había

creado y hecho

4 Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron creados, el día en que

Jehová Dios hizo la tierra y los cielos,

5 y toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que

brotase; porque aún no había Jehová Dios hecho llover sobre la tierra,

ni había hombre para que labrase la tierra;

6 sino que subía de la tierra un vapor que regaba toda la faz de la tierra.

Creación de los animales. FACCHETTI, PIETRO (COPIA DE SALVIATI, FRANCESCO)
Después de 1554. Óleo sobre lienzo, 174 x 130 cm. Museo Nacional del Prado

Es curioso observar en este óleo de Pietro Facchetti, perteneciente al Museo del Prado, y que refleja el momento de la creación de los animales,  la presencia de nubes en el cielo, tal vez como resultado de la condensación del “vapor que subía de la tierra”.

También ese vapor podría identificarse con las “exhalaciones húmedas” que describe Aristóteles, en referencia al vapor de agua presente en el aire húmedo que al ascender en la atmósfera se enfría, alcanzándose la saturación y condensando en forma de gotitas de agua constituyendo las nubes. Tras diferentes procesos microfísicos como la colisión-coalescencia de las gotitas de agua, si adquieren un tamaño suficiente darían lugar a gotas de lluvia, constituyendo la “lluvia que riega la faz de la tierra”.

El conocimiento que tenía Aristóteles sobre las nubes y su relación con los hidrometeoros y el tiempo observado queda patente en esta cita:

 “La exhalación procedente del agua es vapor, y la condensación de aire en agua, nube; la niebla es un residuo de la condensación en agua de una nube, por lo que es, más bien, signo de cielo despejado que de lluvias. Pues la niebla es como una nube estéril”. (Los Meteorológicos, Libro 1 capítulo 9)

Definición de niebla de irradiación. Fuente: Meteoglosario AEMET

Efectivamente es muy frecuente que las primeras nieblas otoñales, en situaciones anticiclónicas, den lugar a cielos despejados al disiparse por la mañana. Es necesario reconocer la belleza y sutileza de esta definición aristotélica de la niebla, “la nube estéril”, porque no produce lluvia, aunque en ocasiones las nieblas densas dejan un depósito de agua apreciable (algunas décimas de mm) en los pluviómetros.

La descripción aristotélica del proceso de formación de la lluvia, aparece de forma similar en el Antiguo Testamento:

Job,36

27 Él atrae las gotas de agua;

transforma el vapor en lluvia,

28 la cual destilan las nubes,

goteando en abundancia sobre

los hombres.

Como hemos comentado, es la voluntad divina la que crea y dirige los meteoros, las nubes y otros fenómenos meteorológicos como el viento, hecho que se repite a lo largo del texto bíblico.

Salmos,147

8 Él es el que cubre los cielos de nubes,

el que prepara la lluvia para la tierra,

el que hace a los montes producir hierba.

——-

16 Él da la nieve como lana;

esparce la escarcha como ceniza.

———

17 Él echa su hielo como migajas;

ante su frío, ¿quién se sostendrá en pie?

18 Envía su palabra y los derrite;

hace soplar su viento y fluyen las aguas.

Salmos,148

7 Alabad a Jehová desde la tierra,

los monstruos marinos y todos los abismos,

8 el fuego y el granizo, la nieve y el vapor,

el viento de tempestad que ejecuta su palabra;

Salmo,135

6 Todo lo que ha querido Jehová, lo ha hecho,

en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos

los abismos.

7 Él hace subir las nubes de los extremos de la tierra;

él hace los relámpagos para la lluvia;

él saca de sus depósitos los vientos.

Jeremías,10

13 a su voz se produce un tumulto

de aguas en el cielo, y hace

subir las nubes del extremo de la

tierra; hace los relámpagos con

la lluvia y saca el viento de sus

depósitos.

Job,28

25 Al dar peso al viento,

y medir las aguas por partes,

26 cuando él hizo ley para la lluvia

y camino para el relámpago del trueno,

 Hemos mencionado que la obra de Aristóteles recopilaba el saber meteorológico de la época, pero es necesario recordar las dos primeras obras de la literatura griega y occidental, “la Iliada” y “la Odisea”, atribuidas al poeta griego Homero (siglo VIII a.C.). De su lectura se puede extraer una valiosa información sobre la meteorología mediterránea en esa época. Al igual que en la Biblia, es una deidad, el dios Júpiter, quien dirige los fenómenos meteorológicos adversos, bien directamente, o ayudado por otras deidades. En estos textos, cuando se cita a Júpiter, suele ir acompañado de los epítetos “que amontona las nubes”,  “que se complace en lanzar rayos” o “que se huelga con el rayo”.

Estos dos poemas épicos están ambientados en la guerra de Troya. Mientras que “la Iliada” se centra en los aspectos heroicos de la guerra, “la Odisea” describe las aventuras de Ulises en su viaje de retorno a Ítaca (Grecia) finalizada la guerra. En ambas obras se describen numerosos viajes marítimos y las inclemencias del tiempo en el Mediterráneo, con especial mención de los vientos: el “Bóreas” de componente norte,  el “Euro” de componente este, el “Noto” de componente sur y el “Céfiro” de componente oeste. También veremos más adelante referencias a los temporales marítimos. Además, como en el caso de la Biblia, se utilizan las comparaciones o símiles empleando fenómenos meteorológicos, dirigidos en este caso por los dioses de la mitología griega, y adornados con un barniz poético de gran belleza.

Como el nubarrón, impelido por el Céfiro, avanza sobre el mar y se le ve á lo lejos negro como la pez y preñado de tempestad, y el cabrero se estremece al divisarlo desde una altura, y antecogiendo el ganado, lo conduce á una cueva; de igual modo iban al dañoso combate, con los Ayaces, las densas y obscuras falanges de jóvenes ilustres, erizadas de lanzas y escudos.”

“Cuan numerosos caen los copos de nieve que envía Júpiter y vuelan helados al impulso del Bóreas, nacido en el éter; en tan gran número veíanse salir del recinto de las naves los refulgentes cascos, los abollonados escudos, las fuertes corazas y las lanzas de fresno”

Así como en las altas montañas se derrite la nieve al soplo del Euro, después que el Céfiro la hiciera caer, y la corriente de los ríos crece con la que se funde; así se derretían con el llanto las hermosas mejillas de Penélope, que lloraba por su marido teniéndolo á su vera.”

Del mismo modo que el otoñal Bóreas arrastra por la llanura unos vilanos, que entre sí se entretejen espesos; así los vientos conducían la balsa por el piélago, de acá para allá: unas veces el Noto la arrojaba al Bóreas, para que se la llevase, y en otras ocasiones el Euro la cedía al Céfiro a fin de que éste la persiguiera”.

“Como el Bóreas seca en el otoño un campo recién inundado y se alegra el que lo cultiva; de la misma suerte, el fuego secó la llanura entera y quemó los cadáveres.

FIN DEL CAPÍTULO I